Ana llevaba horas pegada al teléfono viendo la chimenea del Vaticano por YouTube mientras intentaba estudiar. Fue el primer cónclave y quería estar ahí cuando pasara. Salió fumata negra y lo dejó. Al día siguiente era la graduación de su hermano y por una vez no tenía el móvil en la mano. En medio de la homilía de la Misa, el sacerdote anunció que había salido fumata blanca. Todos se quedaron parados.
Ana pensó lo que cualquier persona de 13 años habría pensado en su lugar: el único momento que no miro el móvil, y justo entonces. Terminó la Misa, fueron al acto de graduación, y antes de que empezara pusieron en una pantalla grande al nuevo Papa saliendo al balcón. Allí le vio por primera vez. «Me transmitió paz», dice. «Me pareció un hombre muy amable».
«Salir a ese balcón es como: wow, tengo que salir»
Lo que más le llamó la atención no fue lo que dijo sino lo que tenía en la cara antes de hablar. La presión de salir a ese balcón sabiendo el peso que acaba de caer sobre tus hombros. «Recae sobre él todo el peso de la Iglesia», dice Ana. «Salir a ese balcón es como: wow, tengo que salir».
Su historia de fe es sencilla y sólida. Creció en una familia que le enseñó a conocer a Jesús desde pequeña, va a la parroquia y al colegio, y el año de su Primera Comunión fue, dice, su año culmen. Iba a Misa todos los días porque le apetecía. Un sacerdote de su colegio le recomendó que escribiera su historia con Jesús a partir de ese día. Lo empezó. Luego lo dejó, no sabe muy bien por qué. Si tuviera que ponerle un título a esa historia, dice después de pensarlo un momento, sería: «El amor entre los dos».
Ha tenido dudas, como cualquiera. Ese pensamiento que viene de repente preguntando qué pasará si te mueres y no hay nada. Pero siempre sale de ahí rezando, hablando con Dios. Y ha tenido también momentos en que la fe se volvió concreta y necesaria: la muerte de sus abuelos, la de su tío. «Esos momentos los vives muy cerca de Dios», dice, «porque sabes que él es lo más importante y que siempre va a estar contigo».
La parroquia, para Ana, es un grupo y una familia. Un lugar donde hay gente que habla contigo, que te ayuda cuando estás pasando un momento triste, que te calma o te hace sentir bien. No lo dice con grandes palabras sino con la precisión de quien describe algo que conoce de primera mano. Y cuando se le pide que le explique a alguien que no sabe lo que es una parroquia por qué es tan importante, lo hace exactamente así: porque hay gente que te acompaña.
«Te pido, Señor, por la visita del Papa a Madrid»
Sobre la visita del Papa León XIV a Madrid, lo que más le ilusiona es ver su mirada en persona. «Quiero saber qué transmite un Papa en directo», dice. Y se lo imagina tranquilo a pesar de la multitud, una mirada que calma todo. Sobre el mensaje que le gustaría que llegara a sus amigas o conocidos que no tienen fe, la respuesta es la misma que ha dado antes de otra manera: que en la Iglesia hay hueco para todos, que siempre puedes sentirte acompañado, que el Papa nos quiere, aunque no nos conozca.
La pregunta del ascensor es, en el caso de Ana, la más teológicamente audaz, dicha con la naturalidad de quien pregunta algo que de verdad no sabe. No le preguntaría al Papa sobre la paz mundial, ni sobre la unidad de la Iglesia, ni sobre los jóvenes. Le preguntaría cómo siente al Espíritu Santo. «Porque el Espíritu Santo para mí es como un ser muy lejano», explica. «Sé quién es, pero le preguntaría cómo lo siente, cómo es su amor con Él, cómo vive su fe con el Espíritu Santo». Una pregunta que Juan Pablo II, que llamaba al Espíritu Santo «el gran desconocido», habría reconocido de inmediato.
El episodio cierra con una oración de Ana: «Te pido, Señor, por la visita del Papa a Madrid, para que pueda hacer efecto en todas las personas ateos o cristianos y que transmita lo que tenga que transmitir porque es muy necesario. Amén».
