Queridos amigos de San Isidro.
Iniciamos este día de fiesta honrando a San Isidro Labrador en esta Colegiata, junto al cuerpo de nuestro santo Patrón. Y hay algo profundamente conmovedor al pensarlo: que un hombre humilde, sencillo, quizá venido de lejos y casi invisible para los poderosos de su tiempo, haya terminado ocupando el corazón espiritual de Madrid, ciudad de emperadores, artistas y genios. El último fue puesto en el primer lugar. Así actúa Dios. Así nos dice por dónde encontrarlo.
Porque San Isidro no pertenece solo al pasado. Su vida sigue hablando hoy a quien, como nos dirá el Papa León, alza la mirada y se atreve a ver más allá de los agobios y problemas de cada día. Hoy celebramos esta Eucaristía escuchando la misma Palabra de Dios que iluminó la vida del santo. La misma Palabra que sigue siendo capaz de tocar el corazón de esta ciudad y de cada uno de nosotros.
La primera lectura nos presenta un ideal que hoy parece casi imposible: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”. Y añade algo todavía más exigente: “Todo lo poseían en común”. Nadie pasaba necesidad.
Un solo corazón. Nadie abandonado.
Reconozcámoslo: vivimos tiempos de desigualdad y de polarización, de sospecha, de descalificación rápida del que piensa distinto. Pero el Evangelio nos hace alzar la mirada y nos describe una utopía ingenua. Describe lo que sucede cuando una comunidad descubre qué es verdaderamente lo esencial.
Frente a la “gran desvinculación” y la “sociedad del desasosiego” –que describen los informes Foessa de Cáritas– el Evangelio sigue afirmando algo revolucionario: es posible vivir unidos. Es posible construir comunidad. Es posible una sociedad donde nadie quede tirado en la cuneta. Y santos como San Isidro son la prueba viva de ello y sin instrumentos de Dios para que suceda.
Para nosotros, el centro que nos une es Cristo. Quien nos conduce es su Espíritu Santo, y la causa que nos impulsa es el Evangelio. Desde ahí podemos encontrarnos también con tantos hombres y mujeres de buena voluntad que trabajan por el bien común, por la justicia y por el cuidado de los más vulnerables.
Después de más de dos mil años de cristianismo, seguimos proclamando algo decisivo: vivir vinculados a Dios, a la familia, a los vecinos, a la creación; vivir vinculados no solo es posible, hoy es urgente.
Y aquí aparece la gran lección de San Isidro. Isidro unía una confianza inmensa en la providencia de Dios con una vida concreta de cuidado cotidiano. Cuidó de Santa María de la Cabeza y de su hijo Illán. Cuidó la tierra que trabajaba. Cuidó de los pobres, de los peregrinos y de los necesitados. Porque la santidad no consiste en escapar del mundo, sino en habitarlo de otra manera.
Madrid conserva la memoria de muchos de sus milagros. Y quizá uno de los más hermosos sea aquel que cuenta cómo, en tiempo de hambre, compartía en secreto el grano de su casa con quienes llamaban a su puerta. Y cuando parecía que ya no quedaba nada, el granero volvía a llenarse.
Pero el verdadero milagro no fue el trigo. El milagro fue un corazón sencillo incapaz de cerrarse al sufrimiento ajeno, incapaz de cerrarse a sus vecinos. Eso hace el amor cuando permanece unido a Dios: multiplica lo poco y convierte la escasez en esperanza.
Abrir las puertas, cuidarnos, vincularnos unos a otros… eso crea comunidad. Eso sostiene silenciosamente la vida de Madrid y de nuestros pueblos a través de tantas parroquias, familias y comunidades cristianas que abrazan la ciudad casi sin hacer ruido, pero nos da raíces a todos.
Jesús no llama a la unidad contra nadie. No quiere un grupo encerrado en sí mismo. Quiere que quienes viven de su savia sean semilla de reconciliación para todos. “Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos”. Jesús no habla de algo externo. No dice simplemente: “seguir mis enseñanzas”. Dice algo mucho más profundo: “Mi vida circula por vosotros, habita en vosotros”.
