Desde las 5 de la mañana -los más madrugadores- los fieles se agolpaban en la icónica plaza de Cibeles para asistir a la Misa del Corpus Christi presidida por el Papa León XIV. Una celebración que hizo honor al viejo dicho que habla de tres jueves que lucen más que el sol, Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión; y aunque hoy es domingo los intensos rayos solares no tuvieron nada que hacer ante la fe de la gente y el hecho de volver a tener a un Papa en el corazón de España consagrando el pan.

Madrid, «pórtico de entrada a España y puerta abierta al otro lado del Atlántico»
Tras la procesión de entrada y la signación, el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, pronunció una monición en la cual agradeció la visita del Sucesor de Pedro a una ciudad que describió como «pórtico de entrada a España y puerta abierta al otro lado del Atlántico».
«En su amorosa providencia, Dios ha querido regalarnos la visita de Su Santidad a esta tierra», afirmó Cobo al inicio de su monición, antes de invitar a la asamblea a disponerse a la acogida: la del Papa, la de la Iglesia diocesana que ha preparado el encuentro «con entrega silenciosa», la de los peregrinos llegados de iglesias hermanas de todo el mundo y la de quienes seguían la celebración a través de los medios de comunicación.
El cardenal recurrió al viejo refrán que define Madrid —"de Madrid al cielo"— para articular una reflexión sobre la identidad de la ciudad y de su Iglesia. Evocó el inmenso acuífero que guarda en sus entrañas para hablar de cómo el agua viva del Bautismo es «fuente de nuestra identidad y fundamento de nuestra comunión en lo profundo», y recordó el pasaje histórico de la Virgen de la Almudena para subrayar la vocación de una Iglesia que «no está llamada a levantar muros, sino a abrir puertas y a avivar el fuego del Espíritu en medio de la ciudad».
«Por eso hoy salimos al corazón de Madrid para proclamar que Dios sigue habitando entre su pueblo y nos envía a construir una sociedad más fraterna, donde nadie quede invisible y donde el pan llegue a todos», señaló el arzobispo de Madrid, anunciando que el Cuerpo de Cristo recorrería después las calles de la capital en procesión eucarística presidida por León XIV.

El Corpus Christi, «no es una fiesta más del calendario litúrgico»
La monición concluyó con un doble agradecimiento: al Papa, «por su presencia entre nosotros», y a cuantos hacen posible «el milagro más grande: que Cristo siga reuniendo a su pueblo y caminando en medio de él».
Precisamente, el Papa comenzó su homilía destacando cómo la Eucaristía «está en el corazón de vuestra fe y de vuestro pueblo». De hecho, en Madrid y en tantos otros lugares de España el Corpus Christi «no es una fiesta más del calendario litúrgico», subrayó el Santo Padre, «sino un volver a las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios».
El Papa más español –y desde ayer también más madrileño– de los últimos Pontífices, que recorrió varias veces la geografía nacional como superior de la Orden de San Agustín, tiró de raíces para afirmar que «las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español». Y añadió: «Todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país también a través de la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos».
A pocos metros de donde se encontraba el Papa pronunciando su homilía, la calle Alcalá, poblada de alfombras florales, se erigía como paradigma de todas aquellas manifestaciones de religiosidad popular difuminadas por todo el territorio español. Esta vía, precisamente, era la que en pocos minutos iba a recibir al Papa, a pie, bajo palio, portando en sus propias manos la custodia con el Santísimo Sacramento.
Las alfombras, las flores, los altares… «no se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros».

Jesús camina por las calles
A continuación, León XIV dedicó una buena parte de su homilía a explicar el sentido de la procesión, que habla de un Dios no «encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro. Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana»; esa vida cotidiana donde unas horas antes les decía a los jóvenes que pueden ser santos.
«El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados». De hecho, «no es casual que aquí, en España, la Iglesia haya unido durante años la solemnidad del Corpus Christi con el Día de la Caridad». Porque «no se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo».

No un museo del pasado
El Santo Padre también expresó «una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy». Y añadió: «Una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano; una escuela que nos enseña la gratuidad del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es esencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común».
El Santo Padre cerró su homilía citando a san Manuel González, el obispo de los sagrarios abandonados y pidiendo que «volvamos a Jesús Eucaristía con amor sincero». «Dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón -concluyó-, para salir después a los caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta corriente de agua fresca, corriente de amor, de paz, de justicia y de alegría». Una tarea que él mismo ha iniciado con el 1,2 millón de personas que se han dado cita en la plaza de la Cibeles.
