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Viernes, 09 septiembre 2022 12:41

María de la Cabeza, la santa por aclamación popular que acompañó en todo a san Isidro

María de la Cabeza, la santa por aclamación popular que acompañó en todo a san Isidro

El culto inmemorial a nuestra insigne paisana santa María de la Cabeza, esposa del glorioso san Isidro, ha quedado reflejado durante siglos en diversos lugares de la geografía madrileña: calles, glorietas, ermitas... Si bien apenas contamos con documentación directa sobre su vida, pues la mayoría de los relatos sobre la santa se incluyen en las fuentes relativas a la vida del patrón. En ellas, los santos esposos se presentan como modelo de santidad y ejemplo de práctica de las virtudes de manera extraordinaria.

En el llamado Códice de Juan diácono, el testimonio medieval más antiguo y autorizado sobre la vida y milagros de san Isidro, apenas encontramos referencias a su mujer. En él se apunta simplemente que Isidro «tenía una esposa legítima y un hijo», sin aportar mayores datos acerca de su nombre o identidad. En el segundo apartado del códice se menciona la ejemplar dedicación de ambos esposos: «Pasaba la vida trabajando en compañía de su mujer y daba a Dios lo que era de Dios y a los vecinos la debida fraternidad».

Líneas después, en el relato del cuarto milagro (la multiplicación de la comida en la olla entregada como limosna a un mendigo) aparece María como principal testigo del extraordinario prodigio y posterior transmisora del mismo entre los vecinos. Así podemos leer:

Ya que Isidro no disponía de nada para darle, movido por su excesiva compasión, suplicó humildemente a su esposa: “Te ruego, por Dios, queridísima esposa, que si queda alguna ración de comida, se la des como limosna a este pobre”. Pero ella misma, a sabiendas de que no había quedado nada, fue directamente para mostrarle que la olla de la cocina estaba vacía; sin embargo, puesto que el piadosísimo designio de Dios quería satisfacer el deseo de su devoto siervo, encontró la olla llena de comida. Y al ver de repente tal prodigio, estupefacta, enmudeció momentáneamente, pero llena de regocijo por tan evidente milagro y convencida del favor divino, dio de comer al pobre con gusto y abundantemente. Pero no se atrevió a comunicar a su marido lo ocurrido, pues sabía que él desdeñaba la vanagloria. Sin embargo, puesto que los que arden en el amor de Dios no deben callar en los asuntos referentes a Él, no quiso —puesto que no debía— ocultarlo a los vecinos y a otras personas honorables, en la medida en que Dios le había indicado contarlo. Y esto, tal y como se nos contó por testigos fehacientes, lo hemos juzgado digno de ser relatado.

También, antes del relato de la muerte de san Isidro, de nuevo se menciona a su esposa, que comparte con su marido las tareas diarias, unidos en oración y obrando en caridad: «Así pues, este hombre que sobresalía por sus buenas costumbres, que tenía una esposa legítima y un hijo, que era un buen administrador de su casa, como correspondía, y que llevó una vida encomiable, mereció alcanzar una muerte más loable por la generosidad del Señor».

Santa maria de la cabeza primer plano

Su imagen en el arca de san Isidro

Contemporáneo al códice conservamos las representaciones pictóricas más antiguas de estos dos santos, que decoran el primitivo arca funeraria en que estuvo el cuerpo incorrupto del patrón durante siglos en la iglesia de San Andrés. Sus paredes se recubren con unos ricos pergaminos estucados donde, en un estilo gótico lineal, se ilustran varias escenas sobre los milagros atribuidos al santo.

En ellas, santa María de la Cabeza aparece solo en dos momentos y caracterizada a la usanza de la época, como una mujer sin aureola (a diferencia de su esposo), realizando las tareas relacionadas con el ámbito familiar y doméstico, y ataviada de pies a cabeza con túnica, jubón y toca o cofia.

Sobre las escenas representadas, Manuel Rosell (1789) dice que, empezando por lo que se supone la cabecera de la tumba, se ve un momento del conocido milagro del arado o de los bueyes. En la imagen, el amo de san Isidro, Iván de Vargas, con espada ceñida y montado en su caballo blanco, fue a comprobar si efectivamente el labrador cumplía o no con sus obligaciones.

Santa maria de la cabeza rojo

La primera figura que aparece es la de la santa, «de gentil estatura, bastante moza, bien faccionada y con buenos colores: lleva una túnica o brial encarnado ceñido al cuerpo y encima de él, jubón amarillo con falda medianamente larga, ajustado de cuerpo y de manga hasta los puños. Por debajo del jubón, en la parte superior sale una toca blanca, con la cual está cubierto el cuello y la cabeza, no descubriendo más que la cara».

Además, como apunta la restauradora Dolores Fuster en su estudio de conservación del arca (1993), «por haber saltado el color, no se ven bien los pies, y se ven calzados de alpargatas o sandalias con medias azules». Otros autores describen que los pies están calzados con «zapatas abiertas, y sujetas sobre el empeine con cordones que, al cruzarse, forman una especie de redecilla».

María Toribia carga un cesto sobre su cabeza, que parece lleno de manzanas, y en la mano derecha coge una alcarraza o pequeña vasija para mantener fresca el agua. Algunos estudiosos apuntan que le llevaba la comida a su esposo mientras este se afanaba en las labores del campo, por lo que el suceso «debió suceder bien entrada la mañana».

