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Miércoles, 12 agosto 2026 14:40

Rosita, vecina de Navacerrada, acaba de cumplir 100 años y no falta un día a Misa: «Dios me empuja, porque soy creyente»

Rosita, vecina de Navacerrada, acaba de cumplir 100 años y no falta un día a Misa: «Dios me empuja, porque soy creyente»

El miércoles 12 de agosto parece que solo existe el eclipse solar que se producirá al atardecer. Será un acontecimiento extraordinario, pero lo grandioso, como todo, sucede en lo pequeño, en lo sencillo. El Señor le llegó a Elías en la brisa suave, y llega en ese trozo de pan y en ese poco de vino que se convertirá en el cuerpo y la sangre del Señor, como recuerda Pablo Marina, el párroco de Navacerrada, en la Misa de diez de la mañana.

Y pequeña vemos a Rosita, en primera fila, como cada día, sea invierno o verano, nieve o llueva, porque ella tiene «mucha fe», y eso es lo grandioso en ella. Acaba de cumplir 100 años y tiene esa presencia afable de la ancianidad, una sonrisa permanente (aunque para la fotos se ponga seria, costumbres de otras épocas), y una mirada aún chispeante.

Ninguno en el pueblo ha llegado a esa edad, nos cuenta, «como mucho 93, 95…». Por eso en su cumpleaños, el día 31 de julio, se le hizo una gran fiesta en el hogar del jubilado (las antiguas escuelas). Y una Misa de acción de gracias en la parroquia «muy bonita», que a Rosita se le ilumina la cara al recordar cómo le cantó don José el cumpleaños feliz con la guitarra (imagen inferior, también junto a su hijo Alberto). «Si no todos, fue a felicitarme casi todo el pueblo» y todavía se sigue encontrando gente que le da la enhorabuena, comenta.

Rosita Misa

Dice que está fatal de todo, de los ojos, de los oídos, de las piernas, pero oye y escucha mejor que muchos mucho más jóvenes, ve y mira a lo profundo, y solo necesita un bastón para salir de su casa cada día a Misa, casi siempre acompañada por alguna amiga del pueblo, que «tengo mucha suerte de que doy con personas muy buenas», pero si no, pues sola, caminando.

«Hago un esfuerzo muy grande, otra en mi puesto no vendría, con lo que tengo, ¡vamos, estaría sentada en una silla!». Pero «tengo mucha fe; me mantengo con esa fe». Y además, que es que «Dios me llama y me dice que venga, y es tanta la fuerza de voluntad que digo “yo voy a Misa sea como sea”, y Dios me empuja, porque soy creyente».

Nadie le puede arrebatar a Rosita esto tan íntimo en su ser, porque lo dice con tal convicción que es tumbativo. «Y tú, ¿eres creyentes? Porque eso es precioso». (imagen inferior, con su amiga Asun y su hijo Alberto).

Rosita hijo

La guerra, el trabajo, el matrimonio...

La fe se la transmitieron a Rosita en casa. «Mi madre nos enseñó a mis hermanas y a mí a ir a Misa». Nació en 1926 en Carmena (Toledo), pero creció en el Paseo de las Delicias, 161 (la memoria tampoco le va nada mal a Rosita) porque su padre era ferroviario y su madre trabajaba en la estación de Delicias.

«Nos pilló la guerra». Claro. Y una noche «cayó un obús y no explotó; si no, nos mata». Estaban cenando lentejas. «He comido muchas lentejas en la guerra; no teníamos otra cosa». Y gracias que podían hacer uso del economato de Renfe, y así, a diferencia de tantísimos, «no pasamos hambre». Pero «las lentejas no las quiero».

Rosita joven

Cuando todo pasó y Rosita tenía 18 años, se fue a Palma de Mallorca a acompañar a una señora chilena, «que su marido era ministro». A los dos años y medio regresaban a su país y «me querían llevar, pero mis padres no me dejaron». «En aquellos tiempos no te dejaban», ríe, encogiéndose de hombros.

Sí le permitieron, sin embargo, ir con una señora y su marido médico, conocidos de sus padres, a su chalé de Navacerrada un verano para ayudarlos. «Y así conocí a mi marido». Miguel, que era del pueblo. Se casaron en la parroquia de Santa Teresa y Santa Isabel, en Chamberí, porque «me gustaba mucho esa iglesia y me iba a confesar allí».

Tenía 32 «ó 31 años» e iba de negro, con un vestido de encaje, no porque estuviera de luto, sino porque «yo he sido muy económica» y pensó que así «lo tengo para ponérmelo siempre que quiera».

Rosita boda miguel

San Antonio y la Virgen del Carmen

El día de la boda, Rosita llevó una medalla de san Antonio que le había regalado Miguel de novios. Es la misma que nos enseña hoy, colgada del cuello, con una sonrisa inmensa. Y es que de santos favoritos, «tengo tantos», pero a San Antonio «lo quiero mucho». De hecho, se ha santiguado ante su talla de la iglesia parroquial al salir de Misa.

Pero también quiere a la Virgen del Carmen; una de sus hermanas, que se llamaba Mari Carmen, murió de joven. Y cómo no, es muy devota de la patrona de Navacerrada, Nuestra Señora de la Natividad, a la que tantas veces ha sacado en procesión en su fiesta por el pueblo.

Rosita siempre ha estado ligada a la parroquia. Casi se podría decir que era la sacristana porque con «el anterior párroco, don Luis, yo tenía las llaves de la iglesia para abrir al que venía cuando él se iba de vacaciones». Y preparaba las Misas, y «he sido muy espléndida», dice con una soltura y sencillez abrumadora; siempre que ha podido ha colaborado económicamente. «Ahora ya, con la paga…».

Rosita medalla

La pérdida de un hijo

El matrimonio estuvo casado «muchos años», no acaba de precisar Rosita cuántos, pero sí afirma con rotundidad que era «un hombre muy bueno». Ese fue su secreto. «Y nos queríamos mucho; eso es todo, el quererse». Claro que «discutíamos, pero no éramos rencorosos, enseguida se nos pasaba; a los cinco minutos ya estábamos otra vez hablando». Y luego, «me llevaba a Madrid al cine, al teatro, a cenar, a los toros… Me lo he pasado muy bien siempre con mi marido».

Rosita y Miguel tuvieron tres hijos, todos varones. El mayor «se me ha muerto con 46 años». «Con 100 años, he vivido ratos buenos y malos…». Ahora, cuando reza, le pide a Dios «salud para los míos y que tenga en la gloria» a los que ya se han ido. «Y le pido por el mundo entero, que se terminen las guerras y vivamos en paz».

Rosita Virgen

—Rosita, ¿cómo ha llegado a los cien años tan estupendamente?
—¡Trabajando mucho! Son cien años muy trabajados, en una floristería, en una frutería… Mi marido subía al puerto [de Navacerrada] a alquilar trineos, esquís. Tenía un puesto con mucho material; él estaba todo el invierno arriba y yo aquí, con los niños.

En la puerta de la iglesia, el párroco y ella se saludan con cariño. «Tenemos un sacerdote que vale mucho». Pablo Marina la acompaña en esta etapa final de su vida. «Yo le digo a Dios que “aquí estoy para que lo que tú quieras; cuando quieras llevarme, me llevas”. ¡Pero no quiere, me hace venir a Misa todos los días!».

Rosita parroco 2

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