Hoy comenzamos la Semana Santa con un gesto sencillo y desconcertante: unas ramas en las manos, una procesión, un canto. Y, sin embargo, lo que celebramos desborda lo visible. Porque quien entra en Jerusalén es el mismo Dios, que viene a decirnos cómo es.

Y lo hacemos en medio de la realidad que vivimos: un mundo con nubarrones de guerra, con heridas abiertas entre pueblos, con una sociedad crispada. Un mundo donde crece la desconfianza, el enfrentamiento, la lógica del “nosotros contra ellos”.

Desde ahí hoy hacemos nueva la Semana Santa, pues es en esta realidad donde acogemos a Cristo y nos dejamos iluminar.

1.- Jesús entra en la ciudad. Pero no lo hace como esperan. No hay caballo de guerra, no hay signos de poder, no hay imposición, ni gritos, ni insultos. Entra en un borrico provocativamente desarmado y humilde. Y lo hace como príncipe de la paz. Esto no es un detalle decorativo: es una revelación para explicarnos quién es este Dios al que aclamamos. Este gesto recoge cuanto nos ha contado Jesús de su Padre.

Dios no viene a dominar, sino a entregarse y a padecer hasta el extremo para explicarnos lo que es amar y hasta dónde ama a cada uno de sus hijos.
Entra en Jerusalén, y esta Semana Santa entra también en nuestra historia concreta, en esta Iglesia de Madrid, para llamarnos a aprender ese mismo estilo: sembrar paz, no imponerse, sino proponer; no dividir, sino convocar; no aislarse, sino caminar juntos. Amar entregando antes que exigiendo.

2.- Si aprendemos a mirar el Evangelio, vemos que Jesús entra en la historia en medio del entusiasmo, pero con signos evidentes de fragilidad. La gente aclama, extiende mantos, agita ramos. “¡Hosanna!”, dicen. Pero hemos contemplado —y eso duele— que esa misma multitud pocos días después, gritará otra cosa.

El corazón humano es así: capaz de entusiasmarse y de abandonar a los cuatro días. Capaz de aplaudir y de retirarse cuando la cosa se complica. 

Aquí sale a la luz la tentación de vivir con una fe con palmas de domingo de Ramos solamente. Una fe superficial, de momentos; que aplaude el domingo, pero no acompaña el lunes por la mañana. Una fe que celebra el Domingo de Ramos, pero no llega al Sábado Santo. Una fe de sentimientos o de días concretos, que se vive en solitario, a ratos, sin arraigo en una comunidad concreta que nos confronte y anime, sin rostro, sin historia compartida.

Por eso, si dejamos entrar a Jesús y lo aclamamos, surge una pregunta: ¿Dónde estamos nosotros en esta escena? ¿Somos de los que agitan ramos o de los que permanecen cuando todo se oscurece? ¿Somos una fe aislada o una fe que se sostiene en los otros, en la comunidad, en la Iglesia que camina entre las semanas santas de la historia?

Porque la liturgia hoy nos refleja: comenzamos con la entrada festiva y terminamos escuchando la Pasión. Del “Hosanna” pasamos al “Crucifícalo”. Y no es un cambio brusco sin sentido. Es la vida. Es la verdad de nuestro mundo. Es la verdad de nuestro corazón.

3.- Pero ante esa verdad Dios no se retira, sino que se entrega. La cruz no es un accidente, sino el lugar donde se nos revela quién es Dios de verdad. Y allí, en la cruz, descubrimos que Dios nos ama tanto que no se retira ante el rechazo, no se defiende, no responde con violencia. Permanece. Ama hasta el extremo.

Eso descoloca, porque nosotros, tantas veces, queremos un Dios fuerte a nuestra manera. Un Dios que resuelva, que imponga, que gane. Y Dios, en cambio, vence perdiendo. Salva entregándose. Reina desde el escandalo incomprensible de la cruz.

Esa lógica de Dios también nos invita a revisar nuestra manera de ser Iglesia y aprender a acoger a Cristo, no desde la eficacia aislada o el protagonismo de cada grupo, sino desde la comunión. Una Iglesia que no compite, que no se fragmenta, sino que aprende a vivir las pasiones juntos, a ver juntos el horizonte a donde ir, a ser realmente un solo cuerpo.

Y esa lógica de la cruz nos llama a escucharla en la realidad de nuestro mundo. La Pasión no se puede vivir lejos de las pasiones de nuestro mundo. Y precisamente por eso, hermanos, esta Semana Santa es también una llamada urgente a la paz y a mirar a nuestro mundo. Jesús entra en Jerusalén desarmado. No solo como un gesto humilde, sino como una propuesta para el mundo. Él inaugura un camino distinto: el de la paz que no se impone, sino que se construye; la paz que no nace del dominio, sino de la entrega.

