Javi tiene una relación con los papas que muy pocos pueden presumir. En la JMJ de Madrid, siendo voluntario con 19 años, se lanzó con otros voluntarios hacia Benedicto XVI al final de la vigilia. Llegó hasta él, le tocó, y entonces apareció la seguridad. «Le veías la mirada y estaba como entre media cara asustada y media cara tierno», recuerda.
En Brasil, siendo recién elegido el Papa Francisco, el coche papal se equivocó de dirección y se metió entre la multitud que recogía acreditaciones. Ventanilla bajada, miles de personas metiendo la mano. Javi cree que le tocó, aunque todo fue tan rápido que no está del todo seguro. «Qué suerte he tenido», dice hoy, mirando atrás. «He sido más consciente de lo que significaba con el paso del tiempo que en el momento mismo».
La "sala de las lágrimas"
Hay una historia en el episodio que detiene todo lo demás. Javi estudió un máster en Harvard que organizaba una semana para aprender sobre liderazgo en la Iglesia. Visitaron a varios cardenales del Consejo Cardenalicio. Pero lo que más le impactó fue entrar en la Capilla Sixtina y que les mostraran la llamada «sala de las lágrimas»: la pequeña capilla a la que entra el recién elegido Papa antes de salir al balcón, donde están las casullas entre las que tiene que elegir y donde reza en soledad sabiendo el peso que acaba de caer sobre sus hombros. En la pared de la derecha hay un cuadro gigante de San Pedro crucificado boca abajo, un mosaico pintado de tal manera que la mirada de Pedro te sigue estés donde estés en el pasillo. «El cuadro es el propósito», explica Javi. «Para que el recién elegido Papa sea consciente de que ha sido elegido para morir por los cristianos como murió San Pedro». Una concepción del liderazgo que, dice, no se estudia en ningún colegio ni en ninguna universidad.
Esa imagen le acompañó cuando intentó integrarla con lo que estaba aprendiendo en Harvard sobre liderazgo empresarial. Y le acompaña ahora, recién casado desde hace dos meses, cuando intenta entender qué significa ese mismo liderazgo de servicio en el matrimonio. «Pero al final renuncias a algo porque tienes algo más grande que te hace más feliz. No se ve tanto la renuncia, sino todo lo que ganas».
Trabajó también en el Vaticano, y lo que encontró allí desmontó los clichés de oscuridad, secretos y dinero que rodean a la institución en el imaginario popular. «Es un sitio lleno de gente buena que quiere servir a Cristo, que hacen lo que pueden», dice. Gente que un día responde mal en el trabajo y al día siguiente se arrepiente, igual que cualquiera. «El Vaticano está llevado por gente muy buena. Me encantó».
«Me encantaría que saliera un poco más descansado»
Sobre la visita de León XIV a Madrid, lo que espera es algo más amplio y humano: que el Papa, como pastor, ayude a la gente joven y a las familias que empiezan a canalizar sus deseos hacia donde deben ir. «El ser humano es el ser que desea», dice. Y esos deseos de infinito necesitan orientación. No sabe qué dirá el Papa exactamente, pero confía en que el Espíritu Santo le irá guiando hacia lo que cada momento necesita.
La pregunta del ascensor produce en Javi la respuesta más generosa y desinteresada. No le preguntaría nada. No le pediría nada. Lo único que querría es que el Papa sintiera, en ese minuto o dos de ascensor, que tiene delante a un cristiano que le quiere y que reza por él. «Me encantaría que saliera un poco más descansado». No busca llevarse nada del encuentro sino dejar algo: un momento de alivio para alguien que carga con demasiado.
El episodio cierra con una oración breve y directa en la que Javi pide que el Papa sea un pastor según el corazón de Dios: «Señor, te pedimos por el Papa León XIV, para que sea un pastor de toda la Iglesia, según tu corazón, que nos indique cuál es el camino en este siglo XXI para encontrarte en el día a día. Y también te pido para que se lo pase bien, que disfrute y que sea un ejemplo para todos. Te lo pedimos Señor».
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