Nicole Aguilar tiene 24 años, vive en el barrio de Carabanchel y es coordinadora de los jóvenes de la parroquia de San Miguel Arcángel. «Todos los veranos buscamos alguna experiencia: el año pasado fue el Jubileo, en 2024 fuimos a Lourdes y en 2023 a la JMJ de Lisboa», nos cuenta. Este 2026, ella y una veintena de jóvenes de su parroquia acudirán a un campo de trabajo en Palencia organizado por la Delegación de Jóvenes de Madrid del 19 al 30 de julio. Simultáneamente, otra treintena de jóvenes —de los que hablaremos más adelante— peregrinará del 18 al 27 de julio a la comunidad ecuménica de Taizé. Para ambos viajes, el grueso de las inscripciones se cerró el pasado domingo, pero los organizadores nos confían que aún están abiertos a recibir a rezagados.
En el campo de trabajo de Palencia, los voluntarios se repartirán en cuatro tareas principales: cuidarán a enfermos y personas con discapacidad, acompañarán a mayores y refugiados, rehabilitarán conventos u otras entidades vinculadas a la Iglesia y dinamizarán comunidades rurales yendo a las iglesias de localidades más despobladas. «Los que se vayan apuntando pueden expresar sus preferencias y sensibilidad y, en función de eso, se les asigna un sitio u otro», nos explica Javier Gómez-Martinho, uno de los organizadores por parte de la Delegación de Jóvenes y, al mismo tiempo, agente de pastoral juvenil vocacional para la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Como tiene relación con ellos, la mayoría de centros asistenciales donde se desplegarán los veinteañeros dependen de estos religiosos o de las Hermanas Hospitalarias. No obstante, independientemente del servicio que elijan los participantes, «hay dos ideas que nos gustaría trabajar: descubrir desde el servicio el don que han recibido y preguntarse a qué estamos llamados cada uno». Es decir, la actividad tiene «un gran tinte vocacional».

Por tanto, estos días no solo serán para salir hacia los demás sino que los voluntarios trabajarán también de puertas hacia adentro. Alojados todos en el Seminario Mayor de Palencia, «por la mañana, antes de partir a nuestros lugares, compartiremos la oración», recuerda Gómez-Martinho. Al final del día, tras la faena, celebrarán juntos la Eucaristía «y tendremos una puesta en común de las experiencias y pequeños espacios de catequesis que nos ayuden a profundizar». «Y también se conocerá la diócesis de Palencia porque la Iglesia, en sus distintos lugares y carismas, sirve para lo mismo: la evangelización y trabajar por el Reino de Dios», reivindica este organizador, quien además adelanta que «pretendemos tener un encuentro con el obispo» de Palencia porque «está muy implicado en estas experiencias de intercambio».
Aguilar nos explica que el programa ha encajado especialmente bien en su parroquia porque, para este verano, «buscábamos una experiencia que pudiese ayudar a los jóvenes a salir de su comunidad». Para movilizarlos, difundieron el lema Sal de tu tierra y convencieron a sus jóvenes de que «para encontrar otra realidad no hay que irse muy lejos, como a África, sino que la tenemos muy cerquita de nosotros». Tras plantearlo, «hubo una gran acogida» entre los jóvenes de esta parroquia «con mucha variedad de nacionalidades y procedencias». La propia Nicole es de padres ecuatorianos y nos recuerda cómo el Papa quiso recorrer en papamóvil las calles de Madrid durante su visita, en la que «en nuestra parroquia hubo mucho movimiento y tuvimos un montón de voluntarios».
Conocer la pobreza es riqueza
El hermano Santiago González es enfermero y superior de la comunidad religiosa que vive en el Centro Asistencial San Juan de Dios de Palencia. Este recurso con 600 internos de todas las edades cuenta con área de psiquiatría, de discapacidad con problemas de conducta, de psicogeriatría y de drogadicciones. Es uno de los recursos donde harán voluntariado los jóvenes madrileños. No obstante, como «el voluntariado nunca puede ser sustituto del trabajo», los jóvenes no abordarán ningún aspecto clínico sino que, sobre todo, «harán acompañamiento a mayores y cosas extraordinarias». Reforzando los turnos en lo más lúdico, «si normalmente van siete mayores a la piscina, con los voluntarios podrán ir 14». O aportarán el apoyo necesario para «que podamos organizar una excursión».
Aparte del bien que puedan hacer a los residentes, González destaca que los voluntarios también saldrán beneficiados porque «conocer el mundo de la enfermedad y del sufrimiento es una riqueza en sí misma». Y señala que, «aunque el mundo psiquiátrico tiene un estigma, conocerlo, verlo y darte cuenta de que hay gente que podría ser tu vecino siempre viene bien». Este descubrimiento tiene también «una dimensión espiritual» y sirve para «un enriquecimiento de la fe», pues estos jóvenes realizan su voluntariado con la Iglesia y «un leitmotiv de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios es evangelizar el mundo del sufrimiento con la presencia». «Hacerlo con la palabra es ya muy posterior», recalca.
Por último, el organizador por parte de la Delegación de Jóvenes con el que ya hemos hablado, Javier Gómez-Martinho, recuerda que para realizar esta actividad se ha buscado a «universitarios o trabajadores jóvenes con madurez que quieran decir un poco más “sí” al Señor». Pues una idea que se trabaja especialmente tras el Congreso de Vocaciones de 2025 y su antropología del don es la idea de «yo he recibido algo para poder entregarlo a los demás».

