Demos gracias a Dios, queridos hermanos obispos, queridos sacerdotes y queridos vicarios episcopales que hoy nos acompañáis. Queridos miembros que tenéis también responsabilidades en nuestra diócesis, que hoy también estáis aquí porque es un día muy especial para la vida diocesana. Queridos diáconos también que estáis aquí con todos los equipos de formación que han intervenido también en este camino, con vuestras familias también que están aquí y con vuestras comunidades que también han ido tejiendo la vocación en vuestros corazones.

Hoy es un día de memoria, de promesa y de envío, así lo vivimos. De memoria porque podemos constatar en vuestras vidas y en la de cada uno de nosotros que Dios es fiel.

Hoy celebramos la entrega de Jesús y, en esta fiesta del Corpus Christi, recordamos con agradecimiento cómo Jesús nos pide poner nuestra vida al servicio de los demás. Es un día de promesa, porque vosotros os habéis puesto en pie y os entregáis para siempre al servicio. Y es un día de envío no solo vuestro, sino de todos los que hemos venido aquí a esta celebración porque hoy con vuestro testimonio nos invitáis a no quedarnos solo en el altar, sino hoy a salir juntos a nuestro mundo a lavar los pies, a anunciar con obras que somos sacramento de la cercanía y de la presencia de Dios.

Hemos escuchado en el Evangelio cómo la multiplicación de los panes es uno de los signos más identificativos del Señor. Lo narran cuatro evangelios y eso nos da una idea de cómo quedó grabado en el corazón de los discípulos. Para vosotros, que vais a ser ordenados diáconos de la Iglesia, tiene también una resonancia muy especial. Tenéis por delante la preciosa tarea de dar de comer para que Cristo sacie el hambre de la Palabra y de la Eucaristía, el hambre de pan, de sentido y hasta de alimentos materiales que padece mucha de nuestra gente que vive con nosotros.

San Juan Crisóstomo ponía en su tiempo una preciosa relación entre la Eucaristía del altar y la Eucaristía del hermano. Decía "¿De qué sirve adorar la mesa de Cristo con copas de oro si Él se está muriendo de hambre? No olvidéis al hermano necesitado porque ese templo vale más que este”, decía con rotundidad.

San Lucas empezaba este Evangelio diciendo que Jesús acogía, les hablaba del Reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación. Es una síntesis preciosa de un estilo de vida que pronto aprendieron los amigos de Jesús. En el camino a ser llamados al ministerio presbiteral vosotros debéis aprender de Jesús a sellar en vuestras vidas, antes que nada, el arte de la acogida y la escucha, porque seréis sanadores de soledades no deseadas y de toda suerte de sufrimientos y, así, podréis ser servidores de la mesa de la Eucaristía.

Tendréis el privilegio de incorporar nuevos cristianos a la vida nueva en Cristo en su Iglesia. Tendréis el don de bendecir el matrimonio de quienes pongan su proyecto de familia ante Dios. Y todo vivido no desde el poder, sino como un humilde servicio, situándoos a los pies de los hermanos como Cristo. Esto no se les olvidó nunca a los primeros diáconos cuando, al ir creciendo las comunidades cristianas, tuvieron que irse repartiendo los encargos y los ministerios. Así, la primera comunidad cristiana nos enseñó desde el servicio a aprender a delegar y a fiarnos unos de otros.

Queridos amigos, vosotros vais a ser ordenados para un ministerio que se queda con vosotros para siempre –así lo hemos comentado en estos días– y que siempre ha de realizarse en el servicio a la mesa de la Eucaristía y en el primado de atención a los pobres que más nos necesitan. Sería un fallo por vuestra parte consideraros como se dice “diáconos transitorios”, porque no es verdad. Sería un error pensar que esta ordenación es simplemente un rito de paso. No. Participáis desde la dignidad bautismal para siempre y desde el bautismo quedáis conectados con todos los bautizados, pero no lo olvidéis: para siempre sois y seréis diáconos. Este sacramento diaconal se siembra para siempre en vuestra alma. La Iglesia es muy sabia y no quiere presbíteros que antes no tengan sembrado en el alma el ministerio del servicio diaconal como forma de vida.

