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Lunes, 18 mayo 2026 16:11

Dos nuevas vírgenes consagradas para el servicio a Dios y a la Iglesia en Madrid: «Me he casado con mi Señor hasta la eternidad»

Dos nuevas vírgenes consagradas para el servicio a Dios y a la Iglesia en Madrid: «Me he casado con mi Señor hasta la eternidad»

«No olvides nunca que has sido consagrada a Cristo y dedicada al servicio de su Cuerpo que es la Iglesia». Inmaculada de las Heras Trejo (45 años) y Rosa María Martínez Hernández (51 años) escucharon estas palabras el pasado sábado, 16 de mayo, en la catedral de la Almudena, durante su consagración en el Orden de Vírgenes.

El cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, las pronunciaba después del escrutinio. «¿Queréis perseverar todos los días de vuestra vida en el santo propósito de la virginidad al servicio de Dios y de la Iglesia? ¿Quéres caminar por la senda de los consejos que Cristo propone en el Evangelio de tal forma que vuestra vida sea ante el mundo un claro testimonio de amor y un signo manifiesto del reino futuro? ¿Queréis ser consagradas a nuestro señor Jesucristo y ante la Iglesia ser desposadas con el hijo del Dios altísimo?».

Ellas respondían, determinadas a seguir a Cristo, y después de la postración en el suelo y de renovar su propósito, el arzobispo de Madrid decía la oración de consagración. «Que en Ti, Señor, lo encuentren todo y sepan preferirte sobre todas las cosas».

Inmaculada y Rosa recibían después el velo y el anillo, insignias de la virginidad consagrada. Fue para ellas la culminación de un largo proceso vocacional que no había estado exento de cruz, pero lleno también de resurrección.

Mujeres para la esperanza

Durante su homilía, el cardenal Cobo les hablaba de su forma de vida evangélica, signo de la «imagen de la Iglesia esposa totalmente dedicada a su esposo, a Cristo». «Necesitamos personas que continuamente nos recuerden con sus vidas la preciosa relación entre Cristo y su Iglesia». Las vírgenes consagradas, les dijo, «estáis llamadas ser mujeres de esperanza, presencia de la ternura de Dios en medio de nuestro mundo y signo de una Iglesia cercana, pobre y misionera».

Ellas, insertadas en la Iglesia diocesana, se sitúan desde ya en un espacio concreto de vida pastoral, porque la virginidad nos las separa del mundo, al contrario, «os introduce más profundamente en el corazón de la Iglesia y en las heridas y contradicciones de la humanidad». La consagración, así pues, no se vive «desde una espiritualidad desencarnada», sino que más bien «la esposa de Cristo aprende a reconocer la voz de Dios a su alrededor, de forma especial en el clamor de los pobres, en la fragilidad de los que sufren y en quienes viven buscando esperanza».

«Vuestra entrega a la Iglesia debe manifestarse en la pasión por el anuncio del Evangelio, en la construcción de la comunidad cristiana y en el testimonio profético en comunión con todo el pueblo de Dios», las animó. También las invitó a vivir el «espíritu de la sinodalidad», caminando juntos, sin «detenernos en las cosas que nos diferencian». «Estáis llamadas a ser testimonio y rostro de la fraternidad eclesial». Llamadas, añadió, «a favorecer la armonía del Espíritu dentro de nuestra diócesis».

Virgenes consagradas cobo

Inmaculada de las Heras

El arzobispo de Madrid aseguró también que «toda vocación nace del encuentro con Cristo y de la certeza que tenemos de que Él nos ha amado primero». Por eso la consagración de la virginidad es «acto de amor, no es para nada una renuncia». Un regalo que Dios hace y «una respuesta libre a ese don».

Inmaculada dio su primer sí consciente cuando aún era jovencilla. Tres años había estado enfadada con Dios. «Aquí te quedas», le había dicho después de quedarse huérfana de padre a los 18 años, y haber perdido también a su abuela, que era «como mi segunda madre».

Hasta que un día, «no sé por qué», el Señor le puso en el corazón «que tenía que volver a casa». Como al hijo pródigo. Y «de repente dije, “me voy a confesar”». «Soy plenamente consciente de que el Señor permitió que me fuera de casa porque era necesario para robustecer mi fe, dejarle hacer a Él».

