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Jueves, 23 abril 2026 11:12

La Universidad Eclesiástica San Dámaso acogió la jornada “El presbítero en su relacionalidad”: «El ministerio es la relación del ‘para vosotros’. Se es siempre para vosotros o no se es»

La Universidad Eclesiástica San Dámaso acogió la jornada “El presbítero en su relacionalidad”: «El ministerio es la relación del ‘para vosotros’. Se es siempre para vosotros o no se es»

La UESD celebró el miércoles 22 de abril la jornada interfacultativa “El presbítero en su relacionalidad”, un encuentro académico que reunió a profesores de distintas facultades e institutos para profundizar, desde una perspectiva interdisciplinar, en la identidad y la misión del sacerdote a la luz de sus relaciones eclesiales, pastorales y humanas.

La sesión tuvo lugar en el Salón de Actos del Seminario Conciliar de Madrid y comenzó con la invocación al Espíritu Santo, seguida de las palabras de bienvenida de Manuel Aroztegi Esnaola, vicedecano de la Facultad de Teología y coordinador de la jornada, quien saludó a las autoridades académicas, profesores, alumnos y asistentes, tanto presentes en la sala como conectados a través de las redes sociales de la Universidad.

En su introducción, Aroztegi situó el sentido de la jornada a la luz del decreto conciliar Presbyterorum ordinis, recordando que los presbíteros son “hermanos entre los hermanos” dentro del único Cuerpo de Cristo. A partir de esta referencia, subrayó la necesidad de reflexionar sobre el ministerio sacerdotal como un misterio de relación y de comunión eucarística, especialmente en un contexto cultural marcado por el individualismo y la fragmentación.

Asimismo, destacó la riqueza de poder abordar una cuestión tan nuclear desde perspectivas diversas y mutuamente enriquecedoras, con la participación de profesores de Filosofía, Teología, Literatura Cristiana y Clásica, Derecho Canónico y del Instituto Superior de Ciencias Religiosas.

Una lectura existencial del ministerio sacerdotal

La primera intervención corrió a cargo del profesor Alfonso García Nuño, de la Facultad de Filosofía, con una ponencia dedicada a “D. Manuel Bueno, párroco de Valverde de Lucena”. Su exposición ofreció una aproximación de gran densidad literaria, filosófica y teológica a la figura del presbítero, a partir de un original ejercicio de lectura en torno a San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno.

Partiendo del hallazgo ficticio de un supuesto informe relativo al proceso de beatificación del personaje unamuniano, el profesor García Nuño desarrolló una reflexión sobre la complejidad interior del sacerdote y sobre la dimensión dramática de su relación con la fe, con el pueblo y con su propia conciencia. La ponencia recorrió algunos de los grandes temas que atraviesan la obra: la tensión entre fe y razón, la dimensión vicaria de la fe, la relación entre religión popular y formulación doctrinal, así como la configuración del ministerio sacerdotal en medio de una comunidad concreta.

La exposición puso de relieve, además, la hondura antropológica y espiritual del vínculo entre el presbítero y su pueblo, mostrando cómo la figura de don Manuel permite pensar la relacionalidad sacerdotal también desde su vertiente más existencial: no solo como ejercicio de funciones, sino como una forma de estar entregado a los demás en medio de la propia lucha interior.

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La tradición patrística y la relacionalidad del presbítero

La segunda ponencia estuvo a cargo de la profesora Raquel Oliva Martínez, de la Facultad de Literatura Cristiana y Clásica, bajo el título “Ministerio ordenado y sequela Christi en el siglo IV”. Su intervención condujo la reflexión al ámbito de las fuentes patrísticas, subrayando la necesidad de volver permanentemente a la época fundante de los Padres de la Iglesia para comprender con mayor profundidad la identidad del ministerio ordenado.

A partir de testimonios de autores como san Agustín, Juan Crisóstomo, Gregorio Nacianceno y Gregorio Magno, la profesora Oliva presentó el trasfondo eclesial y cultural en el que se desarrolló una profunda reflexión sobre la dignidad del sacerdocio, las exigencias espirituales del ministerio y el peso de la responsabilidad pastoral. En este marco evocó, entre otros textos, el conocido episodio de las lágrimas de san Agustín ante su ordenación presbiteral, interpretadas como expresión del temor ante la grandeza y la seriedad del ministerio.

