Acabamos de escuchar la Pasión del Señor. Y cada año ocurre algo extraño: es un relato que conocemos, pero nunca deja de herirnos un poco el corazón. Porque en esta historia no estamos ante una narración antigua. Estamos ante el misterio central de nuestra fe: Dios que ama hasta el extremo en cada momento y en cada vida.
La cruz no es simplemente el final trágico de la vida de Jesús. La cruz explica hasta dónde llega el amor de Dios por cada uno de nosotros.
El Evangelio lo dice con una frase sencilla y desarmante: «Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Hasta el extremo. Hasta donde ya no se puede amar más.
La cruz es eso: la pasión de amor de Dios por la humanidad. No es sólo la historia del sufrimiento de un hombre justo y bueno. Es la historia de un Dios que no se retira cuando el ser humano falla.
Jesús mismo lo había dicho: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10,18).
La cruz no es un accidente. La cruz explica el sentido y la dirección de este amor que el Padre nos ofrece. Se trata –y así lo contemplamos en la liturgia de hoy– de mostrarnos la entrega de la vida como rostro del amor.
San Pablo lo dirá con palabras que todavía hoy nos sobrecogen: «Me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20). Por mí. Por cada uno de nosotros.
San Ignacio de Loyola decía que no basta con entender la cruz; hay que «sentir y gustar» el amor de Dios en Jesús. Hay que pedir —decía— dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado.
No para recrearnos en el sufrimiento, sino para descubrir cuánto somos amados. En cada momento de la vida necesitamos pararnos para renovar esta experiencia del corazón.
Porque cuando uno mira la cruz de verdad, algo cambia dentro. Uno empieza a sospechar que Dios nos ha amado mucho más de lo que imaginábamos. Cada año podemos ser capaces de entrar en este misterio un poco más.
Y entonces la cruz deja de ser un símbolo de derrota.
A veces pensamos que la cruz es resignación, como si el cristianismo alabara el dolor o lo exhibiera por las calles. Pero no es así.
Jesús no ha sacralizado el dolor. Jesús ha santificado el sufrimiento atravesándolo Él mismo. No es una diferencia pequeña; es una diferencia de amor.
El dolor por sí mismo no salva a nadie; lo que salva es el amor que se entrega en medio del dolor. Por eso san Pablo dirá algo desconcertante: «La cruz es escándalo… es necedad…, pero para los que creen es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18).
En la cruz hoy descubrimos algo decisivo: el amor de Dios es más fuerte que la violencia que se desata en tantos lugares; la entrega es más fuerte que el odio tan presente en nuestro mundo; la misericordia es más fuerte que el pecado. La entrega, tantas veces invisible de la vida, es acogida por Dios y transformada en amor.
Y esa es la verdadera sabiduría de Dios que hoy se nos ofrece y ante la que podemos presentar nuestras cruces, nuestras heridas personales, para que sean acogidas por el amor de quien las llevó sobre sus hombros.
En la cruz Dios parece esconderse. Jesús aparece abandonado, golpeado, humillado, callado. Un Dios crucificado y en silencio.
Y ante ese misterio que no entendemos, solo queda una actitud posible: reverencia, silencio y adoración. Porque ese hombre herido que vemos colgado del madero, es Dios que ha querido entrar hasta el fondo de nuestra fragilidad. Dios que no ha querido salvarnos desde lejos. Dios que ha querido cargar con nuestra historia para darle salida.
Si miramos bien al Crucificado, empezamos a reconocer otros rostros.
Hoy, cuando contemplamos a Jesús colgado del madero, aprendemos a mirar desde el crucificado nuestro mundo. Es la opción que se nos planta este Viernes Santo: contemplar y pensar el mundo desde Pilato, o desde Herodes, o incluso desde el sanedrín o la masa que indiferente contempla lo que allí sucede. O podemos –marcados por la cruz– elegir afrontar y mirar la vida desde la mirada que se tiene al pie de la cruz: entre las lágrimas de María y la soledad del discípulo amado.
Solo al pie de la cruz se recibe esta mirada que nos hace inmediatamente desvelar y sacar del anonimato los rostros de tantos crucificados de nuestro mundo: los muertos de las guerras recientes, las ciudades arrasadas como efectos colaterales, los niños que no entienden por qué la violencia les ha robado el futuro, las familias que lloran a sus muertos, los refugiados que caminan entre países sin tierra ni hogar. Los sufrientes de nuestra ciudad por tantas heridas.