El camino que empezó entonces Inmaculada, integrada en su comunidad parroquial (imagen inferior, de misión en México) y con acompañamiento espiritual tuvo varios hitos. El primero, unos ejercicios espirituales en Segovia, en los que por primera vez le dijo al Señor que quería hacer su voluntad. «Pero muéstrame el camino». El segundo, un rato de oración, a solas, en la capilla que tenía bajo su oficina. «Eran las 8:15 horas de la mañana y escuché “para mí”». Fue un susurro que se repitió.

Virgenes consagradas mejico

Lo primero que pensó Inmaculada es que Dios la llamaba a un convento, pero eso chocaba con la necesidad que tenía de seguir trabajando para saldar los créditos que tuvo que pedir para estudiar Derecho. «Sé que me estás llamando, pero no te entiendo».

Su director espiritual entonces, Enrique González, actual párroco del Buen Suceso, le habló del Ordo Virginum. No entendía nada; de hecho, a ella que era de leyes se le atascó el Canon 604 (del Derecho Canónico, el de las vírgenes consagradas).

Estaba convencida de que el Señor la llamaba a otra cosa. Era el año 2019. En diciembre le dijo a su sacerdote que si le tocaba la lotería, entraría en el convento. Y le tocó. Un segundo premio compartido con su jefa. Así que, «por mi cuenta y riesgo», contactó con las Iesu Communio. Para dar el paso definitivo «solo tenía que hacer una llamada», pero nunca podía. Se paralizaba. Y entró en una crisis profunda. «El tiempo que no estaba trabajando no hacía otra cosa que llorar». Igual, pensó, la llamada no había sido real.

El tercer hito fueron unos ejercicios espirituales en la casa de las Esclavas de Cristo Rey. Inmaculada había empezado con ellas durante la pandemia un discernimiento. Certificó que Dios la llamaba, pero aún no sabía a qué. En este tiempo previo, sin un motivo aparente, había empezado a encontrarse con vírgenes consagradas. «Señor, muéstrame el camino», le seguía pidiendo. Y, como aquel primer susurro de «para mí», había ido apareciendo otro: «Virgen consagrada».

Esos ejercicios fueron definitivos; de ellos salió con la certeza de que Dios la quería en el Orden de Vírgenes. «Tuve la sensación de dejar de peregrinar por el desierto».

Si el origen de las vírgenes consagradas «fueron las mujeres que acompañaban a Jesús y lo cuidaban», ella puede hacer lo mismo ahora. Ha pasado de trabajar en banca a estar en la sacristía de la parroquia Buen Suceso: «Las 24 horas con Él, cuidándole a Él y a los suyos, y entregándole todo».

Virgenes consagradas Inmaculada

Rosa Martínez

La historia de Rosa también ha pasado por muchas certezas. Hablamos con ella tras su consagración y es un borboteo de alegría en el que se va mezclando su historia personal con la ceremonia de consagración y con su realidad actual.

Rosa es una mujer totalmente abandonada a la voluntad de Dios. De joven tuvo dudas de si estaba llamada a la vida religiosa, pero no se veía en un convento; o si era el matrimonio lo que la esperaba… Pero tampoco.

Trabajaba como funcionaria del Ayuntamiento de Madrid y se dedicaba al cuidado de su madre, mayor y enferma, y a un hermano, discapacitado. Con la pandemia su situación empeoró. En unos ejercicios espirituales le golpeó una pregunta: «¿Para qué trabajas?». Vio que el Señor la llamaba a una vida de entrega total al servicio de su familia, así que pidió una excedencia por cuidado de familiares y se fueron a una casita que tenían en un pueblo de la Sierra Norte de Madrid.

Virgenes consagradas rosa frente

Como «el Señor hace lo que quiere, allí me enamoré mucho más de Él; me llevó al desierto y me consagré por entero, en cuerpo y alma, a hacer su voluntad en las pequeñas cosas del día a día». Dejó atrás algo de su vida, evidentemente, «me encantaba ir al teatro», pero no eran pérdida sino ganancia porque a ella Dios la llenaba por entero.

Fue conociendo a sacerdotes que la iban guiando, profundizando en la oración… «Y mira por dónde tengo una amiga, por la Legión de María, a la que un día, de buenas a primeras y hasta de manera indiscreta, me salió preguntarle si era consagrada». Sí. Era virgen consagrada, y le contó un poco a Rosa. «Yo creo que el Señor me llama a esto», se dijo.

Ya había tenido una certeza de que Dios la quería para Él, pero no sabía cómo. Ahora tenía claro que «quería algo confirmado y acogido por la Iglesia». Así que esta amiga la derivó al Vicario para la Vida Consagrada. «Siempre hemos estado muy arropadas por la diócesis».