Esta llamada resuena hoy con más fuerza que nunca. A la luz de la Pasión vemos un mundo herido. Sin embargo, quizá la raíz más profunda no sea solo la violencia visible, sino algo más silencioso: la pérdida de esperanza en el otro. Hemos dejado de creer que es posible encontrarnos, dialogar, construir juntos; desconfiamos de quien es distinto y, poco a poco, lo convertimos en amenaza. De la desconfianza nace el miedo, del miedo el rechazo, y del rechazo la violencia.

Por eso, la entrada de Jesús en Jerusalén es tan actual: Él entra desarmado, confiando, sin excluir a nadie, abriendo un camino donde el otro no es enemigo, sino hermano posible. Jesús se deja hacer en la Pasión porque se fía de nosotros. Y, así, ofrece esperanza y nos interpela: ¿qué mundo queremos construir y cómo lo hacemos?

Porque no hay seguimiento de Cristo sin compromiso con la paz. No basta rezarla. No basta desearla. Hay que trabajarla. Es necesario portar la palma y el ramo de la paz. Trabajar la paz en nuestras palabras, en nuestras relaciones, en nuestras comunidades y en nuestra Iglesia.

Y, entonces, este Domingo de Ramos se convierte en una invitación muy concreta.

Primero: dejar que Jesús entre. No solo en Jerusalén, sino en nuestra vida real. En nuestras decisiones, en nuestras heridas, en nuestras contradicciones. Dejarle entrar.

Segundo: caminar con Él. No quedarnos en el entusiasmo inicial, esperar al Viernes Santo, esperar al Sábado Santo para esperar la Pascua. La Semana Santa es un camino. Y solo quien camina con Jesús —también en la dificultad— descubre la profundidad de su amor. Y ese camino nunca es en solitario: es con otros, en comunidad, en una Iglesia que se acompaña, que se sostiene, que aprende a caminar unida.

Tercero: aprender de memoria su estilo. Un estilo que no busca imponerse, sino servir. Amar antes que pedir. Un amor que no aplasta, sino levanta.

Quizá hoy, con la palma en la mano, podríamos preguntarnos algo muy sencillo: ¿A qué tipo de rey quiero seguir?

Comenzamos la Semana Santa. Esto no es un recuerdo, es una invitación.

A no quedarnos en la orilla, a no ser espectadores, a no vivir una fe de paso. Sino a entrar con Él, a permanecer con Él y a dejarnos transformar por Él.

Porque solo quien atraviesa la cruz entiende de verdad la alegría de la Pascua.

Caminemos hacia la Pascua, con estas ramas en la mano y con el corazón abierto a lo que el Señor tiene que prepararnos.

Media

Un año más volvemos a escuchar, en esta Misa Crismal, la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret. Volvemos a ese comienzo que no es pasado, sino origen permanente de nuestro ministerio. No regresamos a un recuerdo, sino a la fuente: allí donde todo empieza y donde todo se renueva.

San Lucas nos sitúa en un momento culminante de la vida de Jesús. Él abre el rollo y proclama: “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres”. Y después afirma: “Hoy se cumple esta Escritura”.

Muchos habían leído antes ese texto, pero en Jesús alcanza su plenitud. Él no lee un texto cualquiera: en Él la Escritura se hace viva.

Jesús es el Ungido, quien da sentido a la Palabra y en quien se cumple la esperanza de Israel. Y desde Él se extiende hasta nosotros, en la Iglesia, por la acción del Espíritu hasta hoy.

Y ese “hoy” llega también a nosotros. Es el hoy de nuestra ordenación. El hoy de esta Misa Crismal que nos reúne como presbiterio. El hoy en el que volvemos a reconocernos ungidos, no en solitario, sino en fraternidad.

Hoy se cumple esta Escritura en nosotros porque hemos sido revestidos de Cristo pobre y frágil. Nuestra debilidad ha sido habitada por la fuerza del Espíritu. Y esa unción no es para nosotros: es para los pobres, para los heridos, para los que esperan —a veces sin saberlo— una palabra de vida. Ahí nace la verdadera alegría del ministerio.

El “hoy” de Jesús es un hoy de liberación. Quien se acerca a un sacerdote puede experimentar —aunque sea en fragilidad— que Dios le espera, le ama y le perdona. En Cristo, el Ungido, somos llamados a ser signos visibles de la misericordia del Padre.

Esa liberación es integral, no es solo espiritual. Cuando a Jesús le preguntan si es el Mesías, el Ungido, responde señalando su vida: los ciegos ven, los cojos andan, los pobres reciben la Buena Noticia. A nosotros también nos preguntan. Al escuchar a Jesús sabemos que nuestra respuesta no será solo con palabras, sino con una vida que transparente compasión, cercanía y misericordia ante todo sufrimiento. Entonces dejaremos transparentar que Jesús es compasión y misericordia para todos.

1. Misericordiosos con los hermanos, fieles al Padre

Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, se revela en dos direcciones inseparables: misericordioso con sus hermanos y fiel al Padre (cf. Heb 2,16-18). Dos actitudes que configuran nuestra vida sacerdotal ungida y enviada.

