Pedro tenía 24 años y trabajaba como director jurídico en una inmobiliaria cuando fue a Cuatro Vientos con el movimiento de Espiritualidad de Schoenstatt. Habían dicho que sería un fracaso, que el Papa anciano ya no movía a nadie. Fueron 700.000 personas y los bomberos tuvieron que regar a la gente con mangueras por las insolaciones. En medio de aquella multitud, Juan Pablo II decidió hacer zig zag con el papamóvil para verles a todos. Y entonces dijo aquellas palabras que Pedro lleva grabadas desde entonces: «Cuando vuelvo la mirada atrás y veo lo que ha sido mi vida, puedo decir que merece la pena dar la vida por Dios y por los hermanos». En ese momento, dice Pedro, algo pasó. «Nos quedamos él y yo solos». Y nació en él una pregunta que enseguida desechó: ¿y por qué no?
Al día siguiente, de camino a su oficina en el barrio del Viso, pasó junto a la parroquia de San Agustín y entró como hacía muchas veces. Vio un folleto del grupo de discernimiento del seminario. Llamó casi sin creer que sirviera de algo, porque el grupo llevaba tres meses en marcha. Le cogió el teléfono Juan Pedro Gutiérrez, entonces formador del seminario. Le preguntó cuándo podía venir. Y así empezó una historia que tardaría otros 24 años en llegar a su destino.
En el camino hubo de todo. Una pregunta de su madre que le dejó sin respuesta: «Perico, ¿quieres hacerte cura porque Dios te pide que seas sacerdote o porque no has encontrado una mujer que te quiera?» Un retiro de dos semanas solo en el monasterio de Leire. Y dos noches antes de irse a Leire, algo que parece sacado de una película: a las once de la noche llamaron a la puerta de casa de sus padres. Una chica que él no conocía de nada le entregó un paquete de parte de «una persona que te quiere mucho». Dentro había una medalla conmemorativa de la visita de Juan Pablo II a España, con la inscripción «Seréis mis testigos». 21 años después, Pedro todavía no sabe quién se la mandó. Y ya no está seguro de querer saberlo. «A veces me he ido a mi habitación, la he visto y he dicho: vale, es verdad».
Con 47 años, su hermano mayor le dijo que España se le había quedado pequeña, que se le veía que no era feliz. Se fue seis meses a Uruguay, luego un año, y terminó en un barrio complicado de Montevideo llamado la Gruta de Lourdes. El Jueves Santo, en la Catedral Metropolitana de Montevideo, algo en él hizo clic. Dijo que sí en voz alta sin darse cuenta. Una señora pequeña que tenía al lado le preguntó si había dicho algo. «Perdón, estaba hablando en alto». Esa semana pidió por Skype a su director espiritual que solicitara una cita en el seminario de Madrid. Una semana después de volver a España, pidió su ingreso. Y se ordenó sacerdote con 48 años.
La muerte de Juan Pablo II la vivió pegado al teléfono y a la televisión, llamando a la COPE para salir en antena de madrugada. Cuando murió, su jefe le ofreció un billete de avión para ir a Roma en nombre de la empresa. Pedro cogió una mochila y un saco de dormir y se fue. En Roma vio que de vez en cuando se abría una valla y entraba gente. Bajó la cabeza, se puso la gorra y se coló. Resultó que se había metido con un grupo de Wadowice, el pueblo natal del Papa, que tenía acceso a la capilla ardiente. Sin hablar polaco, siguió tirando hacia adentro. Pudo dar un beso desde lejos al catafalco de Juan Pablo II. A su lado, un chico con los pelos de todos los colores, pendientes en cada centímetro del cuerpo y tatuajes por todas partes lloraba como un niño pequeño. «Y dije: pues yo también». Durmió esa noche en la calle, en el Borgo del Espíritu Santo, y al día siguiente estuvo en el funeral, cuando se desplegó la pancarta del «Santo Súbito».
Pedro es también poeta. Acaba de publicar un libro de poesía titulado ‘Llamadme loco’. Y cuando se le pregunta qué relación hay entre la vocación poética y la figura del Papa, la respuesta que da es de las más bonitas del videopodcast: «El Papa es el poeta de Dios». Porque la poesía es ver la grandeza de lo pequeño, la grandeza de una flor, de un atardecer, de una sonrisa, de un papel en el suelo, de un apretón de manos. Y el Papa es quien le dice sí a Dios para enseñarle al mundo que lo verdaderamente grande es lo humilde. «Dios se hizo hombre, el rey se hizo esclavo, el trono de oro lo convirtió en una cruz. Si eso no es poesía, que venga Machado y lo vea».
En el ascensor imaginario, Pedro no le pediría nada al Papa ni le haría ninguna pregunta teológica. Daría al stop, le pediría que aflojara el alzacuellos y le preguntaría cómo está, si ha comido, si ha dormido. «Él se preocupa por todos nosotros. Yo me preocuparía por él». Y reconoce que probablemente le llevarían esposado, pero que merece la pena.
El episodio cierra con una oración larga en la que Pedro le da gracias a Dios por haber inventado la lógica de la cruz: «Señor, tú que quisiste reinar desde el trono de la cruz, tú que invertiste la lógica del mundo siendo rey y haciéndote siervo, tú que quisiste regalarnos el ministerio petrino para que nos sostuviesen en la fe de que solo tú eres el camino, concédenos que de la mano de tu siervo León sepamos, siguiendo sus pasos y bajo su guía, decirte que sí, como lo ha hecho Él, Concédenos, contagiados por su fuerza, su valentía y su espíritu. Poder como Él, ser testigos ante el mundo de que solo tú tienes la respuesta, de que solo la fuerza del servicio y del amor es la que nos hace valientes y nos hace libres. Gracias Señor, por el Papa León, por todos sus sucesores. Gracias por regalarnos que uno de nosotros sea testigo de tu amor y de tu fuerza. Gracias, Señor, por concederle a este mundo loco alguien a quien se pueda llamar Pontífice. Alguien que no destruya puentes, sino que los construya, los mantenga y los defienda con la ayuda del Espíritu Santo y de la oración de todos sus hijos. Gracias, Señor, por esta visita del Papa León España. Ponemos a tu hijo León y a toda la Iglesia española en tus manos y en las manos de Nuestra Madre María Santísima, para que este viaje sea una oportunidad de unirnos todos al lado y de la mano del sucesor de Pedro, para testimoniar el mundo que Tú eres el vencedor del pecado y de la muerte. Que solo en ti está la felicidad y de que solo tú enseñas a ver la verdadera grandeza, que no es ni más ni menos que asumir que solo tú nos haces grandes. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén».
