Francisca quería ser panadera. O al menos eso esperaba su familia, que la tenía reservada como hija mayor para continuar el oficio. Ella metía el pan en el horno, conocía el trabajo, le gustaba. Pero había un sacerdote del pueblo, don Santiago, al que su madre culpaba de haberle metido ideas en la cabeza.
Francisca le aclara, siempre con humor, que la idea era suya. Y que cuando fue a contárselo al sacerdote, lo primero que hizo fue advertirle: «Mi madre dice que cuando pases con la moto va a ponerte una piedra». El sacerdote fue a hablar con la madre, le dio un abrazo, le explicó que su hija tenía vocación, y la convenció de que la acompañara a Salamanca el día de los votos perpetuos. La madre, que se había resistido, acabó haciéndose amiga de él y aprendiendo a hacer magdalenas con la receta de la familia. Así empezaron 66 años de vida consagrada que Francisca, si pudiera volver a elegir, volvería a elegir sin dudar.
En ese tiempo ha pasado por muchos destinos y muchas misiones. Uno de los más inesperados fue cuando, ya jubilada de dar clases, le encomendaron un grupo de 40 mujeres gitanas en Purullena (Granada). «¡Uy, Dios mío, qué hago yo con toda esta gente!», recuerda que pensó. Lo que hizo fue dividir la semana entre talleres de costura y clases de matemáticas y lenguaje, hacer delantales y ganárselas una a una con la misma mezcla de firmeza y cariño que ha aplicado a todo en su vida. Décadas después, algunas de aquellas mujeres todavía mandan recuerdos y besos a Francisca cuando se acuerdan de ella.
Lleva años en Madrid, en la parroquia de la Soledad, y entre sus labores está la de llevar la comunión a personas enfermas que no pueden ir a misa. Una tarea que comenzó cuando el obispo de Tui-Vigo, monseñor José Diéguez Reboredo, la preparó y le entregó el certificado que la acreditaba como ministra extraordinaria de la comunión. «A mi madre le gustó mucho», dice, recordando que también su madre tenía ese mismo instinto de estar siempre disponible para la parroquia. En la Soledad ha encontrado sacerdotes que comparten esa misma visión de una Iglesia que no termina en el sacramento, sino que continúa en la calle, en las casas, en las ONG, en el acompañamiento a los más vulnerables. Y eso la tiene, dice, «muy contenta».
Cuando le propusieron participar en el videopodcast, Francisca fue al taller donde trabaja con otras personas y les preguntó qué les parecía el papa León XIV. Apuntó las respuestas. Todas coincidieron en lo mismo: sencillo y cercano. Preparado, inteligente, pero sobre todo cercano. Y preocupado porque en las parroquias los niños no se queden solo con los sacramentos de iniciación, sino que sigan, que se comprometan, que salgan al encuentro de los demás. «Cuando lo leía», dice Francisca, «decía: pues en mi parroquia eso se hace». No lo dice con orgullo sino con gratitud, como quien reconoce que lo que el papa pide ya estaba ocurriendo en su parroquia.
La alegría que le produce que León XIV venga a Madrid no necesita muchas explicaciones. «Le he cogido mucho cariño», dice, y lo repite varias veces a lo largo del episodio como quien no encuentra una manera más precisa de decirlo. No es admiración abstracta sino afecto concreto, el mismo que le genera cualquier persona sencilla y entregada que se cruza en su camino. «Yo, sin saber si tengo o no tengo mucha cultura, digo: a mí me parece tan sencillo y cercano que le doy mi aplauso y lo que sea necesario».
La pregunta del ascensor imaginario revela, mejor que cualquier otra cosa, quién es Francisca. No le preguntaría nada al Papa. No le pediría su bendición para ella. Lo que haría sería agarrarle del brazo y llevárselo. «Conmigo en el ascensor acaba de venir el Papa», imagina que les diría a los demás. «Aquí lo tenéis para que le podáis preguntar lo que queráis».
El episodio cierra con una oración a la Virgen de la Soledad y a la Inmaculada, las dos devociones que Francisca comparte con su madre, pidiéndoles que acerquen al Papa a los rincones olvidados de las parroquias, que interceda por los jóvenes, por la paz y por el fin de las guerras y los abusos. Una oración de mujer mayor que ha visto mucho, que sabe lo que falta y que confía en que la Virgen se lo va a transmitir a su Hijo.
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