Y eso cambia completamente la perspectiva. La unidad no nace de un esfuerzo artificial por llevarnos bien. Nace de beber de la misma fuente. Esa fue la experiencia de San Isidro y la de todos los santos: permanecer en Dios.
La primera Iglesia no era una comunidad sin conflictos, los había y muy serios. Pero había algo más fuerte que sus diferencias: todos estaban arraigados en lo fundamental. Ni las opiniones personales ni los enfrentamientos tenían la última palabra. La tenía Cristo. Eso es exactamente lo que hoy necesitamos redescubrir y renovar.
Porque muchas divisiones y tensiones nacen de haber perdido el centro. Y cuando se pierde lo esencial, la vida acaba convirtiéndose en un campo de batalla. Cuando vivimos unidos a la vid –como hoy celebramos– el fruto aparece. Lo vemos en tantos espacios de fraternidad y vida que la Iglesia presenta hoy. Y Jesús lo dice con claridad: “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”.
¿Y cuál es ese fruto? No el éxito. No el prestigio. No imponerse sobre otros. El fruto es la paz. La paciencia. La humildad para reconocer errores. La capacidad de perdonar. La valentía de construir puentes. La fuerza serena de volver a empezar.
Quizá hoy, aquí, junto a San Isidro, se nos esté pidiendo precisamente eso: volver a la raíz y presentar tantas vidas silenciosas que ayudan a que esto suceda. Isidro no fue un hombre mediático, ni era un influencer. Tampoco tuvo grandes conflictos públicos ni buscó especiales protagonismos. Fue un hombre de unidad y coherencia profunda y silenciosa. Simplemente permanecía en Dios. Y, desde ahí, vivía todo lo demás: el trabajo, la familia, el ser buen vecino, el cuidado de la gente.
Jesús no nos pide primero resolver todos los problemas. Nos pide algo anterior: “permaneced en mí”. Si volvemos a Él, si dejamos que su Palabra nos purifique, si vivimos de verdad la Eucaristía y la reconciliación, su savia volverá a circular. Y donde había sequedad, volverá a brotar la vida.
Tal vez no veremos cambios espectaculares inmediatos, pero sí algo más profundo: corazones transformados capaces de transformar también la realidad y de enraizarnos con la realidad de Dios. Hoy aquí, junto a San Isidro, podemos hacer una petición muy sencilla y muy decisiva: “Señor, ayúdame a permanecer en Ti”.
No se trata de exigir unanimidad. Se trata de construir la unidad desde las raíces. No se trata de olvidar las heridas. Se trata de no dejar que tengan la última palabra.
Hermanos y hermanas, esta Colegiata de San Isidro nos invita hoy a enraizarnos en Cristo y, así, al diálogo, a la paz y a la reconciliación. Y esa será también la mejor manera de prepararnos para la próxima visita de nuestro querido Papa León a nuestra ciudad: levantando la mirada y rebajando el ruido.
Este es buen momento para disponernos por dentro a ese momento intenso de reunirnos alrededor de Cristo para acoger al sucesor de Pedro- Alzar la mirada, como Isidro hacía cada mañana. Y que quien nos vea pueda seguir diciendo aquello que asombraba a los primeros cristianos: “Mirad cómo se aman”.
Pidamos a San Isidro que interceda por nosotros y por nuestra Villa, por todos los que tienen alguna responsabilidad en ella, especialmente por quienes peor lo están pasando. Que nos enseñe a permanecer en Cristo. Que nos ayude a reencontrarnos como hermanos. Que haga de nuestra comunidad un signo de unidad y de Madrid una ciudad de acogida, diversidad y hospitalidad.
Y que él, que vivió en silencio pero con hondura, nos recuerde siempre dónde está la verdadera fuerza: en permanecer unidos a Cristo. Porque solo así daremos fruto. Y solo así ese fruto permanecerá.
Queridos hermanos y hermanas:
Un año más volvemos juntos con alegría a esta pradera vestida de fiesta y de memoria agradecida a nuestro patrón, aquel que es el que da alma y el que pone el sentido a esta fiesta, San Isidro Labrador.
