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Lunes, 07 mayo 2018 12:03

Monseñor Santos Montoya, a los jóvenes de Madrid: «El amor de Dios no es algo caduco, pasajero o transitorio»

El pasado viernes, 4 de mayo, al caer de la tarde, la catedral de Santa María la Real de la Almudena abría sus puertas para acoger, una vez más, la vigilia de oración de jóvenes Adoremus. En esta ocasión, los fieles madrileños –que, fortalecidos por el Dios que los reúne, no olvidan marcar esta cita en su calendario mensual– estuvieron acompañados por el obispo auxiliar monseñor Santos Montoya, ya que el cardenal Osoro se encuentra en Roma participando en las reuniones preparatorias del Sínodo de Obispos.

La celebración, presidida por la cruz de Lampedusa (moldeada, a petición del Papa Francisco, con tablas de barcos naufragados frente a esta isla italiana donde, en un solo día, murieron 349 refugiados), marcaba el rumbo de un encuentro fraguado, de principio a fin, por el amor. «Es posible perpetuarse en el amor de Dios, que no es algo caduco, pasajero o transitorio», sino que «permanece porque Él sostiene esa permanencia». Abrazado a esa invitación primera, monseñor Montoya animaba a los presentes a amar –en libertad y siguiendo la invitación del Evangelio según san Juan– «como el Padre nos ha amado». Y aunque Él «quiere que permanezcamos con Él, nosotros podemos elegir otra realidad, otros flashes de la vida que nos lleven por otros derroteros», subrayó.

«Si nosotros nos callamos, la salvación no llega»

El amor «está vivó», reveló el prelado, en el intento de descifrar que no hablaba de algo anclado en el pasado, sino que «lo reconocemos verdaderamente presente en medio de nosotros». Por tanto, «no podemos apagar este amor, ni secar el manantial del que brota la alegría, la vida plena, el amor por excelencia». En este sentido, el obispo auxiliar reconoció que «cada vez que somos seducidos de cualquier manera, en vez de aparecer la vida, aparece esto otro signo que tenemos al lado…». En ese momento, señaló la cruz que, en el centro del altar, presidía la vigilia y revestía de sentido cada una de sus palabras: «Aparece esta cruz que hoy viene con esta significación particular de Lampedusa».

El obispo, haciendo referencia a la consecuencia del desamor (dolor, sufrimiento, necedad), advirtió que «cuando el mal se las ingenia para intentar arremeter contra Dios, ve que no puede», porque «contra Dios nada ni nadie puede». El mal –«enemigo de la naturaleza humana», como dejó escrito san Ignacio– «no puede acabar con el bien, no puede acabar con Dios».

Así, animando a los fieles a contagiarse por la pasión del amor, recordó que Dios «padece la pasión del amor y nos quiere contagiar su presencia para que seamos los que revelamos a las naciones su salvación», porque «si nosotros nos callamos, la salvación no llega».

Jesús: el manantial que no cesa

Poniendo su mirada en la cruz de Lampedusa, recordó a las personas de distintas zonas que han llegado hasta la catedral de Madrid para perpetuar su sentido: «Han venido personas que han sufrido las consecuencias de estos movimientos migratorios» y, por ello, «somos nosotros, también, los que aceptamos o rechazamos».

En esta tarde, insistió monseñor Montoya, «lo primero que hemos hecho ha sido recibir a la cruz» porque «quien conoce algún tipo de cruz, la tiene que recibir». La cruz «o se llega a recibir o nos destroza». Pero para que la cruz no destroce y llegar a recibirla y transformarla, dijo, «entonces echamos mano de este manantial que no cesa, de este amor que no se deja apagar» porque «quien ha dado la vida por nosotros abrazando la cruz ha sido el mismo amor que ha hecho posible esto». En este sentido, contemplando las dos realidades (el amor que no cesa y las consecuencias del desamor), recordó que «su amor es más fuerte que el desamor».

Finalmente, alentó a los jóvenes a plantearse lo que han hecho, hacen y van a hacer por Cristo. A la luz de la Palabra e inmersos en un ambiente de recogimiento y oración, el obispo auxiliar de Madrid tradujo el deseo de que «el Señor nos ilumine a cada uno de nosotros y nos conceda la gracia de sentir y de hacer nuestros la pasión del amor y el dolor del Señor»; Él, «que se quiere meter en nuestra vida para que su amor llegue a todas las naciones». Promesa que solo podremos mostrar «si previamente nos hemos empapado de Él», concluyó.

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