Carlota tiene 15 años y habla de la fe con esa mezcla de naturalidad y profundidad que resulta difícil de fingir. No usa el lenguaje de quien ha aprendido las respuestas correctas sino el de quien ha pensado las cosas por su cuenta y ha llegado a sus propias conclusiones. Cuando se le pregunta quién es el papa para ella, la respuesta le sale directa: «Es como un Jesús en la tierra. A Jesús no le tenemos aquí hasta que no vuelva a bajar, pero tenemos al papa».
Estuvo con el papa Francisco en Roma en 2019, en una visita con Hakuna. Era pequeña y no terminaba de medir del todo la magnitud de lo que estaba viviendo. Pero el momento en que el papa pasó cerca y saludó a sus hermanos a ella dejó algo depositado, aunque entonces no supiera nombrarlo. «Esas cosas te marcan, aunque seas pequeña», dice. Ahora, con más años y más conciencia, espera la visita de León XIV con una expectativa diferente. Ya sabe quién es. Ya entiende lo que representa. Y eso cambia todo.
Una de las reflexiones más interesantes del episodio surge cuando se compara el posible encuentro del papa en los grandes estadios con los conciertos de las estrellas del pop. Carlota lo piensa un momento y da una respuesta que desarma por su precisión: «Taylor Swift se llenó con la gente a la que le gustaba Taylor Swift, y ya está. Pero el papa va a despertar la curiosidad de gente que no sabe tanto de él. Taylor Swift, si no sabes quién es, te metes en Spotify y escuchas dos canciones. El papa es algo más profundo». No lo dice como crítica a nadie sino como observación sobre dos tipos distintos de convocatoria. Una que se agota en el evento y otra que abre preguntas que duran más que aquella noche.
Hay un momento del episodio que se detiene en algo que Carlota trae por su cuenta, sin que nadie se lo pregunte directamente: la humanidad del papa. Recuerda haber visto imágenes de León XIV en el momento de su elección, tragando saliva, visiblemente nervioso ante la plaza llena. «Te dabas cuenta de que era una persona igual que nosotros», dice. Y eso, lejos de rebajarle, le acerca. Porque para ella la santidad no es la perfección sino la vulnerabilidad atravesada con gracia. Pone el ejemplo de San Agustín, que empezó siendo «un liantero», y llegó a ser santo. «Si te equivocas, al final Dios te perdona», dice. «Es bueno que la gente se dé cuenta de que el papa también tiene sentimientos».
Sobre lo que la Iglesia necesita que el papa diga en este momento, Carlota es clara: acogida. No solo en el discurso sino en el ejemplo. «Que la gente que piensa diferente se sienta entendida y acogida, que no sienta que es distinta por la forma en que piensa». Una petición que nace de alguien que tiene 15 años y que ya ha aprendido que hay mucha gente a su alrededor que no cree lo mismo que ella, y que esa diferencia no tiene por qué ser una distancia.
Cuando imagina el posible encuentro del papa con los jóvenes en Madrid, lo que le gustaría no es un espectáculo sino una conversación. Que el papa hable, que cuente, que llegue al corazón directamente. Como los discursos de Juan Pablo II que ha visto en YouTube, que le ponen los pelos de punta, aunque no hubiera nacido cuando él vivía. En el ascensor imaginario, Carlota no preguntaría nada. Se quedaría sin palabras, reconoce, y lo que haría sería abrazar al papa. Y no soltarle. «Estaríamos abrazados todo el tiempo», dice.
El episodio cierra con una oración de Carlota: «Jesús, te pedimos por la visita para que cause sensación en toda la gente no creyente y la gente creyente, para que todo vaya bien, no haya ningún contratiempo, para que se encuentren todos los voluntarios necesarios para que funcione. Y por toda la gente que lo necesita ahora y que para que esté bien en la visita del papa, que todo el mundo pueda disfrutarla igual. Especialmente por la gente que tiene cáncer y por una conocida mía que lo está pasando mal. Y para que vaya todo bien y por las intenciones del papa. Amén».
