La catedral de la Almudena acoge este sábado, 23 de mayo, la ordenación diaconal de diez seminaristas, una celebración presidida por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, que comenzará a las 19:00 horas.
«Tarde o temprano tenía que caer del guindo». Se refiere así Álvaro Simón (31 años) al proceso vocacional en su vida, que se despertó siendo muy niño, en los escolapios de Zaragoza, porque en una familia la fe apenas se vivía. «Mi corazón barruntaba que tenía que ser del Señor, pero no sabía en qué forma».
Las llamadas de Dios nunca vienen solas. En la vida de Álvaro se entremezclaron dos sacerdotes, el padre Laplana y José Andrés, a través de los cuales afianzó su vida de oración y se fue certificando su llamada. En Madrid, adonde había venido de su Zaragoza natal a estudiar un máster, decidió entrar en el Seminario Conciliar de Madrid.
Los seminaristas que se ordenarán este sábado son el curso de la pandemia. En el caso de Álvaro, sus comienzos fueron «rocosos» porque el verano del desconfinamiento falleció su padre. El sufrimiento experimentado en carne propia «ha sido la asignatura que me ha preparado para acompañar el sufrimiento de los demás».
También serán estos seminaristas los diáconos del Papa. Poder estar con él será un signo de la entrega «de la vida por la Iglesia».

«Ven y sígueme»
Hay otro Álvaro, en este caso de apellido Solé, que también recibirá el sacramento del Orden en su primer grado en la catedral. Un joven que vivió alejado de la Iglesia a raíz de la muerte de una de sus hermanas, que comenzó un camino de vuelta a casa siete años después, y para quien el paro fue su punto de inflexión.
El mismo día que perdió su trabajo escuchó el Evangelio del joven rico: «Vende todos tus bienes […], ven y sígueme». Él, que tras su conversión ya había escuchado en su corazón un «¿y por qué no sacerdote?», decidió entrar en el Seminario.
En este tiempo, «es el Señor quien ha obrado y me ha sostenido; puedo confiar en que seguirá sosteniéndome en este sí». Se da la circunstancia de que el padre de Álvaro será ordenado diácono permanente el 20 de junio, un mes después que su hijo.

«Ser otro corazón de Jesús en el mundo»
Alfonso Blanco tampoco creció en una familia donde se viviera la fe. Pero la conversión de su madre en 2013, cuando Alfonso tenía 12 años, supuso una revolución en la familia. Comenzó a rezar y a experimentar el amor de Dios y su misericordia, sobre todo en el sacramento del Perdón.
En sus ratos de oración empezó a surgir la palabra «sacerdote». A dar el sí definitivo le ayudó la Virgen María, a través de la cual entendió que «ser sacerdote es ayudar a Jesús a la salvación de las almas».
Reconoce que le costó ubicarse al entrar en el Seminario porque «fue un cambio radical» de vida en cuanto a ritmos intensos, de mucha oración, de mucho estudio, pero nunca ha tenido dudas de su vocación.
A poco de su ordenación siente que «hay mucho que crecer, pero la Iglesia ha dicho que sí y el Señor está ahí para recordarte su fidelidad». Como futuro sacerdote, espera «estar toda mi vida intentando unirme al corazón de Jesús para ser otro corazón de Jesús en el mundo». Y añade: «En la sociedad de hoy la gente necesita encontrarse con un Dios que perdona, que ha venido a salvarnos, no a condenarnos». (Imagen inferior, a la derecha del todo).

Los guisos cocidos a fuego lento
La historia de Óscar Jesús Concejal es más larga que la de sus compañeros. Se ordenará diácono con 55 años, pero no considera la suya una vocación tardía, sino más bien que a él Dios lo tenía que «cocer a fuego lento» porque «hay guisos como yo que tardan más en hacerse». «Mi experiencia de vida me ha hecho ser quien soy y ha conformado mi vocación en su momento adecuado, no para mí sino para los planes de Dios».
También Óscar se alejó de la fe, muchos años, desde su adolescencia hasta entrados los 30, porque se había formado una imagen distorsionada de Dios: castigador, de cumplimiento, frente a ese Dios amor al que le llevaron fundamentalmente dos mujeres, una misionera de Verbum Dei y una compañera de la facultad.
Profesor de Inglés en un colegio público, un día en clase se vio como frente a un espejo: «¿Qué hago dándoles inglés cuando lo que necesitan en realidad, lo que tienen es sed de otra cosa, de eternidad, de Dios?». Y surgió un diálogo en su interior: «Tienen hambre - Dales tú de comer».
Entrar en el Seminario no fue fácil porque «pensarán que este señor qué hace aquí», pero Dios le daba certezas y, sobre todo, confianza. Con media vida recorrida «a uno le cuesta hacerse, negarse a sí mismo», pero la ayuda de sus compañeros y la paciencia de los formadores han hecho el resto.
Como futuro sacerdote, se siente llamado a «llevar el rostro de Cristo ante tanto sufrimiento», junto a, evidentemente, «celebrar los sacramentos», que para eso está el presbítero, «lo principal es lo principal». (Imagen inferior, a la izquierda).

