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Viernes, 13 febrero 2026 09:01

Marina Pinto llama a «generar una cultura del cuidado que impregne toda la acción pastoral» en el X Ciclo de Conferencias para Evangelizadores

Marina Pinto llama a «generar una cultura del cuidado que impregne toda la acción pastoral» en el X Ciclo de Conferencias para Evangelizadores

Marina Pinto, responsable del protocolo de entorno seguro de la Delegación Episcopal de Jóvenes, ha protagonizado la décima sesión del X Ciclo de Conferencias para Evangelizadores con la ponencia titulada «Entornos seguros para el cuidado a niños y adolescentes», una intervención que ha interpelado directamente a catequistas, sacerdotes y agentes de pastoral sobre su responsabilidad en la protección integral de los menores.

Desde el comienzo de su ponencia, Pinto subrayó que su trabajo se centra «en los más vulnerables y en los más pequeños» y recordó que los entornos seguros no se improvisan, sino que se construyen. «Los construimos nosotros», afirmó, destacando que no solo se trata de cumplir protocolos, sino de generar una cultura del cuidado que impregne toda la acción pastoral.

Más allá de la protección física

Marina Pinto explicó que un entorno pastoral seguro incluye varias dimensiones. En primer lugar, la protección física y legal del menor, tanto en lo personal como en los propios espacios. «Las paredes educan. Si los niños llegan a las paredes de nuestras parroquias y nuestras parroquias son paredes son de hospital, eso también les está hablando de qué entorno somos», señaló, recordando cómo la estética, el orden y el cuidado de los espacios parroquiales transmiten un mensaje sobre el tipo de comunidad que se es.

Junto a ello, destacó la protección de la integridad del menor: «El cuerpo es templo del Espíritu Santo, pero ¿hasta qué punto nos lo creemos? Todo lo que hagamos es sagrado». A esta dimensión se suma la seguridad psicológica, que se concreta en el modo de hablar, de corregir y de acompañar. «Somos figura, mirada, manos y rostro de Dios para esas personas que tenemos en nuestra pastoral», afirmó, insistiendo en que también el contexto implícito —dinámicas de poder, silencios o sobreentendidos— puede generar seguridad o inseguridad.

Pinto recordó que no existe el riesgo cero. «No existen entornos seguros al 100%, solo entornos más o menos seguros». Por ello, animó a crear comunidades preventivas, atentas y corresponsables, que no reaccionen solo ante el problema, sino que trabajen desde la anticipación.

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Presencia, límites, transparencia y canales

Entre los ejes fundamentales de un entorno pastoral seguro, señaló cuatro: presencia, límite, transparencia y canales. La presencia no es solo estar, sino ser acompañamiento y testimonio; el límite implica trabajar adecuadamente la libertad, la autoridad y la responsabilidad; la transparencia afecta tanto a los procedimientos como a los espacios físicos; y los canales garantizan que el más vulnerable pueda ser escuchado sin miedo a represalias.

Apoyándose en palabras del Papa Francisco dirigidas a la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, recordó que la labor en este ámbito «no se reduce a protocolos que aplicar», sino que supone promover formación, controles y escucha que devuelvan la dignidad. «Cuando implementan prácticas de prevención están escribiendo una promesa: que cada niño encontrará en la comunidad eclesial un ambiente seguro», citó al Papa Francisco. Y lanzó otra pregunta directa: «¿Lo prometemos de verdad?».

Qué es y qué no es un entorno seguro

Durante su intervención, Pinto ofreció criterios muy concretos para discernir prácticas adecuadas e inadecuadas en la pastoral con menores. En la relación con los jóvenes, es entorno seguro el acompañamiento cercano y respetuoso, manteniendo el rol de adulto referente. No lo es el amiguismo, romper la jerarquía para convertirse en el «amigo guay» o confidente exclusivo.

En los espacios físicos, son seguros los lugares visibles, abiertos y bien iluminados. No lo son el secretismo, las reuniones frecuentes a solas en despachos cerrados o habitaciones privadas. En la comunicación digital, recomendó el uso de canales institucionales y grupos, con temas pastorales y horarios adecuados. No es seguro mantener chats individuales a altas horas de la noche sobre cuestiones personales o sentimentales.

También abordó la afectividad: los gestos de cariño deben ser públicos, naturales, breves y adecuados al contexto. No son seguros los abrazos prolongados, caricias innecesarias o cualquier invasión del espacio personal. En la gestión de crisis, insistió en la necesidad de protocolos claros y comunicación con responsables y familias. «No es entorno seguro el ocultismo», advirtió, rechazando la mentalidad de «lavar la ropa sucia en casa» por miedo al escándalo.

Tres etapas: de lo obligatorio a lo ideal

Durante la ponencia, Marina Pinto distinguió tres etapas en la implantación de entornos seguros: lo obligatorio, lo deseable y lo ideal. En el plano obligatorio, recordó el deber de protección y comunicación, el cumplimiento de la normativa y medidas básicas como los certificados negativos de delitos sexuales, el consentimiento informado para uso de datos e imágenes, la conservación de fichas completas, la formación mínima de agentes y la regulación del uso de redes sociales.

La etapa deseable supone cambiar el paradigma: no solo proteger, sino promover un buen cuidado. Incluye formación específica en prevención y derivación, supervisión mutua entre responsables, establecimiento de canales de denuncia, designación de responsables de entorno seguro y elaboración de guías de buenas prácticas.

La etapa ideal, «la santidad que santifica», implica que el cuidado sea un rasgo identitario de la comunidad: cultura institucional de protección, formación continua, evaluación periódica de riesgos y acompañamiento integral de las personas vulnerables.

Claves psicológicas y semáforo de alerta

Pinto aportó también claves desde la psicología evolutiva. En la preadolescencia (10-12 años), subrayó la importancia de validar las dudas y cultivar el espíritu crítico. En la adolescencia (13-16), acompañar la construcción identitaria con límites claros y empatía. En la juventud, ofrecer coherencia y ejemplo de vida integrada ante una crítica severa a la hipocresía.

Definió al catequista como figura de apego seguro, llamado a ejercer una «disponibilidad predecible», escuchar activamente, observar lo no verbal y comprender la necesidad que hay detrás de una conducta rebelde o apática.

Finalmente, presentó un «semáforo de alerta» con indicadores psicológicos, físicos, sociales y relacionales —como cambios bruscos de conducta, aislamiento, secretismo o pruebas de lealtad— e invitó a evitar el «dilema del salvador», la inmediatez impulsiva o el secreto mal entendido. La solución pasa por triangular la información, derivar adecuadamente y actuar siempre en comunidad.

La sesión concluyó con una llamada a la conversión pastoral: pasar «de policías a líderes», perder el miedo al escándalo y apostar por la transparencia y la corresponsabilidad. «Cuidamos porque el otro es sagrado», resumió. Como examen personal, propuso preguntas concretas sobre la exclusividad afectiva, la medida del cariño, la transparencia en la comunicación digital, el respeto a la libertad del joven y la rendición de cuentas en equipo.

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