Hoy Jesús nos advierte en las dificultades de la vida a no sucumbir a la tentación de responder como los discípulos, que fueron insensibles a las necesidades ajenas. Hoy nos invita a escuchar cuando decimos "despide a la gente, que se vayan". Es fácil quitarnos de encima el dolor ajeno, es fácil ir a otras cosas, algunas que decimos que son más importantes. Es la respuesta descomprometida que nunca daría Jesús. Es verdad que hay tantas necesidades, tantas hambres y formas de pobreza material y espiritual; es verdad que muchas veces nos sacan de nuestras formas de confort y de lo que sabemos hacer, pero la respuesta de Jesús siempre queda ahí y es determinante: “dadles vosotros de comer”. Esa es una petición normativa, ante una necesidad se impone el imperativo de una respuesta generosa que bebe de la diaconía del mismo Cristo. Él es quien da de comer por medio de su Iglesia y de una forma muy especial.

Pero, además, la Palabra de Dios de hoy nos regala una breve escena antigua, pero es una escena muy significativa. Hemos escuchado el encuentro entre Abraham y Melquisedec, un encuentro misterioso, lleno de símbolos y de gestos. Melquisedec, el rey de Salem –es decir de paz, que su nombre significa rey de justicia– sale al encuentro de Abraham con pan y vino. No va con armas, ni con exigencias, ni con discursos, va con la única arma de la hospitalidad; y este gesto tan simple y tan sagrado inaugura una relación que va a ser más que amistosa: una alianza entre creyentes que no se conocían, pero que se reconocen a través de la fe.

En este encuentro que tenemos delante no hay prejuicio, no hay sospecha, no hay miedo, solo hay bendición. Melquisedec bendice a Abraham y Abraham, a su vez, le ofrece el diezmo de sus bienes. Se reconocen mutuamente como hombres de fe, como servidores del Altísimo, y esta fe compartida genera algo que es necesario en nuestros días: reconocernos unos a otros y generar puentes.

Sí hermanos, la fe en la que os consagráis siempre tenderá puentes, nunca levantará muros. La fe no excluye, no demoniza, no clasifica a las personas entre puros e impuros, entre los nuestros y los otros. La fe verdadera une, no separa; atrae, no repele; escucha, no impone. Por eso hoy se os llama a la misión preciosa y actual: ser puntos de encuentro, lugares de encuentro; puentes entre Dios y su pueblo; puentes entre la iglesia y el mundo; puentes entre el altar y la calle; puentes entre hermanos que no se hablan, que se han olvidado, que se han herido; puentes entre generaciones; puentes entre parroquias; puentes entre culturas; puentes entre sacerdotes; puentes entre distintas sensibilidades.

El servicio es vuestro mejor uniforme. No lo son las vestiduras ni los títulos académicos lo que os va a dar autoridad, no; es capacidad de acoger, de escuchar y reconciliar. Ese es vuestro uniforme, esa ternura firme que sabe estar al lado de todos, especialmente de los heridos, de los rotos y los que no encajan en ningún sitio. Hoy vivimos tiempos extraños donde reina la polarización, donde todo se convierte en campo de batalla. Por eso vuestra vocación diaconal es un regalo en este tiempo y es muy urgente, porque donde haya división estáis llamados a sembrar comunión aun a costa de disgustos y sacrificios, como lo celebramos en la Eucaristía. Donde haya etiquetas estáis llamados a sembrar dignidad; donde haya ruido, a sembrar la paz del silencio que escucha; donde haya desprecio, sembrad gratis misericordia.

El pan y el vino que compartieron Abraham y Melquisedec apuntaban sin saberlo hacia un día en que otro Sacerdote con mayúsculas, el Único y Eterno, ofrecería su cuerpo y su sangre como alimento para todos. Así sois vosotros: señaláis a ese verdadero Melquisedec, rey de justicia y de paz, que nos invita a todos a sentarnos alrededor de su mesa como hermanos.