Los jóvenes también van a Taizé
Lucía Martínez, de 23 años, irá este verano a Taizé, en Francia, del 18 al 27 de julio, aunque la experiencia central —desplazamientos aparte— tendrá lugar de domingo a domingo. Será su segunda visita con la Delegación de Jóvenes y la acompañarán una treintena de madrileños como ella. La primera tuvo lugar en 2024. Entonces «no estaba muy convencida» y se limitó a acompañar a su hermana pequeña, que «no quería ir sola». El único contacto que había tenido hasta entonces con esta forma de espiritualidad fue en la JMJ de Lisboa, donde se organizó un pequeño rato de oración en una capilla inspirado en esta comunidad ecuménica donde «vi más o menos de lo que iba la cosa, aunque estaba totalmente perdida».
La experiencia de esta veinteañera hace dos veranos «me encantó porque en ese momento estaba volviendo a la fe tras haber tenido mis discusiones con el Señor». Y tan fructífera fue que, nada más concluir la peregrinación, se implicó a fondo en la Delegación de Jóvenes. «Siempre he tenido una vocecita dentro de mí que me pide servir desde que soy muy pequeña y en ese viaje la sentí muy fuerte», nos confía Lucía. En gran parte la arrastró el ejemplo, «al ver cómo se entregaban muchos jóvenes que tenían mi edad y que siempre tenían una palabra agradable para los demás aunque hubieran dormido muchas menos horas que yo». Y no porque se pasaran la noche de botellón sino porque en esta comunidad ecuménica la iglesia permanece abierta hasta la madrugada para que los peregrinos recen todo lo que les haga falta sin interrupciones.

De hecho, la gente veía a Lucía tan feliz en el viaje de hace dos años que hubo quien, aunque llegó de rebote, le dijo: «Tú vas a acabar con el polo de la Delegación de Jóvenes». Ella se negaba y negaba como san Pedro y, sin embargo, la siguiente vez que esta madrileña vio a aquel profeta fue en el backstage de la vigilia con el Papa en la plaza de Lima. Y, efectivamente, allí Lucía llevaba una camiseta de la organización y estaba volcada en que todo saliera bien. «Me hizo mucha gracia y le dije: “Tú veías más que yo”». Sobre la reciente visita de León XIV, nos reconoce que «todavía tengo que seguir asimilando muchas cosas». Atesora el recuerdo de «un momento en el que me asomé a la Castellana desde el escenario y vi un montón de cabezas que no habían venido por el Papa —él es la herramienta—, sino que lo habían hecho por Cristo».
Una particularidad de la experiencia en Taizé es que se combinan tres ratos fuertes de oración al día con tareas manuales, pues hay que mantener las instalaciones del recinto, limpiar, hacer la comida para los peregrinos o cuidar a niños pequeños mientras sus padres se centran en rezar. Ese último es el cometido que tuvieron Lucía y su hermana en 2024. Y en él, curiosamente, vivieron la coincidencia de «encontrarnos con una familia que eran nuestros vecinos».
Este año que repite ella querría ir como voluntaria, un rol «con una diferencia muy básica a cuando vas de peregrina». Para quienes van por vez primera, «toda la actividad está dirigida a ti para que puedas disfrutarla y absorber las cosas». No obstante, algunos veteranos tienen la oportunidad «de servir y pensar más en el “ellos” y el “nosotros” que en el “yo”». «Eso permite que el Señor actúe en ti», asegura.

«No es cambiar tus creencias»
Javier Sánchez, de 39 años, unos de los organizadores del viaje y quien ya no recuerda «si habré ido a Taizé ocho o nueve veces», destaca que «los ratos de oración en silencio son una de las cosas que más gustan» a quienes se acercan a esta localidad del sureste de Francia. «No son tan largos como en otras experiencias y hay momentos en los que se combinan con el canto, lo que ayuda mucho a rezar», explica. Para aquellos con menos hábito, «si no te encuentras centrado, escuchar ese canto te puede ayudar a interiorizar alguna frase» que se repite o los textos que se han leído previamente.
Sánchez detalla que, como Taizé reúne a jóvenes de toda Europa, «cantar en muchísimos idiomas es una cosa que a mí me ha ayudado a unirme a la gente y a sentirme Iglesia». Y también a estrechar lazos con hermanos de otras denominaciones, pues «esta es una comunidad ecuménica y todos los que estamos aquí somos cristianos y rezamos al mismo Dios».
Según este organizador, «es muy importante buscar todo eso que nos une porque estamos muy acostumbrados a nuestra parroquia, colegio o movimiento. Pero conocer a gente distinta te hace tener un punto de vista diferente». Y matiza que «eso no significa que vayas a cambiar tus creencias, pero sí puedes aprender cosas de los demás que te sirven para entender mejor la realidad».
