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Martes, 26 mayo 2026 08:44

«Podías ver la profundidad de su mirada»: el recuerdo imborrable de Teresa al ver a Benedicto XVI en Valencia

«Podías ver la profundidad de su mirada»: el recuerdo imborrable de Teresa al ver a Benedicto XVI en Valencia

Teresa todavía recuerda la llegada de Juan Pablo II a España en 1982: cuatro años y unas palomas de cartón que hacían ruido como castañuelas y que le repartieron para recibir al Santo Padre. No sabe muy bien si el recuerdo del papamóvil que tiene es real o lo ha construido con el tiempo, pero lo que sí guarda con claridad es la sensación: mucha gente, mucho ruido, mucha ilusión. El juguete perfecto para una niña de cuatro años que probablemente no entendía del todo qué estaba celebrando pero que lo vivió sin duda.

Años después, con 15, fue con el colegio a la beatificación de San Enrique de Ossó en Colón, también con Juan Pablo II. Esta vez ya entendía más, aunque lo vivió como se viven las cosas a los quince años: con el jaleíllo del grupo, los amigos, pasárselo bien y ver qué decía el Papa. Llegaron pronto, estaban bien situados en la calle Génova, y lo que recuerda es lo que siempre queda de esos momentos: la gente con buen rollo, el Señor en el centro, y la sensación de que algo importante estaba pasando.

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Su papa favorito es Benedicto XVI, aunque lo confiesa con la consciencia de que no es el más popular. Le llama «la ternura personificada». Un hombre poco fotogénico, reconoce, pero que en directo tenía una mirada que no se podía capturar en las fotografías. Lo vio en Valencia en 2006, en la Jornada Mundial de las Familias, recién casada, con su marido. Se apostaron a esperar que pasara y pasó. «Podías ver la profundidad de su mirada», dice. «Ahí pude percibir su ternura». Y destaca algo que pocas veces se menciona de Benedicto: su valentía. Que entró en los temas más delicados de la Iglesia, incluidos los abusos, y los afrontó sin dudarlo. «Una valentía muy fuerte», dice.

Lo que hace interesante el episodio es la doble mirada de Teresa: la de creyente y la de psicóloga. Trabaja colaborando con el seminario en la formación de sacerdotes y esa experiencia de acompañar a hombres que asumen una responsabilidad enorme le ha dado una sensibilidad especial hacia la humanidad de quienes ocupan roles de liderazgo en la Iglesia. «Todos tenemos esa dimensión humana que nos une también a Cristo y que tenemos que trabajar», dice. Y se pregunta en voz alta algo que pocos se atreven a formular: ¿quién ayuda a los que están arriba? ¿Con quién se desahoga el Papa?

Desde la psicología, la figura del Papa como padre tiene para ella un correlato claro: la relación de apego. La misma seguridad que da un padre que cuida, que busca el bien de los suyos. «Si tengo la tranquilidad de que el Papa está buscando el bien de mi Iglesia, puedo confiar y tengo un respaldo en el que apoyarme».

Hay un momento del episodio en que Teresa menciona una película en la que un Papa sale al balcón y no puede porque le paraliza el miedo, y le mandan un psicólogo. Lo cuenta con humor, pero con la convicción de quien sabe que eso que parece ficción señala algo real: que los papas también tienen miedos, inseguridades, vulnerabilidades. «A veces idealizamos a la gente importante», dice. «Y son hombres como nosotros». Lo que ella querría saber, si pudiera, es qué sintió el Papa León el día que dijo que sí, el momento de salir al balcón por primera vez ante el mundo entero. «O el Espíritu Santo pone el turbo, o tiene que dar miedito», dice.

En el ascensor imaginario, Teresa no le haría preguntas teológicas ni le pediría la bendición. Lo primero que le saldría, dice, sería cuidarle. «¿Cómo estás? ¿Y qué necesitas?» Un cómo estás de verdad, no de protocolo. «Para que me digas que estás bien, no. Que le voy a escuchar de verdad». 

El episodio cierra con una oración en la que Teresa pide al Señor que ilumine al Papa para esta visita: «Yo le pido al Señor por el Papa, para que le ilumine en esta visita, para que le ponga las palabras que llenen los corazones, que mueva los corazones y le pido que le cuide como él necesita ser cuidado, no como nosotros pensamos que a lo mejor tiene que ser cuidado, sino como él necesita ser cuidado y que ponga su alrededor a todas las personas que él necesite para poder llevar a cabo su misión. Y también pido por esas personas que les ilumine y que les dé la luz para poder acompañarle y que juntos como Iglesia, podamos cumplir con la misión que Dios nos pide. Amén».

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