En todos ellos Cristo sigue siendo crucificado. Sufre y atraviesa cada cruz.
La cruz nos obliga a mirar de frente ese dolor. Nos impide acostumbrarnos a la violencia. Nos impide justificar la guerra como si fuera inevitable.
Porque cada vida rota es una herida abierta en el corazón de Dios.
Una llamada a colocarnos del lado de las víctimas y los sufrientes.
Jesús muere víctima de la violencia, y solidario hasta el extremo con todas las víctimas: muere porque los seres humanos morimos, y muere en el suplicio porque también nosotros matamos.
En Él aparece una verdad incómoda: somos frágiles hasta morir y capaces de herir hasta matar. Y, sin embargo, Jesús elige otro camino: antes morir que matar; antes entregar la vida que guardarla sin amor.
Como cordero llevado al matadero, no responde con violencia.
Su valentía no es destruir al enemigo, sino algo mucho más difícil:
eliminar la categoría de enemigo y sustituirla por la de hermano.
Por eso, desde la cruz, pronuncia palabras que desarman la historia:
«Padre, perdónalos…». Ahí está la verdadera fuerza. Ahí está la revolución de Dios. La cruz nos enseña que la paz no se construye con discursos, sino con vidas entregadas y con mucho perdón. Con personas capaces de perdonar, de reconciliar, de sanar heridas, de negarse a devolver mal por mal. “Padre perdónalos”.
Murió entre los descartados y las víctimas. Y desde la cruz nos pregunta silenciosamente: ¿De qué lado estás?
¿Del lado de los que condenan al inocente o del lado de los que tienden puentes? ¿Del lado de los que alimentan la violencia o del lado de los que construyen paz? ¿Del lado de los que miran hacia otro lado o del lado de los que se atreven a quedarse al pie de la cruz?
La Pasión forma parte de la Pascua.
Dios no tolera que la violencia y la muerte tengan la última palabra. Por eso resucita a Jesús haciendo que la resurrección sea la última palabra de Dios.
Es la más firme reivindicación de la vida; la confirmación de que la historia de los vencidos, de los fracasados, de los golpeados y humillados no termina en la cruz.
Jesús mismo lo dijo muchas veces: «El Hijo del hombre tiene que padecer… y resucitar». Ese eco nos llega ahora para saber que la cruz no es el final del camino. La cruz es el paso.
San Pablo lo resume así: «Si morimos con Cristo, viviremos con Él» (Rom 6,8).
Por eso seguir a Jesús entendemos que es acompañarle en este camino. No solo en los momentos luminosos, también en las noches. No sólo en la gloria, también en la cruz.
Entonces, el Viernes Santo deja de ser sólo el recuerdo de algo que pasó hace dos mil años, y se convierte en una llamada permanente para su Iglesia y para cada uno de nosotros.
San Pablo dirá algo muy audaz: «Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24).
No significa que a la cruz le falte algo. Significa que Dios quiere seguir amando al mundo a través de nosotros. Que quiere contar con nosotros para seguir dando sentido a cada cruz y a cada entrega.
Cada gesto de perdón, cada acto de misericordia, cada vez que alguien carga con el dolor de otro, ahí la cruz sigue viva.
Por eso hoy no estamos ante un espectáculo que nos conmueve desde fuera. No somos espectadores del Calvario. Sino parte del Calvario. Somos personas amadas por ese amor y testigos. Como María y Juan.
Necesitamos testigos al pie de la cruz para que esta hora sea tocada por Cristo.
Jesús hoy nos dice algo muy personal: todo esto es por ti. Por tu vida. Por tu historia. Por tus heridas. Por tus pecados. Por tus esperanzas. Y también por nuestro mundo herido y por nuestra Iglesia.
Mirad el árbol de la cruz. Abrid los ojos. Dentro de un momento nos acercaremos a venerarla. Ese gesto sencillo dice mucho. No besamos el sufrimiento.
No besamos el dolor. Besamos el amor de Dios que está más cerca de lo que pensamos.
Y al acercarnos a la cruz, al venerarla hoy, quizá podamos decir en silencio: Señor, que al mirar tu cruz pongamos ante ti nuestras cruces. Que sepamos reconocer a los crucificados de nuestro mundo. Que no nos acostumbremos al dolor de los inocentes. Que aprendamos a ponernos siempre del lado de las víctimas. Y que, con tu gracia, seamos en medio de nuestro mundo artesanos de paz.
