Daniel tenía 19 años cuando entró por primera vez a Maranguita, principal centro de internamiento para adolescentes en conflicto con la ley penal en el Perú. Le había invitado un sacerdote canadiense que ejercía allí una pastoral cercana y sin protocolos. Lo que encontró dentro le dio un vuelco por dentro que tardó años en procesar: chicos que habían robado un pan porque tenían hambre, que vivían debajo de un puente porque su padre les pegaba, que no tenían otra salida porque nadie les había dado ninguna. Aquella tarde salió de la cárcel no con amor sino con dolor y con algo parecido al odio, el odio de quien ve injusticia y no puede hacer nada. «Mi edad (19 años) no tenía la capacidad de soportar tanto dolor», dice. Pero algo se había movido dentro de él que no volvería a quedarse quieto.
Ese sacerdote le puso en contacto con un obispo agustino, monseñor Daniel Turley, que le invitó a un encuentro del CELAM en 2007. Allí conoció ‘La Fazenda de la Esperanza’, una comunidad de rehabilitación de drogodependencias que funciona a través del Evangelio, la vida en común y la Eucaristía. Lo que le sorprendió no fue el método sino lo que vio con sus propios ojos: los chicos en recuperación servían el desayuno, cantaban en la misa, reían, estaban libres. Venía de una cárcel donde todos estaban encerrados y eran vistos como problemáticos. Aquí los problemáticos rezaban y servían. «¿Dónde están los que se están recuperando?», preguntó. Le señalaron a los mismos que le estaban dando de comer.
Mira aquí todos los episodios del videopodcast 'Una Iglesia, mil voces'
Pero la historia que define quién es Daniel y por qué lleva 19 años en esto tiene nombre propio: Leandro. En 2009 le pidieron que acompañara a un joven ingresado en cuidados intensivos cuyo diagnóstico era incierto y posiblemente contagioso. Nadie más podía entrar. Daniel dijo que sí. Encontró a un chico sin fuerzas, demasiado delgado, al que había que cambiar los pañales, bañar y dar de comer. No hablaba portugués. El joven tampoco quería conversación. Solo cuidados básicos. Hasta que una noche se giró y le preguntó: «¿Me puedes enseñar a rezar?». Rezaron el rosario juntos todos los días. Daniel no se ponía la mascarilla de protección porque sentía que era poner una barrera en el contacto. «Si tengo que morir, me muero», pensó.
Cuando el médico le dijo que Leandro no sobreviviría, Daniel no se lo contó. Leandro lo escuchó desde la cama y le preguntó por qué no le había dicho nada. «Porque creo que puede suceder un milagro», respondió Daniel. Y Leandro le dijo algo que Daniel guarda desde entonces como el momento más importante de su vida: «Justo ahora que he decidido cambiar, que quiero perdonar a mi padre, a mi madre, perdonarme a mí mismo, ¿justo ahora me tengo que morir?» Antes de subir a la camilla para ser trasladado, Leandro le cogió de la mano y le hizo prometer que nunca dejaría que otro joven llegara a ese punto sin poder hacer nada. Daniel se lo prometió. Leandro falleció esa noche. A las tres de la mañana del día siguiente, Daniel se despertó sintiéndolo. Lleva 19 años cumpliendo esa promesa.
En 2007, el Papa Benedicto XVI visitó la casa madre de la Fazenda en Brasil. Los jóvenes en recuperación llevaban días poniendo pasto y preparando la acogida sin saber con certeza si vendría. Cuando bajó del coche y se encontró con chicos de Argentina, Rusia, Filipinas y África que querían cambiar de vida, el Papa protocolario y serio que conocía el mundo dejó que le pusieran un gorro, se rodeó de aquella juventud y les dijo: «Sean embajadores de la esperanza». Esa frase y esa visita fueron el empujón que necesitaba la comunidad para dar el paso de constituirse como asociación internacional de fieles dentro de la Iglesia.
Hoy Daniel vive en Madrid, en un piso encima de uno de los mayores puntos de venta de droga del barrio. El piso pertenece a una fundación y acoge a jóvenes que pasaron por procesos de recuperación y llegaron a España buscando un futuro mejor, sin red, sin familia, con las expectativas rotas. En ese piso todos comparten la capilla, todos parten el pan que traen, todos se cuidan. «No dejar de creer en el otro», define Daniel su carisma. «Mirar al otro como él aún no se ha mirado a sí mismo».
En el ascensor imaginario con el Papa León XIV, Daniel no le pediría nada ni le haría ninguna pregunta. Le daría un abrazo como el del hijo pródigo. «El hecho de que me abrace ya bastaría», dice. Y le diría tres palabras que son también las que él intenta decirles cada día a los jóvenes que acompaña: «No estás solo».
El episodio cierra con una oración en la que Daniel pide que la presencia del Papa en Madrid sea para todos los madrileños una respuesta a sus oraciones, a sus lamentos y a sus preocupaciones: «Señor, vamos a pedir por la gracia de la paternidad de este mundo que está tan necesitado de una mirada, de una escucha, de un sentir. Que la presencia del Papa sea para todos los madrileños, todos los españoles, todas las personas que viven aquí una respuesta a sus oraciones, a sus lamentos, a sus preocupaciones. Que solo la presencia de él pueda irradiar esa ternura de un Dios que escucha, de un Dios que responde, de un Dios que está presente siempre, que podamos, junto con la Iglesia de España, renovar ese amor a Dios y esa necesidad que como hijos muchas veces por orgullo la dejamos de lado. Pero que podamos reconocer sí que necesitamos un Padre, que necesitamos una mirada, que necesitamos una palabra para poder seguir adelante. Amén».
