En la fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María, la Iglesia de Madrid se ha unido a su obispo auxiliar, Vicente Martín Muñoz, en una misa por el descanso eterno de su hermano Antonio Martín Muñoz, fallecido el pasado 31 de agosto.
Cercanía de la Iglesia de Madrid
La parroquia de Nuestra Señora de las Angustias ha acogido una celebración presidida por Mons. Vicente Martín, que contó con la presencia del también obispo auxiliar, Mons. Juan Antonio Martínez Camino, vicarios episcopales, sacerdotes, familiares del fallecido y representantes de la Iglesia de Madrid.
Una celebración marcada por «un corazón encogido por la tristeza, pero iluminado por la fe», como señalaba el presidente de la celebración. Una Eucaristía celebrada en el día en que se celebra el nacimiento de la Santísima Virgen María en el que «nosotros nos enfrentamos al misterio de la muerte», afirmó el obispo auxiliar. En sus palabras resaltaba que la fiesta de este día «arroja una luz inmensa de esperanza sobre nuestra pérdida».
Algo que sucede porque «existe un ansia de vida en el ser humano, un ansia de vida en felicidad y salud». Pero al mismo tiempo, «la experiencia cotidiana nos muestra que la vida está entremezclada de sufrimientos, enfermedades, desgracias, pérdidas. Y que finalmente la vida se ve truncada por la muerte». Una realidad que suscita preguntas: «¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más larga, o más dichosa, más vida?» Ante ello respondía que «la fe cristiana nos dice que la muerte no es lo definitivo. Dios ha resucitado de entre los muertos a su hijo y así la fe cristiana nos dice que la muerte no es lo definitivo. Dios ha resucitado de entre los muertos a su Hijo y así nos resucitará también a nosotros. Jesús resucitado es el fundamento de nuestra esperanza y de nuestra fe».

Dios es amigo de la vida
Desde ahí, Mons. Vicente Martín pidió que a su hermano Antonio, «Dios le dé la vida para siempre, una vida de gozo y de paz, porque Dios es amigo de la vida. No es un Dios de muertos, sino de vivos», subrayando que para el recientemente fallecido «la muerte no es el final del camino, sino un nuevo y definitivo nacimiento. Es el nacimiento a la vida eterna, el momento en que se descorre el velo del dolor y el sufrimiento humano para contemplar cara a cara al Dios que nos creó por amor».
El obispo auxiliar recordó que «María conoció en carne propia, al pie de la cruz, el dolor de la pérdida de aquel al que dio a luz. Ella entiende perfectamente el vacío, el desconsuelo y las lágrimas que embargan a nuestra familia y a nuestros amigos. Sin embargo, ella también fue testigo de la resurrección». Una María, que «toma de la mano a nuestro querido Antonio para presentarlo ante su hijo Jesús».
De su hermano fallecido, recordó el «legado de amor, esfuerzo, servicio y recuerdos que permanecerán grabados en nuestros corazones». Le definió como «un hombre apasionado, fiel a sus convicciones, con espíritu de servicio hacia lo público y al bien común. Hombre de familia, de gran corazón, que con generosidad trabajó mucho por su pueblo y su gente, haciendo a todos la vida más fácil en la medida de sus posibilidades. Algo que vivió animado y motivado por su fe».

La resurrección es nuestra fe
«Aunque no físicamente, él sigue entre nosotros en cada lección y testimonio que nos dejó, en cada sonrisa compartida, en los relatos e historias que nos contó y en el amor que sembró en nuestros corazones», relató el obispo auxiliar, que dijo encontrar consuelo y conforto en las palabras de San Agustín, que dice que «la resurrección es nuestra fe, volvernos a ver nuestra esperanza, el recuerdo nuestro amor».
Desde ahí señaló que «la mejor manera de honrar su memoria es vivir con la misma esperanza que hoy celebramos». Para ello pidió a la Virgen María, «consuelo para los que lloramos y sea puerto seguro para el alma de nuestro querido Antonio». Algo que se cimenta en las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» y que debe llevar a afirmar que «realmente el Dios con nosotros ha estado a nuestro lado y nos sostiene».
Una muerte que a Mons. Vicente Martín le ha recordado el fallecimiento de Mons. José Antonio Álvarez, con quien compartía el servicio de obispo auxiliar de Madrid. Una vez más dijo haberle vuelto a su mente estas palabras: «Señor, no lo entiendo, pero no tengo dudas, ninguna, de que tu misericordia es más grande y que sabes más que cada uno de nosotros». Ante ello, dijo dar gracias a Dios y a la Iglesia por su cercanía entrañable, acogedora y consoladora en este momento. «La Iglesia ha sabido acompañarnos y sostenernos, ofrecernos consuelo y ternura». Un agradecimiento que también ha hecho a los presentes en la celebración.