La Eucaristía: entrega, comunión y misión
Todos tenemos una experiencia viva de la Eucaristía. Esta tarde es un buen momento para traer aquí nuestra vida: recuerdos, momentos en los que el Señor nos ha tocado el corazón, eucaristías especiales que hemos vivido, lugares donde hemos sentido la presencia del Señor.
Quizá lo más importante sea volver precisamente a esos momentos que nos han tocado a través de la Eucaristía. Volver allí donde hemos encontrado la vida del Señor, donde hemos sentido que Él estaba realmente presente, sosteniéndonos, alimentándonos, transformándonos por dentro.
La Cena del Señor es el prólogo de la Pasión. Es el marco en el que todo cobra sentido. Pero, más profundamente aún, la Eucaristía es la síntesis anticipada de la Pasión: en ella Jesús adelanta libremente la entrega que culminará en la cruz.
Aquí comienza todo.
1.- Esta es la hora
Jesús dice: «Esta es la Hora».
No es simplemente un momento cronológico. Es la hora de la entrega total, la hora en la que su vida alcanza su sentido pleno. En ella se unen la voluntad de amor del Padre y la necesidad profunda de los hombres.
Y, desde entonces, sabemos que cuando hay entrega comienza la hora de Dios. Comienza cuando, en lo oculto, te das a los otros; cuando sirves sin ser reconocido; cuando sostienes; cuando perdonas; cuando te desgastas por amor y no solo a los que te caen bien, sino generosamente a todos.
Ahí entra Dios. Ahí se hace presente la hora que comenzó con Jesús.
Jesús, en esta noche, no actúa como nos dictaría el instinto. Cuando se ve acorralado, no se repliega sobre sí mismo. No calcula, no se protege, no busca salvarse a sí mismo como hace todo el mundo.
Hace exactamente lo contrario: se entrega. Cuando está acosado, se entrega.
Se deja partir para mostrar el amor sin medida del Padre. Se deja herir para unir a Dios y a los hombres en un abrazo de perdón. Y, así, cumple la voluntad del Padre.
Por eso resuenan sus palabras: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente».
Cuando llegue la cruz, todo estará ya decidido. Porque la entrega no empieza en el Calvario: empieza aquí, en la Eucaristía. Entrega sin filtros ni condiciones. Esa es la corriente en la que nos inserta desde que Pedro y los demás, sin entender, se dejaron lavar por este río de entrega.
2.- Cuando llega la hora se abre la vida de la comunidad. La Eucaristía está profundamente unida a la comunidad. La entrega eucarística crea comunión. Si la Iglesia existe como comunidad es porque nace continuamente de esta mesa. La mesa crea familia.
Si pensamos en la misión de la Iglesia, y también en la misión del sacerdote como servidor de la comunión, descubrimos que esa comunión tiene su fuente en la Eucaristía.
Nuestras comunidades cristianas no nacen de acuerdos ideológicos ni de negociaciones para encontrar un punto medio entre opiniones diferentes. No son el resultado de consensos humanos, como sucede tantas veces en otros ámbitos de la vida social.
La comunidad cristiana nace de algo mucho más profundo. Nace del don del amor de Jesucristo. Nace de la fuerza del Espíritu. Nace de la fe compartida en el Señor resucitado.
Por eso, la Eucaristía es, al mismo tiempo, expresión y fuente de la comunidad. En la Iglesia primitiva la Eucaristía hacía posible la unión de los corazones: tener un solo corazón y una sola alma, compartir la vida, sentirse verdaderamente hermanos.
La Eucaristía es también un espacio de reconciliación. No se puede vivir la Eucaristía sin ofrecer y recibir perdón. Nuestras comunidades, que nacen de la Eucaristía, deberían ser lugares donde sea posible reconciliarse, donde se aprenda a perdonar, donde la fraternidad venza nuestras divisiones y, así, sirvan al mundo dividido.
Por eso, la Eucaristía, desde el lavatorio, nos interroga a los bautizados sobre cómo ejercemos la autoridad en esta Iglesia sinodal desde el modelo de Jesús, quien «Se quitó el manto…y se puso a lavar los pies a los discípulos…» (Jn 13, 4). Esta autoridad radical de Jesús nosotros no la podremos tener nunca. Pero no renunciemos a buscarla, a reflejarla, al menos parcialmente.