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La profesora mostró cómo los Padres entendieron el sacerdocio no como una posición de prestigio o de poder, sino como una vocación exigente, ordenada al servicio del pueblo de Dios y configurada por la caridad pastoral. En este sentido, puso de relieve la sintonía entre estas fuentes antiguas y Presbyterorum ordinis, particularmente en lo relativo a la relación del presbítero con los fieles y a su condición de hermano entre los hermanos.

Uno de los ejes más significativos de la ponencia fue la reflexión sobre la autoridad sacerdotal. Lejos de interpretarla en clave de dominio, la profesora destacó, apoyándose en Gregorio Magno y otros autores patrísticos, que la verdadera autoridad del pastor solo puede comprenderse desde el servicio, la humildad y la conciencia de compartir con los fieles una misma condición bautismal. Asimismo, la imagen de la Iglesia como Cuerpo de Cristo permitió subrayar la misión del presbítero como servidor de la unidad y edificador de la comunidad.

La intervención concluyó evocando la figura del presbítero como padre y pastor, llamado a unir disciplina y misericordia, firmeza y piedad, así como a vivir una profunda coherencia entre palabra y testimonio. La oración final de Gregorio Nacianceno, leída al término de la ponencia, ofreció un cierre especialmente elocuente: el ministerio sacerdotal aparece, en definitiva, como servicio humilde a la grey de Cristo, sostenido por la gracia del único Buen Pastor.

La sequela Christi como manantial de relaciones

La tercera ponencia correspondió al profesor Luis Sánchez Navarro, de la Facultad de Teología, con el título “La sequela Christi, manantial de relaciones”. En la presentación de su intervención se subrayó que el seguimiento radical de Cristo no aísla al pastor, sino que constituye precisamente la fuente de la que brota su capacidad de relación y de fecundidad.

Desde el inicio, Sánchez Navarro situó su reflexión en una clave antropológica y teológica de gran alcance: nadie existe sin relaciones. El discipulado cristiano, lejos de romper esta verdad fundamental, la asume y la lleva a una plenitud nueva. Por ello, explicó que el seguimiento de Cristo debe comprenderse como un verdadero “manantial” del que brotan nuevas relaciones, capaces de reconfigurar la existencia del discípulo y, de modo particular, la del presbítero.

El profesor estructuró su exposición en torno a varias dimensiones constitutivas del discipulado, entre ellas la filiación, la fraternidad, la esponsalidad y la paternidad, iluminadas todas ellas desde la Eucaristía como raíz de la vida sacerdotal y de su fecundidad.

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En un primer momento, mostró cómo el encuentro con Cristo introduce al discípulo en una nueva filiación, fundada en la relación con el Padre. A partir de los evangelios y de diversos textos paulinos, explicó que la paternidad de Dios no anula la singularidad de cada creyente, sino que la funda y la potencia. Desde esta perspectiva, el bautismo aparece como la incorporación a una vida nueva en la que cada fiel, aun compartiendo la misma dignidad filial, es llamado de manera irrepetible.

A continuación, Sánchez Navarro abordó la fraternidad cristiana como consecuencia inmediata del discipulado. Si todos tienen un solo Padre y un solo Maestro, todos son también hermanos. Esta fraternidad, señaló, no debe entenderse de modo ingenuo o idealizado, como si estuviera exenta de tensiones, sino como una realidad histórica que exige conversión, reconciliación y trabajo constante por la comunión. La Iglesia aparece así como el ámbito en el que esa fraternidad recibida como don se convierte también en tarea.

Particular relieve tuvo la consideración de la dimensión esponsal del discipulado. A partir de la imagen evangélica de los discípulos como “hijos de la sala nupcial”, el profesor expuso cómo quienes siguen a Cristo son introducidos en una relación singular con Él como Esposo. Desde ahí, el ministerio apostólico y presbiteral puede entenderse como participación en el celo de Cristo por su Iglesia, sin sustituir nunca al Esposo, pero haciéndolo presente en su entrega y en su amor.

En la parte final de su intervención, el profesor se detuvo en la paternidad espiritual y en la dimensión generativa del ministerio. A partir del mandato del Resucitado —“Id y haced discípulos”— mostró cómo la misión apostólica participa de la fecundidad misma de Cristo y hace presente, de manera sacramental, la paternidad de Dios. En esta línea, recordó también la enseñanza conciliar sobre la “paternidad en Cristo” de los presbíteros.

La reflexión desembocó en una consideración especialmente significativa de la Eucaristía como raíz relacional del sacerdocio. Según subrayó, las relaciones que configuran la vida del discípulo —y de modo singular la del presbítero— encuentran en el misterio eucarístico su fuente y su forma. El sacerdocio ministerial brota de ese acto de entrega de Cristo y solo puede ser comprendido adecuadamente desde esa lógica pascual y generativa.

