Mario Fernández es párroco de la parroquia de San Germán y ve que «ser cura es un regalazo y una responsabilidad muy grande». Un regalo en cuanto sacramento, que se recibe «sin merecerlo de ninguna manera», a lo que se une el que «tenemos que ser testimonio del Señor donde estemos», y «hacer presente a Cristo a través del ministerio».
Acompañar a la gente siempre
Hacer presente a Cristo en los sacramentos y en el «acompañar a la gente en momentos de alegría, de felicidad, de dificultad, de falta de esperanza, de complicaciones de muchos tipos». Un trato con los demás que enriquece el ministerio, afirma. Hacer «ver a la gente que uno hace presente a Cristo, pero muchas veces también con muchas limitaciones y sin poder llegar a lo que a uno le gustaría».
Subraya que «cualquier persona necesita ser escuchada. Y en los tiempos que corren, más todavía». En la confesión y en el acompañamiento espiritual, «ves que la gente lo necesita». Muchas veces es un estar, escuchar, y, a pesar de no decir casi nada, «luego te dicen: muchas gracias por lo que me ha dicho». Algo que tiene especial sentido en una sociedad en la que «a la gente le cuesta dar el tiempo». No es solo hablar, «sino hablar a un sacerdote para ver qué le puede decir el Señor a través de él y cómo a ti eso te enriquece».
Ese escuchar le lleva a decir: «¿de qué me voy a quejar yo?», dado que «ves a gente que lo está pasando fatal, que pasa por momentos muy duros y, a pesar de todo, sigue teniendo esa confianza en el Señor». Por eso, «el acompañamiento, el confesionario, te ayuda muchas veces a centrarte en lo importante, a relativizar las cosas que no son tan importantes y darte cuenta de lo que realmente merece la pena». Eso lo vivió de forma especial acompañando a una persona que murió de ELA, en la que descubrió cómo se conformaba con muy poco y le lleva a «vivir la gratuidad, la escucha, el poder intercambiar lo que vivimos y entender que muchas veces la riqueza de Dios la encontramos en todos los bautizados».
Lo urgente y lo importante
Más allá del horario, dedicar tiempo al que te busca, aunque solo sea para escuchar. No es fácil, porque «lo que a todos nos cuesta más dar es el tiempo», especialmente en Madrid, una ciudad en la que todo te lleva mucho tiempo. «Pero al final, cuando dedicas ese tiempo, ves que ha merecido la pena. A lo mejor no he podido hacer cosas que tenía que hacer urgentes, pero me he quedado con lo importante». Y es que «muchas veces lo urgente no es tan importante», y lo importante es dedicar tiempo a las personas.
De la visita de León XIV, cree que «el primer fruto es la misión del sucesor de Pedro, que es confirmar en la fe a sus hermanos. Darnos cuenta de que somos Iglesia, de que no solamente formamos parte de una diócesis, de una parroquia, sino de la Iglesia». Un viaje que es «momento de comunión y de unidad, algo que enriquece mucho la figura de Pedro, el Vicario de Cristo en la tierra, que nos asegura nuestra comunión y nuestra cercanía con el Señor». Tras unos cuantos años sin tener la visita de un Papa, «va a ser un momento de alegría, de gozo y sobre todo de gracia, que es lo más importante».
La gente te va moldeando
Después de 27 años de ministerio, señala que «la gente te va construyendo, te va moldeando», dado que «la gente quiere mucho a la Iglesia y a los sacerdotes. Y eso también lo valoras». De ahí la importancia de «estar con la gente, acompañarla», pues «te va moldeando y te va enriqueciendo en tu ministerio». Desde esa experiencia, ser sacerdote «merece mucho la pena, porque al final recibes mucho más de lo que das». Reconoce que puede haber dificultades, ante lo que ve muy importante el acompañamiento espiritual de otros sacerdotes y la fraternidad sacerdotal, vivida junto al equipo sacerdotal de la parroquia. Se trata de hacer las cosas en comunión y dejarse acompañar, también por la gente.
De hecho, «vivimos cada uno con muchos líos, con muchos follones y a veces puedes tener otra parroquia a doscientos metros, pero sentirse uno muy solo». En ese sentido, CONVIVIUM ha sido oportunidad para encontrarse, algo que anima, y ayuda a ver que estamos todos para lo mismo, que la misión es conjunta. Eso debe ser profundizado en el trabajo en los arciprestazgos, recalca. «Hay momentos en que tienes que animar a otros para que sigan adelante y otros momentos en los que a lo mejor te animan a ti», concluye.