Hoy valoramos lo sencillo: en el paseo, en la tortilla compartida, el chotis, la familia y los amigos. Aquí celebramos a un vecino que vivió entre nosotros: bautizado, esposo y padre; un hombre sencillo, hecho de tierra y de cielo, profundamente injertado en la vida cotidiana de Madrid, como uno más. Por eso San Isidro sigue hablándonos hoy, en medio de este Madrid vivo, mestizo y lleno de sorpresas.
Y quizá hoy conviene preguntarnos algo muy sencillo: ¿qué necesitamos?, ¿qué necesita de verdad Madrid? ¿Más ruido o más alma? ¿Más enfrentamiento o más vecinos capaces de mirarse como hermanos? ¿Más soledades o más abrazos?
Como siempre que nos reunimos los cristianos, escuchamos a Jesús. Hoy, con esa Palabra que nos ha bendecido nos habla de algo que San Isidro entendía muy bien: del campo, de la vid y de los sarmientos. Esta pradera nos recuerda aquellos campos de Madrid —Recoletos, Atocha, Arganzuela— que un día fueron campos de vides. Y aquí Jesús nos dice:
“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos”.
¿Qué significa esto? Que ninguno vive solo. Que nuestra vida tiene raíces. Que, aunque muchos quieran desenraizarnos, seguimos teniendo vínculos y somos familia unidos a Cristo, como la vid está unida a sus sarmientos.
Cristo no funda un club, ni una ideología. No nos mira por el barrio donde vivimos, el pasaporte o el DNI. Cristo-Vid reúne a toda la humanidad sin muros ni divisiones, y nos recuerda que entre nosotros circula una misma savia: el Amor de Dios. ¡En los tiempos que corren esta es una noticia revolucionaria!
Pero Jesús también nos advierte: el sarmiento no vive por sí mismo. No nos hacemos solos. Necesitamos descubrir que Dios nos sostiene y nos enseña a mirarnos de otra manera, mirándonos unos a otros como hermanos que tenemos la misma savia de Dios.
Si el sarmiento se separa de la vid, se seca; y eso también nos pasa a nosotros. Cuando nos alejamos de Cristo, de la oración, de los sacramentos, del amor concreto y del cuidado de los más vulnerables, empezamos poco a poco a secarnos por dentro y a generar enemistades, odios y enfrentamientos.
Y quizá aquí está una de las claves de lo que vivimos como sociedad: mucha opinión, mucho ruido, mucha agitación… pero pocas raíces. Mucha conexión digital y mucha desvinculación humana. Cuando perdemos las raíces, todo se vuelve frágil y manipulable.
Por eso Jesús insiste: “Permaneced en mí y yo en vosotros”. No dice: permaneced en una ideología o en un proyecto. Jesús dice: permaneced en mí, en mi amor, en mi vida concreta.
Permanecer es una palabra sencilla, pero exigente. No significa quedarse quieto, sino decidir cada día ser fiel. No romper los vínculos esenciales con Dios, con la historia, con los vecinos, con los amigos y con los pobres.
Eso hicieron los santos. Eso hizo San Isidro. Permaneció en Dios en medio del surco, e hizo de lo cotidiano un lugar de encuentro con el Señor.
Hay una escena de su vida que siempre me impresiona. Su amo estaba enfadado porque decían que Isidro rezaba demasiado y trabajaba poco. Lo vigiló desde lejos y vio cómo Isidro rezaba al tiempo que los bueyes seguían avanzando. La tradición dice que los ángeles guiaban el arado. Pero creo que lo que ocurría es que no quitaban el trabajo ni el esfuerzo a Isidro. Él oraba trabajando y los ángeles le daban la fuerza.
Y aquí está lo provocador de esta historia: quizá el problema de nuestro tiempo no es que recemos demasiado, ni que queramos trabajar menos; quizá vivimos demasiado sin alma, demasiado sin silencio y demasiado sin Dios. Y entonces nos cansamos pronto, nos vaciamos por dentro y perdemos el rumbo.
Porque aquellos ángeles no hacían el trabajo por Isidro: los ángeles daban sentido a su trabajo. Porque cuando Dios ocupa el centro, la vida no se aleja de la realidad: entra más profundamente en ella. ¿No será que muchos de nuestros cansancios vienen de intentar sostener la vida solos? ¿No será que a veces nos encontramos secos, sin savia y sin esperanza porque andamos sin Dios?
