Madrid

Lunes, 23 noviembre 2020 11:53

La XI Jornada Social Diocesana reivindica el «nosotros» para «afrontar urgencias y desafíos» de la pandemia

La XI Jornada Social Diocesana reivindica el «nosotros» para «afrontar urgencias y desafíos» de la pandemia

Con el mismo lema de la IV Jornada Mundial de los Pobres, Tiende tu mano al pobre, se celebró el pasado sábado, 21 de noviembre, la XI Jornada Social Diocesana en Madrid, que contó con una primera parte de reflexión acerca de las Lecciones aprendidas y olvidadas de la pandemia, a cargo del filósofo titular del CSIC Agustín Serrano de Haro, y una segunda sobre las acciones concretas que se están poniendo en marcha desde la Delegación Episcopal de Jóvenes enmarcadas en el Plan de Esperanza, como una respuesta a los desafíos de esta pandemia.

Serrano de Haro es «uno de los intelectuales católicos más fecundos, más lúcidos, y más capaces de un análisis fino sobre la realidad», tal y como lo presentó José Luis Segovia, vicario episcopal para el Desarrollo Humano Integral y la Innovación. El filósofo habló de la pandemia como «un suceso inesperado que se ha vuelto inolvidable»; un acontecimiento «sin imagen», que puede crear una cierta impresión de irrealidad ya que el enemigo es invisible, «y por eso la retórica de la guerra resulta tan poco convincente»; y con un impacto «enorme sobre las colectividades humanas» que solo podía alcanzar en «este mundo» globalizado, hiperconectado y con una movilidad permanente.

En una sociedad impregnada por el transhumanismo, aquella que había superado la condición humana, con un hombre capaz de pasar del homo sapiens al homo deus debido al progreso tecnológico, al biomejoramiento y a la ingeniería artificial, nos encontramos, explica Serrano de Haro tomando palabras de Antonio Diéguez, «con que sin cuerpo nada somos y con él somos mortales». Algo que la pandemia ha revelado en este 2020 de forma abrupta a una humanidad que ya vivía de forma convulsa desde los inicios del siglo XXI. «Una serie de acontecimientos catastróficos, que empezaron con el atentado de las Torres Gemelas, que siguieron con la gran recesión 2008-2012, parece desembocar ahora en la pandemia COVID-19 como una suerte de dolencia universal».

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Para Serrano de Haro, la lección más importante del suceso es la invitación a una «cierta renovación». «Somos comunidades de riesgo, vivimos en una sociedad de riesgo global», destacó el ponente, en la que «la ilusión de control no nos abandona del todo». En este mundo de la pandemia «nos sigue faltando-fallando un nosotros efectivo y visible, propicio, real, capaz de afrontar las urgencias y desafíos del presente». No existe un sujeto colectivo que sea la humanidad «con un único sentimiento, con una única determinación a la acción», y a su vez hay un déficit de «solidaridad y cooperación que empieza a ser peligroso en las sociedades de riesgo», alertó. Frente a esto, la solidaridad a escala humana de ONG, de la Iglesia, de asociaciones, de redes vecinales, «ha funcionado antes y más creativamente que las instituciones y que una administración desconcertada».

«Algo nuevo tiene que suceder», expuso Serrano de Haro, y para ello pidió «mayor atención» a la cuestión de «quiénes somos en primera persona del plural y quién soy en primera persona del singular». «Aquí es donde se experimenta –destacó el filósofo– que realmente necesitamos más filosofía, una reflexión […] que implica más claramente y más seriamente nuestra experiencia […] de lo que significa ser un ser humano».

La respuesta del Plan de Esperanza

La jornada contó asimismo con la presentación del camino emprendido por los jóvenes con el Plan de Esperanza que pusieron en marcha alentados por el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, también presente en el encuentro del sábado. Siguiendo el método de reconocer-interpretar y discernir-actuar, desde la Delegación Episcopal de Jóvenes se comenzó a trabajar ya en el confinamiento domiciliario. Emma, una de las integrantes, explicó algunas de las necesidades que se han detectado en estos meses: migrantes que quedaron en un «limbo legal», sin poder trabajar ni tampoco volver a sus países por la escasez de recursos económicos; desconocimiento sobre las ayudas y acceso a las mismas; mayores aislados, desconectados de la tecnología; escasos recursos tecnológicos para estudiantes; necesidades básicas de alimentos y especialmente de ayudas para el alquiler; y necesidades espirituales, «el mundo había cambiado y había mucha gente que vivía en soledad y desasosiego».

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Un plan que es una llamada a «soñar a lo grande» y a ser personas «críticas y propositivas», explicó Teresa, otra de las participantes en el encuentro. Para poder ir trabajando, han creado varias comisiones: formación, voluntariado, cultura y arte y comunicación, manteniendo las comisiones territoriales. Todo ello, en clave de acompañamiento, «que la persona se sienta acompañada para acompañar a otros», y sinodalidad, «reconocernos diferentes y hacer red en esta diferencia». Y ha sido así, tal y como indicaba Emma, ya que una de las mayores luces del plan, y que «nos llenaba de ilusión» durante el confinamiento, fue el «sentimiento de unión y fraternidad que había surgido», y que continúa.

En este camino, los jóvenes se encontraron con un gran desafío al que hacer frente: la falta de comunicación, lo que suponía que había zonas de la archidiócesis con «desbordamiento de necesidades y zonas con voluntarios muy ociosos». Por eso están ultimando una página web que conecte oferta de voluntarios con demanda de los proyectos. Y porque «la pandemia no ha afectado a todos por igual, de hecho ha incrementado las desigualdades sociales», Miguel, otro de los jóvenes, explicó que están ahora mismo llevando a cabo la propuesta Nadie sin conectar, una donación de dispositivos móviles para que ningún niño se quede sin sus clases online.

El encuentro concluyó con la intervención del cardenal Carlos Osoro, que animó a los presentes a no poner «cara de vinagre», utilizando una expresión del Papa Francisco, ante las adversidades, ya que una de las tentaciones «más serias» que «pueden ahogar la vida y la misión de la Iglesia» es la conciencia de «derrota, de dificultad». «Quiero agradeceros a los jóvenes –señaló– que habéis dicho un no al pesimismo estéril que sin darnos cuenta puede entrar en estos momentos en nuestra vida». Y recordando el «te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad» que se recoge en la carta de san Pablo a los corintios, aseguró: «Hay salida siempre con Jesucristo, y la prueba es lo que estáis haciendo vosotros los jóvenes».

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