El hecho de que a José Ramón Rubio Moldenhauer le encante el pescado crudo, tanto que «podría estar todos los días comiendo shushi», pudo ser determinante para que el Señor lo mandara a Japón como misionero. Ríe abiertamente este sacerdote de la diócesis de Madrid cuando comenta esto, hablando con él de cara a la próxima jornada del DOMUND, este domingo 18 de octubre.
Pero lo cierto es que, como asegura el delegado episcopal de Misiones, Manuel Cuervo, en el discernimiento de una vocación como misionero ad gentes también entran en juego factores humanos como la alimentación, la climatología, los idiomas… (en la imagen inferior, Cuervo junto al sacerdote).
Efectivamente, corrobora José Ramón, «el idioma es lo primero y más importante en este proceso de adaptación: si vienes a evangelizar, hay que comunicar con la palabra». En esto, el sacerdote lo tenía, a priori, fácil, porque siempre se le han dado bien. Pero el japonés es otra cosa, reconoce. «Es el idioma más difícil sobre la faz de la tierra», incluso para los propios japoneses, dice.

Deseo de anunciar a Jesucristo
En sus años de sacerdocio —se ordenó hace 12 años—, el deseo «de entrega y de dejar lo mío propio para ir a anunciar a Jesucristo lejos de mi tierra» fue creciendo cada vez más. Así, en 2023 José Ramón fue enviado por la Iglesia que camina en Madrid a Japón, país donde solo el 0,3 % de la población es católica.
En concreto, José Ramón ha estado viviendo en la catedral de la diócesis de Osaka-Takamatsu. Durante dos años fue a la Escuela de Japonés y desde hace cuatro meses, este sacerdote diocesano misionero es párroco de Sakaide, en la diócesis de Shikoku, que es otra isla y que para él ha supuesto un «cambio muy grande».
Esta isla «representa bastante bien la realidad de Japón», cuenta. A un país «profundamente envejecido», con muy poca gente y «no solo en la Iglesia», se le suman una mentalidad que es de «no cambiar nada», con lo que «el “esto siempre se ha hecho así” tiene muchísimo peso».
A ello se suma la «distancia gigantesca» que culturalmente hay entre España y Japón. Por eso, «no basta solo con aprender el idioma, sino que hay que conocer la historia, sus raíces, para poder entender el alma japonesa, cómo piensa un japonés». Así, el sacerdote ha llevado el estudio de la lengua también al plano cultural.

Conocer la idiosincrasia
Otra cosa que ha descubierto José Ramón en estos años es que los japoneses «tienen una mentalidad profundamente pragmática». Y también se ha tenido que adaptar a esto. Cuenta como ejemplo que cuando llegó a su nueva parroquia, el sagrario estaba en una capilla lateral que tenía la puerta cerrada, estaba a oscuras y con la luz del sagrario apagada.
Ante esto, el sacerdote dio una charla al consejo pastoral parroquial para explicarles que «la parte más importante de un templo es el sagrario». Y aunque esto suponga gasto de luz, y si además no hay nadie, les recordó eso de que «el corazón tiene razones que la razón no entiende», y que también hay que escuchar al corazón, no solo a la cabeza. Así, conocer la idiosincrasia de un país «es importante para evangelizar».
Impulsar la fraternidad sacerdotal
En este tiempo como párroco, está «con ilusión intentando hacer actividades» como iniciar una adoración al Santísimo o añadir una Misa los viernes por la tarde. «Tenemos una Misa el sábado por la tarde y otra el domingo por la mañana», y de esta manera, incorporando un catecumenado de adultos después, atraería a la gente joven.
Ahora mismo, casi el 100 % de la gente joven que va a Misa en Japón es inmigrante, cuenta el sacerdote, y la inmensa mayoría de ellos son vietnamitas con una edad de media de 23 años.
Por último, José Ramón quiere impulsar la fraternidad sacerdotal, algo que para él «ha sido un pilar fundamental desde que me ordené; doy gracias a Dios por las reuniones de arciprestazgo, que me han servido para hacer amigos sacerdotes».
En Japón, sin embargo, apenas se vive esta dimensión del ministerio porque la sociedad en general es muy individualista. Pero el sacerdote propuso a su vicario una reunión de curas y se van a juntar el próximo día 20 de octubre. «Les haré una paella», y desvela aquí una de sus pasiones, que es la cocina.

De las cosas que más alegrías le ha dado la misión a José Ramón es que «la gente es encantadora y los fieles se preocupan por los sacerdotes». Y también agradece haber bajado un poco el ritmo. «Mi vida sacerdotal en Madrid era muy atareada, a veces era hasta insano; aquí he dejado de lado ese activismo insano y llevo una vida más tranquila».
—¿Qué puede hacer un cristiano de Madrid por los misioneros?
—Rezar. Pero habría otra respuesta. Japón es una isla, no solo geográficamente hablando, sino también culturalmente. Si uno no ha salido nunca de su isla, no conoce nada más que eso. Y esto es un obstáculo para la catolicidad. Percibo que los que han salido de Japón y han tenido experiencias de convivir un tiempo largo en el extranjero y de abrir la mente les ha enriquecido mucho. Dentro de la Iglesia para lo mismo: cuando un sacerdote japonés ha podido vivir experiencias en el extranjero que le han hecho percibir cómo es el ministerio sacerdotal en otra realidad, le ayuda a poder traer ese tesoro a Japón. Así que, algo que ayudaría mucho a la misión en Japón es que hubiera gente dispuesta a acoger a japoneses en España para que puedan tener una experiencia de Iglesia católica más allá de Japón.
