El primer viernes de mes, como viene siendo tradicional, la catedral de la Almudena volvió a ser testigo de la vigilia de oración con jóvenes. Tras la cena con bocatas en la plaza de san Juan Pablo II, comenzó la oración, presidida en esta ocasión por monseñor Santos Montoya, obispo auxiliar de Madrid, y animada por los hermanos de Taizé. «Queridos». Así, con ese signo providencial con el que comenzaba la primera carta del apóstol san Juan, lo hacía el prelado para romper el silencio meditativo del encuentro. «Queridos en Él» porque «está en nuestra presencia». Y queridos «para avanzar hacia Él», porque «Él nos llama». Si nos amamos unos a otros, recordó el obispo auxiliar, «Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud».
Monseñor Montoya subrayó que Dios «tiene un deseo», y «es que lleguemos a experimentar, a tratar de amistad con Él». Fijando sus ojos en el icono de la amistad que presidía el presbiterio, destacó que, en él, «el Señor nos dice que cada uno puede experimentar el amor de Dios» y, a su vez, «puede transmitir ese amor de Dios a los demás». Porque «somos capaces del amor de Dios y de transmitirlo a los demás». Con este icono, «Cristo avanza con nosotros en esa amistad, nos concede la posibilidad de tener esta relación íntima con Él» y, a su vez, «nos dice que somos los otros Cristos que vamos a acompañar en amistad a los demás para conducirlos hacia Él: la razón de nuestro ser».
Animados por la amistad del Señor
El prelado, además, animó a los jóvenes presentes, más allá de las excusas y los pretextos, a no olvidar nunca que «estamos llamados a esa plenitud que va más allá de cómo estemos cada uno». Confiemos, por tanto, en que «ese proceso no va a ser por nuestras propias fuerzas», sino que «vamos a ser animados en esa amistad con el Señor». A la luz de esta promesa, recordó la responsabilidad «de nuestro propio corazón y de nuestros propios deseos», porque «si nosotros cultivamos y sembramos los deseos a los que somos llamados, iremos caminando en esa plenitud a la que el Señor nos llama». «Somos responsables de lo que vamos sembrando y de los libramos en nuestro corazón», abundó.
Tras alentar a los fieles a repensar los gestos de fe, de caridad y de esperanza que practican, el obispo auxiliar pidió al Señor «que nos conceda la gracia de sabernos en proceso», de saber que «no somos un modelo acabado» y que «somos alguien siempre en constante gestación». El Señor, acentuó, «nos da la capacidad para que nosotros vayamos construyendo ese modelo que tenemos en Cristo Jesús», porque Él «nos quiere así, amándonos y amando», y «por eso nosotros venimos a contemplarlo a Él, oculto y mostrado, para que –asimilándolo mejor– estemos en mejores condiciones de transmitirlo». Nuestra vocación, concluyó, «es hermosa», porque «es la vocación de la transformación en Cristo», y «el Espíritu lo va hacer posible». Seamos, pues, «colaboradores del Espíritu», que «quiere que seamos otros Cristos, para transformar este mundo conforme al querer de Dios».
Palabras de monseñor Montoya