La conclusión de la ponencia retomó una cuestión de gran actualidad: frente a la oposición reductiva entre servir y dominar, el profesor propuso situar el centro del ministerio en su fecundidad. Lo decisivo no es solo el modo de ejercer la autoridad, sino si el ministerio genera vida, si hace crecer, si engendra relaciones verdaderamente eclesiales. De este modo, el discipulado cristiano apareció como una realidad radicalmente generativa, capaz de reorientar constantemente la vida de la Iglesia hacia una fecundidad auténtica.

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Justicia y caridad en el ministerio pastoral

Tras una pausa, la jornada se reanudó con la intervención del profesor Roberto Serres López de Guereñu, decano de la Facultad de Derecho Canónico, quien abordó la dimensión jurídica e institucional del tema con la ponencia “Justicia y caridad en el ministerio pastoral de la Iglesia”.

En la presentación de su conferencia se recordó que la dimensión institucional y jurídica del ministerio no constituye un añadido extrínseco, sino que brota de su misma entraña. A partir de ahí, el profesor Serres centró su reflexión en la relación del presbítero con los fieles encomendados a su cuidado, subrayando que dicha relación ha de estar marcada inseparablemente por la justicia y la caridad.

Desde el comienzo de su exposición insistió en que ambas virtudes no pueden entenderse como principios contrapuestos ni como realidades que deban equilibrarse externamente. Al contrario, justicia y caridad forman un binomio intrínsecamente unido, indispensable para el verdadero cuidado pastoral del pueblo de Dios. Apoyándose en san Juan Crisóstomo, en Benedicto XVI y en recientes discursos de León XIV a la Rota Romana, mostró que una caridad desligada de la verdad y de la justicia degenera en arbitrariedad, mientras que una justicia ejercida sin misericordia se convierte en una caricatura de sí misma.

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En este contexto, el profesor recordó que la caridad pastoral constituye la forma propia del ministerio sacerdotal, en cuanto participación en el amor mismo de Cristo Pastor. Pero precisamente por ello, añadió, esa caridad incluye la justicia como su primera vía y como condición del verdadero amor. Amar al fiel significa también reconocerle y darle lo que en justicia le corresponde, respetando su identidad, su vocación y su lugar en la Iglesia.

La ponencia desarrolló esta tesis a partir de los tria munera de Cristo confiados a los pastores. En relación con el munus docendi, subrayó que los fieles tienen verdadero derecho a recibir de los sacerdotes la proclamación íntegra y fiel de la palabra de Dios; por eso, anunciar el Evangelio en su integridad no es solo una exigencia pastoral, sino también una obligación de justicia. Al mismo tiempo, la caridad imprime a este ministerio un estilo marcado por la paciencia, la bondad y la autenticidad del testimonio.

Respecto al munus sanctificandi, recordó que los fieles tienen derecho a participar en la liturgia de la Iglesia y a recibir los sacramentos conforme a la disciplina eclesial. De ahí la importancia de celebrar la liturgia con fidelidad a las normas de la Iglesia, evitando toda apropiación subjetiva de los misterios. Pero también aquí la caridad pastoral exige del sacerdote una configuración personal con aquello que celebra, de modo que su propia vida contribuya a hacer más fructuosa la participación de los fieles en los sacramentos.

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Por lo que se refiere al munus regendi, el profesor Serres insistió en que la autoridad en la Iglesia es participación de la autoridad de Cristo Cabeza y Pastor, y por tanto no puede asimilarse sin más al poder humano. La autoridad pastoral ha de ejercerse como servicio, en obediencia a la verdad, conforme al derecho y en orden al bien de la Iglesia y a la salvación de las almas. En este sentido, destacó que la conformidad con el derecho canónico constituye el primer nivel de la caridad, tanto en el contenido de las decisiones como en el modo de adoptarlas, evitando arbitrariedades y favoreciendo una verdadera justicia eclesial.

La ponencia concluyó subrayando que la caridad pastoral lleva al pastor no solo a anunciar el Evangelio y administrar rectamente los sacramentos, sino también a entregar su propia persona por el bien de los fieles. En esa línea, las palabras de san Pablo a los tesalonicenses —“Os queríamos tanto que deseábamos entregaros no solo el evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas”— fueron presentadas como una síntesis luminosa del ministerio sacerdotal vivido en la unidad de la justicia y la caridad.

