Nati, Óscar, María del Carmen, Pablo, David, Cristina, Ricardo, Jesús, Andrés, Samuel, Manoli, Antonia, Agustín, Mario… Y así, una a una, las 45 víctimas mortales del accidente ferroviario en Adamuz llegaban al alma de la catedral de la Almudena. Había emoción contenida. Comenzaba a las 19:00 horas la Misa funeral por el eterno descanso de todos ellos, especialmente los siete que eran de la Comunidad de Madrid.
Presentes los familiares de algunos de ellos, arropados por cientos de madrileños que han llenado la catedral hasta los pasillos y las escaleras del camarín de la Virgen. «Dentro del dolor, esto reconforta», decía Francisco Javier Terrón, hermano de Mario, fallecido. «52 años, en el mejor momento personal y profesional». Volvía de pasar el fin de semana con su mujer. «Mi madre y mi cuñada son las más perjudicadas». No puede evitar las lágrimas. Le llegan de golpe los momentos de espera, de velatorio. «Una muerte tan repentina». Y se emociona más aún al pensar en lo «bien que han hablado todos de él».

Sonaban las campanas tocando a difunto y, ya en la procesión de entrada, el Requiem (Introito) de Tomás Luis de Victoria, interpretado por la coral Capilla Vocal de Santa Cruz (parroquia de la Santa Cruz) y Roberto Fresco al órgano, que hacían el acompañamiento musical de la Eucaristía.
La celebración ha estado presidida por el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, a quien le acompañaban el obispo de Getafe, Ginés García Beltrán, y el de Alcalá, Antonio Prieto. Los tres habían decidido, de forma conjunta para la Provincia Eclesiástica (diócesis de Madrid, Getafe y Alcalá), celebrar la Eucaristía por todos los muertos aquella tarde del domingo 18 de enero para quienes Madrid había sido punto de partida o era punto de regreso.

También concelebraban el obispo auxiliar de Madrid, Vicente Martín; el obispo auxiliar de Getafe, José María Avendaño; el obispo emérito de Alcalá, Juan Antonio Reig Pla; y el obispo emérito de Almería, Adolfo González Montes. Los acompañaban medio centenar de presbíteros. Y acudían a la catedral representantes de la Iglesia ortodoxa griega.
El obispo de Alcalá saludaba a los congregados en el primer templo de Madrid, entre ellos, autoridades civiles: la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso; el alcalde de la ciudad, José Luis Martínez-Almeida, y el delegado del Gobierno, Francisco Martín Aguirre, entre otros. «En la Eucaristía —decía Prieto— Cristo muerto y Resucitado se hace presente como luz. Pongamos nuestra confianza en el Señor, que es fuente de esperanza».

Esperanza en el dolor
Efectivamente, volvían a resonar en la catedral palabras de esperanza, como en una extensión del Jubileo de la Esperanza celebrado el año pasado. «Sabemos que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús», les proclamaba san Pablo a los corintios en la primera lectura. El salmo 22 ponía consuelo en el alma: «El Señor es mi pastor, nada me falta». Y resonaban con fuerza en la catedral las palabras de Cristo en la cruz: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
Ya en su homilía, el cardenal Cobo afirmaba que «hoy la Iglesia permanece en silencio junto a un pueblo herido», un pueblo que ha sido «traspasado». Las tragedias, como esta del accidente ferroviario, hacen que surja la «inevitable pregunta» de dónde está Dios. La fe cristiana responde «con humildad: Dios no es el causante del mal ni de la muerte». Dios «no se complace en el sufrimiento humano». Él sufre con el hombre, «ayudando, llorando, sosteniendo, salvando».
Jesús sabe en primera persona, continuaba el arzobispo de Madrid, «de nuestras impotencias y dolores». Lloró, de hecho, con la muerte de su amigo Lázaro. Pero el misterio de la muerte «sigue recordándonos que no lo controlamos todo, que la vida no nos pertenece».

En medio del dolor, el cardenal Cobo ha invitado a escuchar esa voz de Jesucristo: «Hoy estarás conmigo». Esto lo dice no solo al ladrón; lo dice «a cada uno de los fallecidos, a cada uno de nosotros, a quien quiera escucharlo». Y en esa palabra, ante el dolor de las cruces y de las tragedias, Jesús «ayuda a mirar cuál es nuestra meta». Para el cristiano, «el paraíso es estar con Cristo, dejarse acompañar por Él en cada momento».
Cristo promete que está, «no ofrece una idea, nos ofrece su presencia y su abrazo». Así, en medio de la fragilidad y los miedos, «Cristo nos dice que la muerte no tiene la última palabra», que «la última victoria es de Dios».

Gestos de amor
El arzobispo de Madrid ha puesto en valor tantos gestos de amor como se han visto estos días, los gestos de cercanía. «Cuando compartimos la fragilidad y nos ponemos ante Dios, descubrimos que estamos llamados a cuidarnos unos a otros». En este punto, el cardenal Cobo ha incidido en el cuidado de la vida, de los vínculos, de la casa común, de los vecinos, y cuidar a quienes cuidan. «Así el dolor nos hace crecer». A su vez, ha pedido: «Que esta tragedia nos haga amar más; que a todos nos ponga de nuevo al servicio del bien común, convirtiendo el dolor en herramienta para la paz, la concordia y la convivencia».
Y ha concluido: «Que la celebración de la Eucaristía, que es nuestro mejor tesoro como cristianos, sea nuestra manera de abrir nuestros corazones a la voz que es la luz» para ser «más humanos, más resucitados, más solidarios». «No estáis solos —se ha dirigido a los familiares—, la Iglesia camina con vosotros; que sepáis que siempre contáis con el abrazo de la Iglesia».

Responso por los difuntos
Al finalizar la Eucaristía, el obispo de Getafe ha rezado un responso por los difuntos, una forma de «profesar nuestra fe en la comunión de los santos». Porque la «oración muestra la fe, que trae consigo la esperanza y la caridad». Ha recordado muy especialmente a los familiares de las víctimas y a aquellos que «en medio del mal han hecho el bien». «Los creyentes tenemos una palabra, “Cristo muerto y resucitado”, y esa es la palabra que queremos gritar al mundo».

