Ander tiene 25 años, toca el piano profesionalmente y no ha sido bautizado nunca. Su familia no es practicante y nadie le enseñó religión en casa. De pequeño intentó leer la Biblia solo porque le «gustaban los libros grandes», pero se atascó en las genealogías del Antiguo Testamento. Años después empezó a leer sobre la Iglesia por su cuenta, con una curiosidad que no sabía muy bien adónde le llevaba. Y un día su hermano había quedado con un sacerdote de la parroquia de La Paloma para hacer una catequesis de adultos, no pudo ir y Ander fue en su lugar para no dejarle en mal lugar. «Me quedé ahí», dice. «Y muy contento».
Lo que le atrajo de la Iglesia no fue una conversión repentina sino algo más cercano a su sensibilidad como músico: la belleza. Pero una belleza que no era mero esteticismo sino que llevaba dentro una ética. «Yo veía que había una parte de lo bello a la que le faltaba la ética», explica. «Y me dio la impresión de que la Iglesia era como una conjunción muy perfecta de ambas esferas». La tradición, la arquitectura, la música, la literatura, todo eso le atrajo. Pero lo que le hizo quedarse fue algo diferente: notar que su manera de ver a las personas estaba cambiando. «Ahora tengo una razón para querer a gente a la que en otro momento quizás apartaría o despreciaría». Ese cambio en él mismo, que le sorprendió, es lo que le sigue empujando hacia adelante en el proceso.
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Como pianista, la reflexión de Ander sobre la música y Dios tiene mucha precisión. La música clásica, dice, es más abstracta que la pintura, que representa cosas específicas, y esa abstracción hace más fácil trasladarla hacia algo elevado. «Cuando llevas esos temas a su punto más profundo, siempre acaban en Dios», dice.
Su proceso de fe es honesto y sin artificios. Reconoce que tiene momentos en que se siente muy creyente y momentos en que tiene dudas. Que todavía está buscando la fe, porque no es tan fácil encontrarla. Que lo que más miedo le dio fue la primera catequesis, no por el contenido sino por la posibilidad de que fuera verdad. «A ver si va a ser verdad esto», recuerda haber pensado. Y cuando se le pregunta si lo que da vértigo es creer, la respuesta le sale al revés: «Lo que me da vértigo es no creer».
Su mejor amigo está en un proceso parecido. Y cuenta que no fue una decisión anunciada sino algo que fue ocurriendo despacio y que luego compartió. «Compartirla es muy buena», dice, refiriéndose a la fe.
Sobre la visita de León XIV, Ander llega a ella como alguien que hasta hace poco miraba al Papa puramente desde lo estético y que ahora empieza a entenderle desde dentro. Y la pregunta que le haría en el ascensor imaginario, si pudiera, es qué opina sobre cómo funcionan hoy las catedrales en algunas ciudades, donde a veces la misa queda arrinconada en un lateral mientras los turistas pasean. Recuerda haber estado cuatro horas en la catedral de Amberes y haber visto una misa casi como un elemento más de la visita cultural. «No me estaba llevando mucho a la religión», dice.
El episodio cierra con una oración que Ander avisa desde el principio que hará «como pueda», porque es novato: «Te pedimos Dios que acojas al Papa con mucha gratitud por venir a Madrid. Que nos enseñes tu gracia a través de él y que haya mucha gente que se convierta y empiece el catecumenado a través de esta visita. Amén».
