María estaba en tercero de la ESO cuando tuvo un sueño que le dejó descolocada. Soñó que había fumata blanca saliendo por la chimenea de su colegio y que el Papa se iba a morir. Se lo contó a su madre por la mañana. Su madre no le hizo demasiado caso. Tres o cuatro días después, Benedicto XVI anunció su renuncia. «Flipando, rozando un poco el miedo», recuerda María. «¿Qué tipo de poderes tengo?» El Papa no se murió, claro, pero algo había pasado.
Lo de la JMJ de 2011 todavía le duele un poco. Tenía 12 años y toda Madrid se llenó para recibir a Benedicto XVI. Su padre decidió que ese era el momento perfecto para que la familia se fuera un año a Irlanda a aprender inglés. «Me pegué un cabreo brutal», recuerda. «Intenté negociar, pero no funcionó». Esta vez no se la pierde. María es pediatra, pone ella misma los turnos de guardia de su servicio, y se ha bloqueado del 5 al 9 de junio en el calendario. «He rogado a todas mis compañeras que por favor no me pusieran guardia esos días».
La medicina y la fe aparecen entrelazadas a lo largo de todo el episodio con una naturalidad que no fuerza nada. María cuenta que cuando estaba preparando el MIR estudió en la parroquia para no perder el hilo de su vida fuera del examen. Una compañera le mandó una oración de Juan Pablo II sobre los médicos, larga y preciosa, que releía los días de bajón. Y recuerda con emoción un momento de guardia en Medicina Interna, todavía estudiante, en que vio a un residente acercarse a un anciano, cogerle la mano, acariciarle y darle un beso. «Flipé. Dije: tengo muchísimo que aprender».
El día en que eligieron al Papa León XIV lo tiene grabado con especial intensidad. Iba en coche hacia la parroquia porque había quedado con una amiga para celebrar su cumpleaños. Su madre le escribió para decirle que había fumata blanca. Corrió a la parroquia, pusieron el proyector en una sala, y ella y su amiga estuvieron esperando juntas a que saliera el Papa por el balcón, haciendo apuestas sobre quién sería. Pero lo que su amiga tenía que contarle ese día no era solo el cumpleaños: le anunció que iba a bautizarse, hacer la comunión y la confirmación. Un «hat-trick cristiano» en toda regla, como María lo llama. «Ese mismo día yo estaba flying. Dije: es que no es ni mi cumpleaños, imagínate si fuera mi cumpleaños». El nuevo Papa y la conversión de su amiga en el mismo día. Demasiados estímulos, reconoce. Uno de los mejores días del año.
María se define a sí misma como «la persona más pesada del universo» cuando se trata de invitar a alguien a su parroquia. Le dijo a su amiga que fuera. Luego le dijo que hablara con el cura. «Lo único que he sido es pesada», dice. Pero su amiga se sintió acogida, encontró una comunidad con vida y diversidad, y ocho años después de pensárselo tomó la decisión. «Algo estamos haciendo bien a nivel de comunidad», concluye María.
En la parroquia están preparando la visita del Papa con una energía que ella misma describe como «se nos está yendo un poco la olla, pero no pasa nada». Unos 70 jóvenes queriendo apuntarse como voluntarios o peregrinos, camisetas que se hacen a las dos de la mañana, vídeos para Instagram y TikTok. María lleva las redes junto a otra chica y fueron a un evento de comunicación para preparar la visita. Lo cuenta todo con la misma mezcla de caos y entusiasmo que caracteriza a cualquier comunidad joven que se lo está tomando en serio.
La pregunta del ascensor produce la respuesta más original de todo el videopodcast. María preferiría que el ascensor fuera el de su casa, que tiene ocho plantas, y no el del hospital, que solo tiene cuatro. Y después de aclarar que lo primero que haría sería pedirle permiso antes de darle un abrazo, porque no sabe si le gustan, lanza su propuesta: contarle al Papa «El juego», un juego en el que todos participan desde que nacen y en el que pierdes cada vez que piensas en él. El juego solo termina cuando lo declaran terminado el presidente de Estados Unidos, la reina de Inglaterra o el Papa. «Le pediría que dijera que se ha terminado el juego, lo grabaría y lo subiría al TikTok de la parroquia». Su justificación: el Papa León ha estudiado matemáticas y escribió su tesis en LaTeX, lo que le convierte, a su juicio, en un papa friki. Y los frikis entienden estas cosas. «El Papa es friki, pero yo más», concluye.
El episodio cierra con una oración de María: «Señor, te doy las gracias por. Por estar aquí hoy. Te doy las gracias porque el Papa viene a casa. Te pido también para que se sienta acogido por todos nosotros. Que también que su mensaje esté lleno de tu espíritu, que se ha inspirado por ti, que llega a los corazones de todos aquellos que le escuchan. Y también que cale tanto que nos entren las ganas de transmitirlo a todos aquellos que no los escuchan y que se note que haya un cambio en nuestra vida hacia bien y que tú sigas reinando en todos los corazones de las personas del mundo para que bueno este este Papa está súper ligado con la paz y para que haya paz. Amén».