Virgenes consaradas rosa anillo

Proceso de formación

Tanto Inmaculada como Rosa han llevado estos últimos años un proceso de formación que empieza con el propedeútico. Lo cuenta Pilar la Blanca, integrante del equipo de formadoras, todas ellas vírgenes consagradas. «Nosotras somos diocesanas, por eso la formación es la que la diócesis ha aprobado y propone». Así, el primer responsable es el obispo del lugar, que en el caso de la diócesis de Madrid, al ser tan grande, delega en un obispo auxiliar, actualmente Vicente Martín, y este en el Vicario para la Vida Consagrada, en la actualidad padre Aurelio Cayón, sscc..

«Todo el proceso de vocación se hace en un discernimiento personal y de la Iglesia». Después de una serie de charlas con el vicario y con otras vírgenes consagradas, la candidata inicia el propedéutico, doce meses en los que se profundiza en lo fundamental del ser virgen consagrada y se trabaja la totalidad de la persona desde lo intelectual, lo afectivo, lo relacional y lo espiritual. «Se hace todo muy vivencial y con mucho acompañamiento personal; este año es muy importante».

Las interesadas se reúnen una vez al mes, durante un día completo. Se comienza con la Eucaristía y un rato de oración personal ante el Santísimo, porque «es el Señor el que tiene que ir trabajando el interior». Después se comparten las reflexiones en torno al tema dado el mes anterior y se hace una comida fraterna que es también «un momento muy importante». Por la tarde se imparte un nuevo tema y se concluye con el rezo de vísperas.

Tras este primer año, las candidatas piden formalmente por escrito seguir formándose en el Orden de Vírgenes. «La diócesis lo puede aprobar, o decidir que se siga con el discernimiento». Si se aprueba, se hace un rito de admisión que es una forma de visibilizar esa aprobación por parte de la Iglesia.

A partir de ese momento se inician otros dos años como mínimo de formación, en los que en reuniones también mensuales se van tocando temas más generales pero siempre desde un abordaje integral de la persona porque de lo que se trata es de que «esté equilibrada y con una madurez suficiente para seguir a Jesucristo». En este sentido, Pilar explica que «el no vivir en comunidad tiene sus desventajas, una de ellas la soledad».

Las vírgenes consagradas viven en su casa y se mantienen de su trabajo. Suelen ser mujeres con una vida ya asentada en la que el Señor ha ido actuando «sin que fueras consciente; te ha preservado la virginidad y de ahí que sea esa virginidad la que se consagra».

Al concluir estos dos años, piden formalmente al obispo, de nuevo por carta escrita, ser admitidas en el Orden de Vírgenes. Esta solicitud va acompañada por las referencias de dos o tres personas que presentan a la candidata en su pertenencia comunitaria donde vive cotidianamente su fe, ya que en el proceso las candidatas han estado contrastando y discerniendo con el vicario, con el obispo y con otras vírgenes, pero también con su director espiritual. «Nuestros pastores nos demuestran mucho cariño», destaca Pilar.

Si la respuesta es afirmativa, se pone fecha para la consagración, que la realiza el obispo de la diócesis, a poder ser en Pascua o bien coincidiendo con alguna fiesta importante de la Virgen.

Virgenes consagradas aurelio

El padre Aurelio (imagen superior) sostiene en este punto que las vírgenes consagradas «continúan llevando su vida normal, profesional, de relaciones familiares, pero especialmente dedicadas a la oración y en disponibilidad a lo que la Iglesia les pueda pedir», en obediencia al obispo. Esa «ofrenda de la propia vida al Señor y a su Iglesia» ya es un testimonio. Además, ellas son «imagen de la esponsalidad de Cristo con su Iglesia».

Esto era precisamente lo que Rosa quería destacar en su consagración; de ahí su vestido de novia. Y también ha visto cómo su consagración ha interpelado a muchos. «El Señor no solo ha derramado gracias en Inmaculada y en mí, sino en todos; nadie ha quedado indiferente».

Por su parte, Inmaculada reconoce que no deja de sorprenderse al mirarse la alianza: «Me he casado con mi Señor hasta la eternidad». Y se queda con el momento de la postración. Tumbada boca abajo en el presbiterio, no era capaz de oír bien las letanías de los santos. Dejó de intentarlo: «Me rindo, Señor; yo, aquí, contigo».

Virgenes consagradas postradas

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