La otra ocasión en la que aparece santa María de la Cabeza es en la representación del ya mencionado milagro de la olla, cuando un peregrino se acerca a la casa de los santos esposos a pedir sustento. La bienaventurada consorte aparece en el interior del hogar, junto a la olla que creía vacía de comida y en conversación con su esposo, narrándole con asombro, y gratitud a la vez, el prodigio acontecido.

Santa maria de la cabeza arca

Un milagro para contrarrestar las acusaciones de adulterio

No es hasta finales del siglo XVI cuando se establece de forma definitiva a María Toribia, santa María de la Cabeza, como la esposa de san Isidro, sobre todo a través de los dos escritos principales referidos a la vida del patrón: Vida de Isidro Labrador de Alonso de Villegas (1592), y El Isidro: poema castellano, de Lope de Vega (1599).

Ambos autores recogen el principal milagro atribuido a María, conocido popularmente como los celos de san Isidro, según el cual María es acusada injustamente por las malas lenguas de adulterio.

La santa debe probar ante su esposo que no le ha sido infiel, y este verá cómo su esposa cruza las aguas flotando milagrosamente sobre su manto sin mojarse, «como si anduviera por tierra firme», cuando iba camino de la ermita para cumplir sus devociones y atender al cuidado y limpieza de la misma, manteniendo la lamparilla permanentemente encendida.

Con estas palabras nos lo narra Villegas:

Acusáronla unos calumniadores a san Isidro, diciendo que su mujer, con capa de devoción, vivía deshonestamente conversando con los pastores que estaban a la orilla de Xarama; y no solo los hombres, sino el mismo demonio, tomando forma de uno de aquellos villanos malsines, se lo procuró persuadir. El santo varón, aunque no le dio crédito, con todo eso, quiso por él mismo enterarse de lo que pasaba. Fue de Madrid a Caraquiz, sin saberlo su mujer, y esperándola un día en parte, donde no pudiese ser visto de ella, vio que caminaba a la ermita cargada de lumbre y aceite y llegando a la ribera del río, que venía muy crecido y con grande raudal, hecha la señal de la cruz y tendida su mantilla sobre las aguas, se puso sobre ella y así pasó el río sin mojarse como si caminase sobre un enladrillado y después de haber cumplido con su devoción, hizo a la vuelta lo mismo, con lo cual se consoló mucho el siervo del Señor y se confirmó en la buena opinión que tenía de su santa mujer, dejándola, como antes, cumplir con su devociones pues con tales maravillas mostraba el Señor que le eran muy aceptadas.

Y así lo recogió Lope en su poema:

Porque estando así los dos,
María tendió su manto
sobre Jarama, que tanto
es bien que espere de Dios
un pecho tan limpio y santo.

Y para probar que a Él
y que a Isidro fue tan fiel,
con gran fe y honesto brío
sobre el manto pasó el río,
puestas las plantas en él.

Por todo ello, la iconografía más característica con la que hoy en día identificamos a santa María de la Cabeza, es el atuendo propio de la época: faldellín, corpiño, delantal y una camisa con mangas hasta el codo. Así la vemos, por ejemplo, en el bello relieve de las puertas del antiguo coro de la catedral de San Isidro (hoy en el Museo Catedral de la Almudena).

La santa se encuentra cruzando el río Jarama, andando sobre una mantilla o manteleta y portando sus atributos clásicos: una mecha o hacha encendida en la mano derecha y en la otra, una alcuza con el aceite para alimentar la lámpara de la ermita de la Virgen de la Piedad.

Santa maria de la cabeza relieve

Navío adornado de virtudes

Según la tradición, santa María Toribia murió un 8 de septiembre hacia el año 1175 en el pueblo de Torrelaguna, donde se retiró una vez fallecido san Isidro. Allí recibió sepultura, hasta que en 1596 fueron localizados sus restos, junto a la reliquia de su cabeza (separada en algún momento del cuerpo) expuesta sobre el altar de la ermita, por lo que al ir a venerarla el pueblo la distinguió como María de la Cabeza.

Considerada santa por aclamación popular, el Papa Inocencio XII reconoció su culto inmemorial en 1697. El 9 de septiembre de 1752 el Papa Benedicto XIV concedió oficio y Misa propia, estableciéndose ese día como fiesta en honor de santa María de la Cabeza. Finalmente, en el año 1769, por real orden de Carlos III, sus restos fueron trasladados desde el oratorio de la Casa de la Villa, donde se conservaban como indica la tradición, a su nueva y actual ubicación en la colegiata de San Isidro.

Terminamos con unos hermosos versos de El Isidro: poema castellano, en los que Lope nos ofrece una bellísima alegoría al comparar la imagen de María cruzando el río sobre su manto con un navío adornado de virtudes, «un barco navegando, con sus diferentes partes que corresponden a las virtudes»:

María, que corre y lidia
aquel toro a quien fastidia
casta vida, honesta fama,
echó la capa en Jarama
y libróse de la Envidia.

Hizo nave de su manto
y velas de su inocencia,
jarcias de su continencia,
árbol de su cuerpo santo,
proa de su penitencia.

La popa, de su opinión,
el timón, de su oración,
la aguja, de su ejercicio,
jareta, de su cilicio,
y norte, de su razón;

de una cruz hizo el bauprés,
la gavia de su verdad,
fogón de su caridad,
quilla de sus santos pies
y bomba de su humildad

(las demás obras y lazos
déjolos por embarazos)
y con aqueste concierto
halló generoso puerto
de Isidro en los tiernos brazos.

Santa maria de la cabeza isido rupnik

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