En el camino hacia CONVIVIUM – Asamblea presbiteral (9 y 10 de febrero), la archidiócesis de Madrid inicia el año recordando a aquellos sacerdotes que, con su vida y testimonio, han ayudado a muchos presbíteros a descubrir y vivir con gozo su vocación. Entre ellos destaca don Deogracias de la Cruz, párroco del Espíritu Santo y Nuestra Señora de la Araucana desde 1981 hasta 2003, cuya huella permanece viva en la comunidad y en quienes compartieron con él el ministerio.
A través del testimonio de don Ángel Luis Miralles Sendín, párroco de San Fermín de los Navarros, y de don Ignacio Loriga Bardaxí, actual párroco de Espíritu Santo y Nuestra Señora de la Araucana, se dibuja el retrato de un sacerdote entregado por entero a Dios y a su pueblo, fiel a la Iglesia y profundamente enamorado de la Eucaristía.
Un sacerdote que entusiasmaba en la vocación
Don Ángel Luis Miralles recuerda su primer encuentro con don Deogracias cuando fue destinado a realizar pastoral al terminar el seminario: «Le conocí el año que me destinaron de pastoral al terminar el seminario. Yo tendría 27 años. Llegué como seminarista y le rompí los esquemas porque él esperaba otro cura, pero en cambio se volcó conmigo».
Aquella etapa fue decisiva en su camino sacerdotal: «Me ordené al año y medio de estar con él y viví con una intensidad tremenda los primeros meses en la parroquia como seminarista, la ordenación de diácono, la ordenación sacerdotal y la primera misa».
Para don Ignacio Loriga, el encuentro con don Deogracias comenzó incluso antes de ser consciente de ello: «Le conocí antes de que yo fuera consciente, porque yo era niño de esta parroquia. Luego, con la confirmación, empecé a venir todos los días y ahí comencé a conocerle más de cerca». Con el tiempo, la relación se estrechó aún más: «Yo me fui al seminario con 19 años y fue entonces cuando se estrecharon más los lazos».

Una vida entregada sin reservas
La entrega total de don Deogracias marcó profundamente a quienes convivieron con él: «No tenía vida para sí; su vida era una entrega absoluta a los demás. Descubrí con él que el sacerdote es sacerdote todo el día, no hay tiempos en los que se descuelgue la sotana», afirma don Ángel Luis.
Don Ignacio subraya su capacidad para contagiar el amor al sacerdocio: «Fue él quien, poco a poco y sin darnos cuenta, empezó a contagiarme el espíritu sacerdotal y el amor por ser sacerdote». Incluso antes de que surgiera explícitamente la pregunta vocacional: «Me llevaba a la Misa de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, en el convento de las Oblatas. Yo no apuntaba vocación sacerdotal y aun así él ya apostaba».

Pastor fiel en tiempos difíciles
Don Deogracias fue también un pastor discreto y fiel en momentos complejos. Don Ángel Luis recuerda la unión de las parroquias que dieron lugar a Nuestra Señora de la Araucana: «Fue un momento difícil porque la gente no quería que se unieran las parroquias. Él lo pasó muy mal, pero nunca me lo contó; me enteré casi un año antes de irme».
Para don Ignacio, su legado sigue vivo: «En esta iglesia de don Deogracias nos queda todo. Muchas personas que le tuvieron como párroco siguen viniendo, y cuando se le recuerda se les dibuja una gran sonrisa».
Fidelidad, piedad y oración
Su historia personal estuvo marcada por la sencillez y el sufrimiento: «Su familia era muy humilde. Vivió en una zona muy castigada por la guerra y fue testigo del martirio de sacerdotes. En una Misa de campaña, tras ver la iglesia destruida, sintió la llamada al sacerdocio», recuerda don Ángel Luis.
La fuerza de su ministerio nacía de la intimidad con el Señor: «Su fuerza venía de su relación personal con el Señor, de su amor a la Eucaristía y a los sacramentos. Las cosas del mundo no eran las suyas», afirma don Ignacio. En la capilla del Santísimo dejó una imagen imborrable: «Allí pasaba horas y horas, en una silla sencilla y un reclinatorio».

Un sacerdote muy de Dios
Uno de los gestos que más conmovió a don Ángel Luis fue su modo de terminar el día: «Se abrazaba al Sagrario, lo besaba y luego daba la bendición al templo vacío. Me dijo que todos los feligreses estaban allí representados». También vivía con seriedad la comunión sacerdotal: «Para él, faltar a las reuniones del arciprestazgo era un pecado mortal. Nos concienciaba de la importancia de vivir la fraternidad sacerdotal».
Don Ignacio recuerda especialmente el confesionario: «El primer día que me senté en el confesionario donde él se había sentado, me puse a llorar. Lloré por la responsabilidad de suceder a un santo, a un sacerdote misericordioso que sabía transmitir la misericordia de Dios».
El amor a los sacerdotes y una muerte santa
Don Ángel Luis destaca su mirada limpia sobre los demás presbíteros: «Quería mucho a los sacerdotes, como fueran. No veía defectos, veía virtudes». El final de su vida fue coherente con todo lo que había vivido: «Cuando se estaba muriendo, nos pidió perdón uno por uno y nos pidió la bendición. Así murió: pidiendo perdón», recuerda emocionado don Ángel Luis.
Don Ignacio concluye con una certeza: «Respondió a lo que es un santo. No me cabe duda de que es un habitante del cielo. En la tierra fue un sacerdote enamorado de su ministerio, fiel a la Iglesia y entregado por completo al Señor».