Jesús no solo hace misericordia: Él es misericordia en acto. Y, al mismo tiempo, permanece fiel incluso cuando llega el rechazo. La misericordia no garantiza el éxito ni los aplausos, pero nos configura con Cristo.

No estamos llamados a ser sacerdotes eficaces, sino misericordiosos y fieles, “conformando nuestra vida con la cruz del Señor”. Se trata de poner nuestras manos para servir, nuestros ojos para ver el sufrimiento, nuestro corazón para dejarnos conmover antes que para vivir para nosotros mismos.

Presentamos, por eso, nuestras debilidades para que nuestro pueblo pueda decir de nosotros como se dijo de Jesús: que “habiendo sido probado en el sufrimiento, pueda ayudar a los que se ven probados”. (Heb 2,18)

Porque no somos salvadores impecables, sino bautizados alcanzados por la gracia. Precisamente por eso podemos comprender, acompañar y señalar al Salvador. Nuestra debilidad se convierte en escuela de compasión.

La misericordia de Jesús, cuyo programa expone en la sinagoga de Nazaret, abraza toda la vida: sana, alivia, perdona. Y eso es lo que la gente busca: no un profesional de lo sagrado; no un funcionario religioso. Busca —a veces sin saberlo— a Cristo. Y en nosotros buscan a un discípulo de este médico: a quien escuche sin prisas, mire sin juzgar y acompañe en la esperanza en medio de una comunidad fraterna. Sin olvidar que nosotros también necesitamos misericordia. Esa experiencia nos hace más cercanos, más humanos y más verdaderos.

2. Somos presbíteros ungidos en un mismo presbiterio

Queridos hermanos sacerdotes, para esto fuimos ungidos.

Hoy recordamos aquel momento que marcó nuestras vidas y renovamos nuestra disponibilidad para servir juntos al pueblo que se nos ha confiado.

El Papa León lo sugería así: “la fraternidad sacerdotal, antes que ser una tarea que realizar, es un don inherente a la gracia de la ordenación, un don que nos precede, un don de la gracia que nos hace partícipes del ministerio del obispo y se realiza en la comunión con él y con los hermanos”. Y concluye: “Ningún pastor existe por sí solo”. (cf. Una fidelidad que genera futuro, 14,15)

Hace poco lo revivimos con gozo en Convivium y hoy lo revitalizamos al recordarlo en el corazón. Hacemos memoria que no estamos solos; que no somos francotiradores espirituales, ni gestores aislados de parcelas pastorales; ni solistas, sino parte de una orquesta en la sintonía de la comunión del Espíritu para ser enviados a la única misión de Cristo.

No olvidemos que la tentación del individualismo es sutil y nos acecha, se disfraza de eficacia, se reviste de autonomía y se justifica de sobrecarga y falta de tiempo, pero termina cansando el alma.

El Convivium nos animó a sostenernos en la única misión y pasar del “mi parroquia” al “nuestra diócesis”, del “mi proyecto” a “nuestra misión”.

Recordamos que hablamos de la necesidad de dejarnos ayudar, cultivar amistades sacerdotales y crear espacios reales de fraternidad.

Así, expresamos que somos ungidos juntos para ungir juntos al pueblo que se nos ha confiado.

3. Ungir el mundo con misericordia compartida

El Crisma que hoy consagramos perfuma la Iglesia, pero esa fragancia no puede quedarse aquí. Se nos entrega para ungir al mundo.

Somos enviados a las periferias de nuestra ciudad, a los barrios, a las familias, a los jóvenes, a los ancianos. A ungir con la misericordia de Dios a los pobres, a los migrantes, a quienes han perdido la esperanza.

Y también a ungir este mundo herido por la violencia, la polarización y la desconfianza. A ungirlo con olor de fraternidad, formando comunidades que desplieguen esta fragancia tan profética. Pero esto solo es creíble si lo hacemos juntos.

Cuando un presbiterio vive unido, la diócesis respira.

4. El “hoy” de Jesucristo se cumple entre nosotros

En Nazaret, Jesús dijo: “Hoy se cumple esta Escritura”. Y la Iglesia vive en ese “hoy” de gracia.

Se cumple cuando celebramos la Eucaristía.

Se cumple cuando perdonamos.

Se cumple cuando visitamos al enfermo.

Se cumple cuando sostenemos al hermano cansado.

Se cumple cuando pedimos ayuda sin vergüenza.

Se cumple cuando trabajamos por comunidades fraternas.

Que nuestra identidad pueda leerse en nuestra vida, en nuestras obras de misericordia. Que si alguien pregunta quiénes somos, pueda responder mirando nuestra vida: hombres que han pasado haciendo el bien, juntos, porque Dios estaba con ellos.

Pidamos, ayudémonos a tener un corazón misericordioso con los hermanos, fiel al Padre y fraterno en el presbiterio. Y que el Espíritu que nos ungió no permita que caminemos solos.

Queridos hermanos. Hoy se cumple esta Escritura gracias a cada uno de vosotros.

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