El Evangelio que hemos escuchado nos sitúa ante un gesto profundamente evangélico: Jesús da de comer a la multitud. Pero antes aparece tantas veces la excusa: no tenemos más que cinco panes y dos peces. ¿Cuántas veces todos respondemos así? ¿Cuántas veces decimos: "¿No tenemos lo suficiente, me desborda, no podemos, no es el momento...”? Las excusas más peligrosas son las que aparecen como razonables. Pero Jesús hoy tampoco se deja atrapar por nuestras lógicas cerradas y Él esta tarde nos muestra otro camino, que es el de repartir y entregarse, no cosas sino corazones.

Él nos muestra otro camino que es distinto al que estábamos acostumbrados, porque allí, en ese pan partido, aprendemos que en Dios siempre encontramos la multiplicación. Cuando se da, se recibe; cuando se entrega, siempre se crece. Es hermoso ver que al final recogieron más de lo que tenían al principio: 12 canastos llenos; un signo que nos habla de este Dios que siempre es exceso, de su desbordante generosidad, como hoy vemos en vuestras vidas. Pero también nos recuerda que solos los discípulos no podían hacer nada, tampoco nosotros solos. Solo había excusas, todo parecía poco, pero el Señor fue el protagonista: Él tomó, bendijo, partió y dio, como esta tarde.

Queridos amigos, hoy sois ordenados para ser servidores; servidores del altar, de la Palabra y de los pobres. No olvidéis nunca que el centro es Cristo, un Cristo que se parte y se entrega y siempre nos invita a su misión. Solo si repartimos el pan que es de Dios, estaremos en condiciones de entrar en su dinámica. Y recordad que la Eucaristía nos empuja siempre a la vida concreta. El pan del cielo nos compromete con el pan de la tierra; que a nadie le falte el alimento cotidiano, ni el trabajo digno ni un techo para su familia. Porque adorar el cuerpo de Cristo en la misa nos lleva a tocar su carne sufriente en los pobres, en los descartados, en los que sobran en nuestra ciudad.

Jesucristo sigue en medio de nosotros ¿no lo notáis? Sí, Jesucristo camina con nosotros, continúa esta tarde enseñándonos con su Palabra su presencia, nos sigue ofreciendo el alimento de los sacramentos y nos invita hoy a todos los que estamos aquí a hacer lo mismo. El protagonista de vuestro ministerio –no lo olvidéis– no sois vosotros, es Cristo a través vuestro que hoy pide un sí y un paso adelante a todos los que hemos venido a esta celebración. A vosotros os toca ahora tratarle con asiduidad, vincularos más profundamente a Él, hacer vuestra su causa, seguirle como discípulos y tratar de repetir sus gestos de bendición de amor y benevolencia.

En esta ordenación diaconal el Señor presente en el pan y el vino amasa con cariño su vida con la vuestra, con la de todos los que estamos aquí, con el sí de cada uno de nosotros para que nos consagremos generosamente a su servicio y al servicio de la Iglesia.

Memoria, promesa y envío, que lo pongamos delante del altar. Gracias por vuestro sí, gracias por el sí de todos los que estamos aquí. Gracias porque eso hace que el pueblo de Dios siga adelante y aprendamos a ver con bondad la presencia de un Señor que siempre se parte y siempre nos dice: adelante.

Media

“Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” Quizás esta es la pregunta que hoy, a todos los que nos reunimos, es el propio Señor el que nos la lanza. Gracias por escucharla juntos. Querido vicario, queridos sacerdotes, diáconos, a los que nos acompañan en el altar, los monaguillos, y a todos los que habéis venido bien para ganar el jubileo de forma especial como grupo, o bien a cada uno de vosotros a celebrar el domingo.