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El presbítero, llamado a ser hombre de comunión

La última ponencia de la jornada estuvo a cargo del profesor Jorge Morales Arraz, representante del Instituto Superior de Ciencias Religiosas, con el título “El presbítero, llamado a ser hombre de comunión”, concebida como una síntesis que recogía y proyectaba los elementos fundamentales abordados a lo largo de la mañana.

El profesor Morales inició su intervención con una referencia especialmente significativa a la vida concreta de la Iglesia: los 17 nuevos presbíteros ordenados recientemente en la catedral de la Almudena, de los cuales 16 se han formado en la UESD. Este punto de partida permitió situar la reflexión no en abstracto, sino en el horizonte real de la vocación sacerdotal vivida hoy.

Desde ahí, subrayó que el presbítero no puede comprenderse adecuadamente desde sí mismo ni desde una mera función, sino únicamente desde Cristo y dentro de la Iglesia como misterio de comunión y misión. En esta línea, apoyándose en Pastores dabo vobis y en la tradición teológica, recordó que la identidad sacerdotal es esencialmente relacional: el ministerio es siempre un “para vosotros”.. Esta perspectiva permite afirmar que la comunión no es un añadido externo, sino la forma propia del ministerio ordenado. El presbítero participa de una realidad constitutivamente eclesial: es colaborador del obispo, miembro de un presbiterio y servidor del pueblo de Dios. Por ello, la comunión pertenece al núcleo mismo de su identidad, en continuidad con la tradición apostólica.

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Sin embargo, Morales introdujo una precisión decisiva: la comunión no puede darse por supuesta. Aunque es un don recibido en la ordenación, es también una tarea que debe ser asumida existencialmente. El sacerdote está llamado a dejarse configurar progresivamente por la gracia hasta llegar a ser verdaderamente hombre de comunión, en un camino que implica conversión, aprendizaje y fidelidad cotidiana.

A partir de este punto, la ponencia dio un paso más, situando la reflexión en el contexto cultural contemporáneo, marcado por profundas heridas en la experiencia del vínculo humano. El profesor describió algunos rasgos característicos de esta situación: la desconfianza originaria, la concepción autonomista de la modernidad, la fragilidad de los vínculos, el individualismo narcisista y, de manera particularmente incisiva, el fenómeno actual de la polarización. A estas dinámicas culturales se suman también experiencias concretas dentro de la vida presbiteral, como el aislamiento, la soledad o el cansancio relacional. Todo ello configura lo que denominó una “comunión herida”, que condiciona profundamente la manera de vivir y ejercer el ministerio.

Lejos de adoptar una visión pesimista, Morales afirmó que esta herida no anula la posibilidad de la comunión. La fe cristiana parte de una afirmación fundamental: la bondad originaria de la creación. Frente a las visiones trágicas de la condición humana, la Escritura proclama que el ser humano está llamado desde el principio a la relación y a la comunión.

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En esta clave interpretó el relato de Babel como símbolo de una humanidad que pretende construir la unidad al margen de Dios, generando división y dispersión. Pero frente a esa ruptura, la revelación bíblica anuncia una promesa de reunificación que encuentra su cumplimiento en Jesucristo. Es en Él, elevado en la cruz, donde los hombres dispersos son reunidos y reconciliados.

La comunión aparece así como una realidad pascual: no niega el conflicto, sino que lo atraviesa y lo redime. No uniformiza las diferencias, sino que las integra en una unidad más profunda. En este sentido, la oración de Jesús en el Evangelio de Juan —“que todos sean uno”— sitúa la comunión en su fundamento trinitario y la orienta a la misión: la unidad de los discípulos es signo para que el mundo crea. Desde esta perspectiva, el presbítero está llamado a ser hombre de comunión no porque esta sea evidente o fácil, sino porque ha sido inaugurada y prometida en Cristo. Su tarea no consiste en producir la comunión, sino en servirla, custodiarla y sostenerla con paciencia y esperanza, incluso en medio de la fragilidad y del conflicto.

En la parte final de su intervención, el profesor subrayó el carácter generativo de la comunión. No se trata solo de una realidad recibida del pasado o esperada para el futuro, sino de una fuerza capaz de abrir caminos nuevos en la historia. La comunión, afirmó, genera futuro cuando es vivida como don, sostenida en la caridad mutua y en la cercanía real al pueblo de Dios. En esta clave evocó también la figura del Siervo de Yahvé y la Eucaristía como fuente y escuela de una fecundidad discreta, no inmediata, pero profundamente real. Su conclusión retomó la pregunta evangélica con la que había comenzado: “¿Qué será de este niño?”. Aplicada a la vocación sacerdotal, esta pregunta remite a la confianza en la obra de Dios, que acompaña y lleva a término lo que Él mismo comienza. Así, el horizonte último del ministerio no es la autosuficiencia del pastor, sino la fidelidad de Dios, que sostiene la comunión y la hace fecunda en la Iglesia.

