Yadira tenía nueve años cuando el papa Juan Pablo II visitó Venezuela por primera vez. No lo vio en directo, sino en televisión, desde su casa. Pero lo que vio aquella tarde le cambió la vida de una manera que ella misma tardó años en comprender del todo. En pantalla apareció Adrián Guacarán, un niño de su edad cantándole al papa una canción compuesta especialmente para la ocasión, llamada El Peregrino. Juan Pablo II le abrazó. A Yadira se le saltaron las lágrimas. «Su cercanía, su humildad», recuerda hoy. «Sentía que él era muy cercano, y yo teniendo más o menos su edad...»
Lo que vino después es una historia que mezcla la determinación de una niña con la gracia que llega por caminos inesperados. Yadira era creyente, como su familia, pero no estaban bautizados ni iban a misa.
Quería hacer la primera comunión
Después de ver al papa por televisión, tomó una decisión: quería hacer la primera comunión. Y para eso necesitaba bautizarse primero. Sola, con nueve años, se apuntó a catequesis. Las clases eran los domingos, de ocho de la mañana a doce del mediodía. Le dijo a su abuela que iba a ir. Y fue. Movilizó a la familia entera, incluidos sus padres, que vivían en otra ciudad a seis horas de distancia, para organizarlo todo. «Yo quería mi primera comunión», dice con la misma sencillez y firmeza con que debió de decírselo entonces a los adultos que la rodeaban.
Aquella niña que se bautizó por el impulso de ver un abrazo en televisión es hoy una mujer casada, madre de hijos ya crecidos, afincada en el barrio madrileño de Usera tras haber vivido en Venezuela, Perú y Francia. Y su vida sacramental, iniciada de aquella manera tan singular, se ha ido completando con los años a un ritmo propio, sin prisa pero sin pausa. El año pasado fue especialmente intenso: sus hijos mellizos hicieron la primera comunión, su otro hijo recibió la confirmación, y ella misma se casó por la Iglesia. «Nunca Dios me faltó en mi corazón», dice, «y eso sí se los he comentado desde niña».
La relación de Yadira con la figura del papa no se quedó en Juan Pablo II. El papa Francisco, latinoamericano como ella, le resultó todavía más cercano. Y cuando su hijo fue al Jubileo en Roma y el papa León pasó a su lado saludando a los jóvenes, Yadira lo vivió a distancia con una emoción que ella misma describe con precisión: «Yo me sentía que el saludo iba también para mí». Esa capacidad de sentirse incluida en algo más grande que uno mismo es, quizás, lo que mejor define lo que el papado ha significado para ella a lo largo de su vida.
«Madrid es parte de mi casa»
Cuando se enteró de que León XIV venía a Madrid, estaba en la cocina, escuchando las noticias. Lo puso en YouTube porque pensó que había oído mal. No había oído mal. Su primera reacción fue buscar el teléfono para avisar a sus amigas de otras parroquias: había que organizarse para ir juntas. Porque Madrid, después de años de vida migrante por varios países y continentes, es ya su casa. Y que el papa venga a tu casa tiene un significado especial. «Ya Madrid es parte de mi casa», dice. «Es donde mis hijos están haciendo vida y yo me siento parte de ella».
En ese ascensor imaginario con el que se cierra cada episodio del videopodcast, Yadira no duda demasiado, aunque reconoce que la emoción sería tal que no sabe si le saldrían las palabras. Lo primero que haría sería pedir un abrazo y besarle la mano, como se hacía en su pueblo con los padres. Y luego le haría una pregunta: «¿Qué deberíamos de tener siempre en cuenta para seguir esta ruta que llevamos cada uno como católicos?» Una pregunta que nace, explica, de que es huérfana de padres y de abuelos, quienes la criaron. «¿A quién mejor que al padre de nuestra Iglesia le haría esa pregunta?».
El episodio cierra, como todos los de 'Una Iglesia, mil Voces', con una oración. La de Yadira es una petición de salud, fuerza y sabiduría para León XIV: «Señor Padre Santo, te pedimos primeramente por la salud de nuestro Padre León, que le des mucha salud, mucha fuerza, sabiduría, para que nos sirva de guía y que el Espíritu Santo ilumine siempre, siempre su camino y que no nos falte nunca su guía. Amén».
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