¿Quién dices tú –sería la pregunta– que soy yo? Es lo que el Señor hoy con fuerza nos dice a ti, a cada uno de nosotros, pero también a nuestra Iglesia en general. Para responder con fidelidad, para no pasar y ya está, siempre necesitamos modelos e historias que nos ayuden y que nos den pistas para responder cada uno –con la mochila que trae– con fidelidad, y responder desde la fe.

Pedro y Pablo responden, respondieron, cada uno de una forma distinta, pero responden. Y esa respuesta, la de cada uno, es la que Cristo ensambla y nos la ofrece hoy. No sé si os habéis preguntado por qué la Iglesia siempre celebra a Pedro y a Pablo juntos, porque cada santo parece que debe tener un día especial y propio. Hoy celebramos la solemnidad de san Pedro y san Pablo porque son dos apóstoles diferentes, pero profundamente unidos en el amor a Cristo y a la misión única que Él les confió.

Pedro, crucificado en el circo de Nerón, enterrado en la colina vaticana. Pablo también decapitado en Roma. El prefacio de la misa de hoy nos lo explica muy bien: Pedro fue el primero en confesar la fe; Pablo fue el maestro insigne que le interpretó. Dos misiones, dos caminos, dos planteamientos, hasta dos divergencias, pero una única respuesta. Ambos congregan a la Iglesia, responden personalmente al Evangelio y adaptan las respuestas que dan no a lo que ellos piensan, sino a lo que la misión pide jugándose la vida por Cristo.

Así nace la Iglesia, por eso veréis que en el arte bizantino la muestra de Pedro y Pablo es siempre como los dos dándose un abrazo, simbolizando la unidad de la Iglesia en la diversidad desde el principio.

La clave es cómo respondemos a Cristo y cómo aprendemos no solo a hacer cosas buenas, sino a responder hoy “¿quién dices tú que soy yo?”. Pedro respondió, responde desde la fe y confiesa: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”; Jesús eso lo acoge y dice: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Este pasaje es el corazón de lo que llamamos la identidad cristiana. No es una pertenencia a la Iglesia cultural o como si esto fuera una ideología religiosa, sino que pertenecemos a la Iglesia porque hemos hecho una confesión de fe desde el corazón, viva y personal, y porque nace del encuentro de cada uno y cada una con el Señor.

Esta confesión que Pedro hace no le sale por razonamiento humano sino, como dice Jesús, porque Pedro ha escuchado a Dios y Pedro ha escuchado lo que Dios ha dicho en él. Claro que esta confesión –como las de cada uno de nosotros– no son confesiones perfectas ni definitivas. Poco después el mismo Pedro va a intentar disuadir a Jesús para que no afronte la cruz. No entendía bien a Jesús, pero lo confesó. No entendía el camino que Jesús le marcaba, pero se fio de Él y estaba dispuesto a ir donde Jesús le marcara porque estaba lleno de amor por el Señor.

Esa es la piedra. La piedra no es la fortaleza humana de Pedro, sino una fe fundada en la comunión con Dios. Ahí es donde Jesús quiere edificar su Iglesia: sobre aquella fe sencilla y abierta, no sobre una perfección doctrinal. La Iglesia se construye siempre sobre personas que se dejan transformar, sobre aquellos que se dejan cambiar por Cristo y por los hermanos.

Esa fue la respuesta de Pedro, pero Pablo también responde. El perseguidor, convertido en apóstol. Él no estuvo en esa escena de Cesarea de Filipo, pero se encontró también a Cristo, lo encontró en el camino, en la caída, en el cambio de dirección, en la crisis, en la debilidad. Y eso cambió la historia de la Iglesia.

Pedro y Pablo no tuvieron una relación fácil. Unidos en la misión tuvieron tensiones, como en Antioquía, donde Pablo reprochó a Pedro por separar a judíos y paganos. Ese conflicto, esa divergencia, subraya la evolución de la Iglesia hacia una comunidad abierta a todos, más allá de lo que era la observancia judía. Pero en la divergencia, ambos pusieron la fe y la voluntad del Espíritu en el centro. Ambos acordaron que la fe no es fruto de un esfuerzo personal; experimentaron que es un don recibido y sostenido por el Señor. Y fue la fe la que habló y no solo sus intereses.