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Un coloquio final rico y sinfónico

La jornada concluyó con una mesa redonda y coloquio en la que los ponentes pudieron dialogar entre sí y con los asistentes. El moderador destacó entonces el valor del recorrido realizado durante la mañana, en el que la relacionalidad del presbítero había sido contemplada desde la filosofía, la patrística, la exégesis bíblica, el derecho canónico y la teología dogmática.

Entre las cuestiones abordadas en el diálogo destacó, en primer lugar, la pregunta dirigida al profesor Alfonso García Nuño acerca de si unas acciones que no brotan explícitamente de la fe pueden, sin embargo, suscitar fe. La respuesta permitió precisar el alcance teológico y literario de la figura de don Manuel Bueno, así como la complejidad de la noción de “fe vicaria” en el universo unamuniano. En ese contexto se subrayó también que Dios puede servirse incluso de mediaciones débiles o imperfectas para obrar en la vida de las personas. El coloquio en torno a la intervención filosófica dio pie igualmente a una cuestión sobre el principio de no contradicción en la obra de Unamuno y sobre la posible identificación entre increencia y fe. La respuesta insistió en que la tensión literaria o existencial puede iluminar aspectos profundos de la experiencia humana, pero no elimina la distinción real entre creer y no creer. La literatura, se señaló, puede ayudar a acceder a dimensiones de la verdad que desbordan el lenguaje puramente conceptual, sin por ello anular las exigencias de la razón.

Ya en relación con la exposición del profesor Luis Sánchez Navarro, se formuló una pregunta de gran interés teológico sobre el momento en que la figura del presbítero asume el nombre de sacerdote, especialmente teniendo en cuenta la diferencia entre el sacerdocio levítico del Antiguo Testamento y la configuración del ministerio apostólico en el Nuevo. La respuesta remitió a la carta a los Hebreos y a la comprensión de Cristo como sacerdote según el orden de Melquisedec, subrayando que la novedad cristiana consiste en un sacerdocio en el que el sacerdote se ofrece a sí mismo.

En esa misma línea, algunas intervenciones del coloquio aportaron precisiones patrísticas e históricas sobre el desarrollo de la terminología sacerdotal en los primeros siglos, recordando que en la tradición antigua el único sacerdote en sentido pleno es Cristo, mientras que el presbítero participa sacramentalmente de su único sacerdocio sin sustituirlo. También se abordó la cuestión del sacerdocio común de los fieles y su relación con el sacerdocio ministerial, subrayando la riqueza propia de la vocación laical y su carácter plenamente eclesial y fecundo. Otra de las preguntas se dirigió al profesor Jorge Morales sobre cómo es posible la unidad cuando quienes comparten una misma vida no tienen idéntica visión de aquello en lo que consiste esa vida común. Su respuesta señaló que la comunión no nace de la uniformidad, sino de la acción del Señor, que transforma la mirada y hace reconocer en el otro, por encima de las diferencias, la dignidad compartida de hijo de Dios.

Por su parte, el profesor Roberto Serres aclaró, a propósito de una cuestión sobre el munus regendi, que la autoridad en la Iglesia está llamada a ser siempre manifestación del amor de Cristo y no simple reproducción de esquemas de poder humano. También aquí insistió en la necesidad de una continua conversión del pastor, para que sus decisiones revelen verdaderamente lo que Cristo quiere para su pueblo. La última pregunta del coloquio volvió sobre la cuestión del sacerdocio eterno de Cristo, a partir de la carta a los Hebreos. En su respuesta, el profesor Luis Sánchez Navarro recordó que, según este texto, Cristo es constituido sumo sacerdote en virtud del misterio pascual, es decir, de su pasión, muerte y resurrección, inaugurando así una forma nueva y definitiva de mediación entre Dios y los hombres.

La jornada concluyó con el canto del Regina caeli, poniendo así un broche litúrgico y orante a una mañana de estudio, escucha y reflexión compartida. El encuentro volvió a poner de manifiesto la fecundidad del trabajo interfacultativo en la UESD y la riqueza de abordar, desde saberes diversos, la identidad y misión del presbítero en el horizonte de la comunión eclesial.

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