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Martes, 20 noviembre 2018 13:53

Manifiesto del XX Congreso Católicos y Vida Pública

Manifiesto del XX Congreso Católicos y Vida Pública

«Ocuparse de los jóvenes no es una tarea facultativa para la Iglesia, más bien es una parte sustancial de su vocación y de su misión en la historia». Estas son las primeras palabras del documento de trabajo preparatorio del Sínodo de los Obispos que, en su XV Asamblea Ordinaria, concluida hace apenas un mes, se ha dedicado a Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional.

Son muchas las cuestiones que se abordaron en el Sínodo y han sido también muchos los distintos temas que hemos abordado en este XX Congreso Católicos y Vida Pública, siguiendo las directrices de la reunión Sinodal. Pero deberíamos quedarnos con un último mensaje, el de «comunicar la esperanza», precisamente porque la juventud es, antes que nada, renovación y futuro. En una civilización como la europea -o si se quiere, la occidental-, profundamente envejecida, donde las estadísticas demuestran la clara oscilación de la balanza hacia ese envejecimiento poblacional, sin el necesario contrapunto del aumento de natalidad, resulta cada vez más preciso y urgente comprender, ayudar y ofrecer soluciones a los jóvenes, si queremos que esta generación que hoy se asoma al futuro lo protagonice con decisión y con el soporte que da Cristo.

La Iglesia es joven, no porque se abra a los jóvenes, sino porque hay una juventud comprometida y entregada que asume como núcleo vital de su existencia, un mensaje de responsabilidad y de servicio a la sociedad, iluminado por la fe. A ellos se dirigen estas palabras, pero también a esa otra juventud a la que hemos desposeído de los más firmes valores que necesita el hombre para enfrentar esta vida, siempre efímera. Démosles a todos la voz y la palabra, y ofrezcámosles un mundo de claridad y de certezas, sin vergüenza de ser lo que somos, «católicos que están y se sienten presentes en el mundo actual y que han de responder a los retos de este mundo».

Es cierto que asistimos a un cambio de época, en el que es importante el «discernimiento vocacional», que es más una actitud, un itinerario común, que entre todos se prepara y se hace, que un camino ya predeterminado. Un discernimiento que implica reconocer, interpretar y elegir.

Reconocer la realidad del joven, que supone también prestar atención a esa realidad a la que se enfrenta el joven de hoy. Tanto más difícil porque la sociedad actual le deja solo, inerme, frente a una estructura siempre cambiante donde no hay firmeza en la base y donde no hay principio que no haya podido ser manipulado o deformado. Captar y analizar los rasgos de la realidad de hoy nos ayudará a conocer y reconocer a una juventud que se enfrenta a los modos de un siglo en el que creemos sinceramente que culminará el final de una época. También es nuestra la responsabilidad de escuchar y atender las necesidades de los jóvenes que aspiran a alcanzar su perfección personal, pero que plantean preguntas, que cuestionan y no quieren respuestas predeterminadas. Reconocer, en este caso, supone vislumbrar esa realidad del hombre contemporáneo a la luz de la fe, un mundo de desafíos y controversias, pero que tenemos que llevar al ámbito de la fe. Para afrontar la cuestión y los diversos problemas de esta sociedad que a costa de pretender ser abierta está herméticamente cerrada, debemos entre todos cuestionar y replantear en el seno de la propia sociedad que no se pueden ofrecer soluciones a los jóvenes aislándolos del marco social en el que se encuentran. Hay que proporcionarles respuestas adecuadas dentro del mismo tejido social, como ha señaló el Papa Francisco (Viaje apostólico a Río de Janeiro en ocasión de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud. Encuentro del Santo Padre con los periodistas durante el vuelo papal hacia Brasil, 22 de julio de 2013). Ello ahonda claramente en el sentido de este Congreso y en el mismo caminar de la ACdP: el católico que ha de ser paladín en la vida pública, que no permanece ajeno a la realidad, pero que ofrece responsablemente respuestas desde la luz de la fe a esa realidad que es siempre cuestionable.

Interpretar las referencias del mundo contemporáneo no supone abandonar nuestra propia identidad cultural ni tampoco el fundamento antropológico y teológico que se encuentran en la base de nuestra civilización. En un mundo multicultural y globalizado, la apertura hacia el otro no puede implicar el abandono de nuestros referentes. La globalización pretende una cierta, si no absoluta, uniformidad de criterios y de principios, de manera que casi exige el descarte de aquellos que no encajan en este nuevo absolutismo de signo nihilista. Por ello resulta más urgente y más preciso interpretar la realidad –lo ha dicho el mismo Sínodo- desde una fundamentación teológica y antropológica, a la que no debemos renunciar. En tal caso, en vez de escuchar y comprender a los jóvenes les estaremos negando la posibilidad de un horizonte y del camino de esperanza que lleva a Cristo.

Y, por último, elegir, lo que implica darle al joven las herramientas para las elecciones de vida que en esa etapa, de la suya, ha de realizar, sabiendo además que de estas elecciones resultará el devenir de un futuro a más largo plazo. Resulta fundamental en este aspecto analizar el paradigma de nuestra sociedad. Un sistema social que ofrece una superabundancia informativa, con herramientas digitales, con multitud de canales de comunicación y de utilización de redes, pero que al tiempo ha sido incapaz de dar a los jóvenes algo distinto de un subjetivismo cada vez más acusado. Ello nos conduce al necesario replanteamiento de lo que ha de hacer el católico, y también el joven católico y aquel otro que no está cerrado a escuchar,  y de lo que constituye, en nuestro caso, como propagandistas, el tema elegido como actuación inmediata: la libertad en la educación o, si  queremos, ahondar en el sentido pleno de lo que la educación representa, que, es sobre todo, formación, pero también la libertad para elegir aquella que consideramos más adecuada para la transmisión de ese fundamento antropológico y teológico, del que antes hablábamos, a las generaciones que vienen. Quien tiene la llave de la educación tiene la llave del futuro. Crear una generación conformista, aislada en su individualismo, que no se comprometa consigo mismo ni con los demás, porque carece de certezas y cualquier deseo se convierte en un derecho, es lo que se ofrece por parte de un sistema que pretende cerrar cada vez más las posibilidades de elección por parte de los jóvenes.

Debemos, por tanto, ser capaces de afrontar y de dar respuestas, pero también de proporcionar a los jóvenes la posibilidad de un horizonte de esperanza, lo que implica formar desde la fe, sin censuras ni ataduras a un modelo social que no es el idóneo para el encuentro final con Cristo y que rebaja las aspiraciones de nuestra vida a un mero transcurrir.  Por ello, y para terminar con el lema de este Congreso que ahora concluye, «fe en los jóvenes», pero también démosles también a los jóvenes ese alimento del alma que es la fe.

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