Por eso, Pedro y Pablo son el fundamento para la Iglesia y esta es la verdad que hoy podemos abrazar con fuerza. La Iglesia, queridos hermanos, necesita a san Pedro y a san Pablo. Pedro como la unidad, la continuidad, la comunión visible en torno a Cristo. Pablo la pasión por anunciar a Cristo donde aun no ha sido oído, la creatividad misionera, la apertura a los nuevos lenguajes. Uno sostiene, otro empuja; uno confirma en la fe, el otro abre caminos; pero los dos entregan la vida por un mismo Evangelio.

Por eso, queridos hermanos, la Iglesia de hoy necesita a Pedro y Pablo juntos. No hay Iglesia sin Pedro, no hay Iglesia sin Pablo. No uno sin otro. No comunión sin misión. No tradición sin respuesta a la misión. No hay estructura sin Espíritu. Ellos fueron capaces de abrazarse juntos y así, en ese abrazo, edificar la Iglesia. Pero, si no hay Iglesia sin Pedro y no hay Iglesia sin Pablo, tampoco no hay Iglesia sin nosotros porque estamos llamados por Dios. No hay Iglesia sin la respuesta de cada uno de nosotros, porque Dios ha puesto también su misión, su voz, en cada uno de vuestros corazones, cada uno de los bautizados que estáis aquí.

Hoy en la diócesis de Madrid, en la Iglesia, necesitamos aprender a responder y redescubrir esta doble llamada para responder juntos, pero también para responder personalmente. Necesitamos aprender a ser una Iglesia unida en torno al sucesor de Pedro y al obispo, fiel a la tradición recibida y a la misión común. Pero necesitamos aprender a ser una Iglesia en salida, misionera, que no se parapeta en los templos, sino que se lanza a las calles, al metro, a las redes, al mundo universitario y a todos los que están sufriendo en nuestra ciudad. En una ciudad como la nuestra donde hay mucha prisa, indiferencia y desencanto, donde también hay mucha generosidad y búsqueda de sentido, la Iglesia en el abrazo de Pedro y Pablo está llamada a ser testigo humilde y alegre de la esperanza.

Y tú ¿quién dices que soy yo? Yo os invito a que cada uno haga su confesión de fe hoy, y la haga aquí en la Iglesia, como Pedro la hizo delante de Jesús y los apóstoles. ¿Quién dices que soy yo? Y juntos nos hagamos la gran pregunta: ¿qué está diciendo nuestra vida de Cristo? ¿Cómo respondemos con nuestra vida a esta pregunta? ¿Qué dice nuestra vida de Cristo? La vida de nuestra Iglesia, la de nuestras comunidades, la de cada uno de nosotros, ¿qué está diciendo de Cristo? Porque esa es la ofrenda que pondremos hoy en este altar. No vale solo repetir fórmulas ni hacer lo que otros han hecho. No se trata de decir palabras bonitas ni gestos espectaculares; se trata de escuchar a Cristo y dar la vida por Él, como Pedro y como Pablo. Se trata de que nuestra vida sea respuesta a lo que hemos escuchado.

Queridos hermanos, que el Señor nos conceda en esta fiesta la gracia de responder con una fe viva, sencilla y ardiente. Una fe que sea como la de Pedro, una fe que una como él. Una fe que envíe como Pablo. Una fe que transforme nuestra diócesis en tierra de Evangelio a ritmo de Pedro y Pablo.

Que san Pedro y San Pablo intercedan por nuestra diócesis, pidiendo hoy especialmente por el Papa León, sucesor de Pedro, para que pueda confirmarnos en la fe y en la entrega a nuestro mundo. Y que nosotros, como piedras vivas, sigamos sabiendo abrazarnos como ellos para edificar con alegría y humildad esta Iglesia del Señor.

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