Esta es la autoridad que hoy puede expresar la Iglesia: el servicio sacrificial anudado a la Eucaristía, vivido al ritmo de la Palabra.
3.- Además, esta mesa tiene una dimensión profundamente evangélica: es la mesa de los pobres y de los últimos. En las parábolas de Jesús el banquete del Reino se llena con los pobres, los lisiados, los que nadie tiene en cuenta. Aquí no hay primeros puestos; los últimos son los primeros. Es una mesa abierta, una mesa donde caben los diferentes, donde no hay nuestros y vuestros.
Así, la Eucaristía es la expresión de la universalidad del amor de Dios.
Por eso, la Eucaristía que hoy celebramos es también –como anuncia el profeta Isaías– un banquete preparado por Dios para todos los pueblos. En esta mesa nadie queda excluido, nadie es extranjero. Cada Eucaristía anticipa ese gran banquete del Reino donde Dios reúne a la humanidad entera.
Decía san Gregorio Magno que «Cuando celebramos el misterio, debemos reconocernos iguales, porque uno es el Señor que recibimos». En pocos momentos y en pocos lugares tenemos esta oportunidad de vivirlo con tanta intensidad. En cada parroquia, en cada comunidad, cuando celebramos la Eucaristía aprendemos a mirarnos como hermanos más allá de nuestras diferencias, y empezamos a descubrir que la fe no levanta fronteras, sino que abre caminos de encuentro.
4.- Finalmente, la Eucaristía nos envía al mundo. Hoy entendemos que la Eucaristía no termina en el templo. Nos hace eucarísticos de por vida porque nos envía a la misión. Esa misión debería estar profundamente marcada por el espíritu de lo que hoy contemplamos: la entrega gratuita, el servicio humilde, el amor que no busca recompensas en medio de la vida.
Jesús dice: «Haced esto en memoria mía». No se refiere solamente a repetir un rito; se refiere a reproducir su vida eucarística en cada forma de pensar, sentir, respirar. «Haced esto» significa vivir como Él ha vivido: entregar la vida, buscar la voluntad del Padre, llevar esperanza, crear fraternidad.
Por eso, no se puede entender la Eucaristía sin el lavatorio de los pies. En ambos gestos aparece el mismo mensaje: en la Eucaristía Jesús se entrega; en el lavatorio Jesús se abaja y se pone al servicio. No es solo un ejemplo moral: es la revelación misma de Dios. Dios es amor que se hace servicio.
Comulgamos y estamos ante el misterio revelador no de lo que Jesús hace, sino de lo que Jesús es. Estamos ante algo más que un gesto ejemplarizador o un acto particular para darnos ejemplo a imitar; estamos ante la forma de ser de Dios.
Y de ese doble gesto, Pan partido y lavatorio, nace también una llamada muy concreta para estos tiempos que estamos viviendo: ser sembradores de paz. Quien participa en la Eucaristía no puede alimentar divisiones, violencias o enfrentamientos. La mesa del Señor nos educa en la reconciliación. Nos enseña a perdonar, a acercarnos al hermano, a reconstruir la fraternidad herida.
Por eso, la Eucaristía siempre nos envía al mundo como artesanos de paz. Alimentados por el mismo pan y lavados por el mismo amor, salimos a nuestro mundo para sembrar la paz que nace del lavatorio.
Jesús se arrodilla delante de los suyos y les lava los pies. Ese abajamiento continúa en la Eucaristía y se prolonga en la vida.
Cristo se queda con nosotros para siempre. Se hace pequeño. Se hace pan. Permanece en medio de nosotros hasta el final de los tiempos.
Por eso esta tarde, al acercarnos a la mesa del Señor, quizá podamos pedir algo muy sencillo:
Señor, que no nos acostumbremos nunca a la Eucaristía.
Que cada vez que escuchemos «Tomad y comed» recordemos que ahí está tu vida entregada por amor.
Que esta mesa haga de nosotros una Iglesia más fraterna.
Que, alimentados con tu pan, sepamos salir al mundo para vivir con humildad, servir con alegría, sembrar tu paz y amar como Tú.
Ahora queda la pregunta: ¿Quieres entrar en esta forma de vivir, de pensar y de salvar? Jesús nos apunta la respuesta: «Haced vosotros lo mismo».
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