Misionero claretiano, Jorge Domínguez es párroco de la Unidad Pastoral Corazón de María, formada por las parroquias Nuestra Señora del Espino, que acoge la Capellanía Filipina, y Nuestra Señora de Madrid. Como religioso, ser cura en Madrid es «acompañar a la gente en sus realidades».
En los momentos buenos y difíciles
Algo que vivió especialmente durante la pandemia, «no había nadie en las iglesias físicamente, pero acompañamos a la gente en todos los sentidos». Afirma que todo sacerdote debe acompañar «en los momentos buenos y también en los difíciles. Y descubrir a Dios en la realidad que nos ha tocado». Como religioso, resalta la variedad y riqueza de la Iglesia y del clero de Madrid. A lo que ha ayudado CONVIVIUM, a «darnos cuenta de que todos tenemos que caminar juntos». Eso porque «la sinodalidad no solo es una palabra, sino una realidad que tenemos que hacer presente».
Está en una unidad pastoral donde «el entorno engaña». Muy cerca de Plaza Castilla, dentro de las casas se encuentra con personas mayores que necesitan ser acompañadas en su dolor, pobreza, soledad. Para esas personas «las parroquias son un lugar de referencia para hacer ese acompañamiento».
Los siete años como arcipreste de Nuestra Señora de las Victorias los vivió como una riqueza. Han conseguido que funcione el Consejo Pastoral Arciprestal y la Cáritas Arciprestal. Desde ahí resalta que «o trabajamos juntos o cuando trabaja cada uno por su cuenta no vamos a ninguna parte. O podemos ir hasta donde cada uno aguante». Eso pasa «porque a veces pensamos que solo nos interesa o nuestra congregación o nuestra parroquia». La sinodalidad se ve dificultada por «pensar que yo lo hago todo bien». Frente a eso, «hay que ser capaces de ver la riqueza que tiene el otro».
No sentirse el mejor
Le encanta el lema de la visita del Papa: «Alzad la mirada», pues lleva a ver que «la Iglesia somos todos». Es necesario «salir de nuestra zona de confort y descubrir que si lo hacemos juntos será mejor», dado que «si quieres ir rápido ve solo, pero si quieres ir lejos, camina en grupo», lo que lleva a entender que «no siempre lo que yo hago, es lo mejor ni lo único». El Papa viene a «fortalecer nuestra fe» y debe ser una oportunidad para crear comunidad en todos los niveles. También para descubrir los retos y hacia dónde tenemos que caminar.
La comunidad filipina, que cumple 40 años de capellanía y es acompañada por un misionero del Verbo Divino, aporta a la parroquia Nuestra Señora del Espino, su sede desde 1996, vida y fe. Cada domingo celebran dos misas, en las que el templo se llena, también de vitalidad. En las misas se va turnando el inglés, el castellano y el tagalo y hay cursos, sobre todo de idiomas. Recuerda que los Misioneros Claretianos atienden las capellanías españolas en París y Zurich, y compara lo que allí se hace con la realidad de los filipinos.
En ese sentido, «no queremos hacer guetos ni de fe ni de vida, sino que la gente siga viviendo su fe, su cultura y que se sientan también integrados». La comunidad filipina tiene su representante en el consejo pastoral, y según el párroco «ellos siempre están dispuestos a colaborar y a trabajar», y enseñan con su cuidado de las celebraciones. «Es una religiosidad mucho más popular, mucho más devocional, pero para ellos es muy importante», enfatiza.
Oración y Eucaristía
En la vida del clero ve fundamental la oración, «que es la fuente. Si eso falla, falla todo lo demás». Una necesidad por encima del trabajo. Y junto con ello la Eucaristía, que pide que «no la convirtamos en algo profesional, sino que sea realmente un encuentro». Ve fundamental tener la iglesia y el despacho abiertos y dice que «a mí me gusta mucho cuando voy por la calle y la gente te saluda». Para él es importante ser sacerdote a tiempo completo, ayudar a que la gente descubra la presencia de Dios y que la vida y la fe no van separadas.
Que cada persona descubra la voluntad de Dios en su vida, «lo que Él quiere para cada uno de nosotros». Se puede descubrir en la parroquia, pero también «en otro lugar, puede ser en un hospital, puede ser en casa, puede ser en tantos lugares. El Señor siempre nos dice algo a todos». Lo importante es que más allá de ser clero diocesano o religiosos, «darnos cuenta de que estamos juntos en esta tarea», concluye.