Pero nadie permanece solo. Necesitamos ayuda. Necesitamos comunidad, amigos, cristianos que nos sostengan. La segunda lectura lo decía con fuerza: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”. No era una frase bonita; era una forma de vivir. Compartían, se cuidaban, nadie pasaba necesidad.
Ese es también nuestro reto hoy. Vivimos tiempos de polarización y enfrentamiento. Parece que para defender ideas hay que golpear personas. Nos cuesta escuchar, dialogar y discrepar sin descalificar. Con facilidad reducimos al otro a una etiqueta o a un bando.
Pero un sarmiento no puede decirle a otro: “No te necesito”, porque ambos viven de la misma vid. ¡Qué imagen tan poderosa para Madrid y para la Iglesia de hoy!
La unidad no es uniformidad. En una vid hay muchos sarmientos, distintos y diversos, pero unidos en lo esencial. Esa es la imagen de Iglesia y de sociedad que necesitamos.
San Isidro, ayudado por Santa María de la Cabeza, entendió esto sin grandes teorías. Su campo era lugar de encuentro con Dios. Su oración no lo alejaba de la realidad: lo hacía más atento, más justo, más solidario y más acogedor con el forastero. San Isidro fue un hombre que supo vivir de lo esencial: unido a la Vid. Y por eso dio fruto: fruto de justicia, de generosidad y de paz.
Madrid necesita hoy muchos hombres y mujeres así. Muchos “Isidros e Isidras”. Personas que, sin hacer ruido, construyen barrios y pueblos de encuentro, de respeto y de esperanza. Personas que siguen llevando vida a sus vecinos desde tantas parroquias, comunidades, colegios y familias cristianas. Porque cuando la savia es la misma, los sarmientos no compiten entre sí: viven en comunión y dan fruto.
Por eso hoy quisiera hacer una invitación muy concreta: no dejemos que el desarraigo marque nuestra época. Renovemos aquí, como sarmientos, un nuevo arraigo en Cristo y en el Evangelio.
Eso es lo que hacemos cada domingo en la Eucaristía: entrelazar todos los acentos, todas las edades y todas las condiciones alrededor de Cristo. Cultivemos los reencuentros improbables. Las conversaciones que las ideologías no quieren que sucedan. Los abrazos con quienes más sufren. Y especialmente acerquémonos a quienes más nos necesitan.
Goya pintó esta pradera para la posteridad. ¿Y si nosotros pintáramos hoy algo que también merezca ser recordado? Recomencemos la fraternidad. Demostremos que todavía es posible convivir y caminar juntos.
Y en este camino, nuestra mirada se abre también a un acontecimiento muy importante: la próxima visita del Papa León XIV a Madrid. Él nos invita a “alzar la mirada”, a ir más allá de nuestras trincheras y a volver a la unidad que nace de Cristo.
Estoy seguro de que su visita será una buena noticia no solo para los creyentes, sino también para muchas personas alejadas de la fe y que verán en nosotros el rostro de la Iglesia. Preparar su venida no es solo organizar actos. Es preparar el corazón.
Y permitidme también dar las gracias —Alcalde, Comunidad, Delegación del Gobierno, empresarios, voluntarios y colaboradores— por vuestro apoyo y colaboración.
Alzamos la mirada, como hacía Isidro cada mañana para que el Santo Padre encuentre una Iglesia en Madrid viva, diversa, plural y profundamente unida porque está arraigada en Cristo y porque pone por encima lo mucho que nos une.
Hermanos y hermanas, San Isidro no fue un hombre de discursos. Fue un hombre de vida, arraigado en lo fundamental. Y quizá esa sea hoy la pregunta final: cuando pase esta fiesta y volvamos mañana a la rutina, ¿de qué vid vamos a vivir? ¿Qué savia está alimentando nuestro corazón?
Pidámosle a San Isidro que interceda por Madrid y por nuestros pueblos. Que nos enseñe a vivir enraizados a Cristo y como una sola familia. Que nos ayude a superar divisiones estériles y a construir una verdadera cultura de la paz, esa paz “desarmada y desarmante” que tanto repite el Papa León. Y que nunca olvidemos esto: separados nos secamos; unidos a Cristo, damos fruto y ese fruto permanece.
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