Resucitó de veras mi amor y mi esperanza
Vivimos un tiempo nuevo, un tiempo que no es simplemente una etapa del calendario, sino una irrupción de vida. La Cuaresma nos ha ido preparando, paso a paso, para abrir los ojos y reconocer el tiempo en el que vivimos y, en medio de él, descubrir la llamada viva del Dios que resucita.
Cada año, este camino nos coloca ante una oportunidad nueva: no para hacer algo más, sino para volver a lo esencial que es, en definitiva, poner los ojos en Dios, buscarle más, escucharle más y dejar que Él reordene nuestra vida y la de nuestras comunidades hacia su Misterio de Vida que no muere, y que nos coloca ante el horizonte de la Vida eterna.
1.- En esta primavera pascual podemos profundizar de dos maneras: avivando nuestro bautismo y creciendo desde la vocación que en él recibimos.
Porque la Pascua no nos saca del mundo: nos introduce en él con una mirada nueva. Nos hace atravesar los calvarios de nuestro tiempo —tantos sufrimientos, tantas heridas—, pero no desde la desesperanza, sino desde la certeza de que la vida ha vencido.
Y esto es importante decirlo hoy, porque vivimos en un mundo desesperanzado, herido, tenso y violento. Y, a veces, también nosotros nos dejamos arrastrar por ese ambiente.
Es fácil quedarse en el Viernes Santo. Es una tentación el quedarse en el mero sentimiento o en el calvario, en un emotivo viernes santo.
Pero, en medio de todo eso, la Pascua nos dice: Dios sigue actuando hoy. Aquí. En ti. En nosotros. Atravesando el silencio del sábado santo y la soledad de tantos momentos de la vida.
Por eso, este tiempo es una oportunidad irrepetible para ir al sepulcro y redescubrir su presencia viva, su voz que no ha callado, su fuerza que sigue levantando lo que parecía perdido. Solo hace falta ir o escuchar a los testigos.
2.- La Pascua es la primavera de Dios que llega a nosotros al volver a la fuente de nuestro bautismo.
Desde esta fuente, en este Domingo de Pascua, quisiera invitaros a contemplar tres brotes, tres signos de vida nueva que están brotando y pueden ayudarnos a vivir este tiempo con hondura.
Volvemos a la fuente. Volvemos al Bautismo.
San Pablo lo decía con fuerza: hemos sido sumergidos en la muerte de Cristo para vivir una vida nueva. Ser cristiano no es una etiqueta, no es pertenecer externamente a algo. Es haber sido alcanzados por una llamada que nos transforma por dentro, porque desde el bautismo se nos ha injertado en una vida que no se agota.
En el Bautismo se nos dijo algo decisivo, aunque no lo recordemos: “Tú eres mi hijo amado”. Esa es nuestra identidad más profunda.
Pero esa voz puede quedar sepultada bajo el ruido, el cansancio o las preocupaciones. Por eso necesitamos volver a escucharla esta Pascua. En la Palabra. En la oración. En la comunidad. En el compromiso con los más pobres y sufrientes.
La Palabra de Dios nos ayuda a este descubrimiento, porque la Palabra no es un texto antiguo: es una voz viva. Es Cristo que sigue pronunciando sobre nosotros esa palabra que nos sostiene y nos dice dónde se queda.
Cuando nos alejamos de esa voz, la fe se enfría, la esperanza se reduce, la caridad se debilita.
La Pascua es el momento de volver a escuchar la Palabra de Dios. No se trata de leer mucho, sino de dejarnos tocar. De permitir que esa Palabra ilumine nuestra vida y nos enseñe a leer la realidad con ojos pascuales.
Ojos que no niegan las heridas, pero que saben descubrir –incluso en medio de ellas– que la vida sigue abriéndose paso. Porque el Resucitado no borra sus llagas. Las muestra, las transfigura. Y con ellas sana nuestro corazón y nos enseña a mirar la vida desde ellas.
Las llagas del Resucitado no son recuerdo del fracaso, sino medicina para nuestra incredulidad. Pero también son una llamada. Si Cristo glorioso conserva las heridas, significa que el camino hacia Él sigue pasando por las heridas del mundo.
Por eso, encontrar al Resucitado pasa hoy por acercarnos a las heridas del mundo: a los pobres, a los enfermos, a los solos, a tantas víctimas de la violencia y de la guerra. Cada vez que miramos las heridas con amor, estamos contemplando las llagas gloriosas de Cristo y, desde ellas, la vida.
Desde esa mirada, descubrimos que La caridad no es un añadido: es un acto pascual. Es proclamar que el amor es más fuerte que la muerte.
La Pascua no crea individuos aislados. Crea un “nosotros”. El Resucitado reúne, convoca, reconstruye. El Espíritu une lo que estaba disperso. Por eso, la Pascua se ve cuando aparece la comunidad.
La Resurrección se hace visible cuando dejamos de ser grupos cerrados y nos convertimos en Iglesia. Cuando vivimos la fraternidad, cuando nos reconciliamos, cuando caminamos juntos. Necesitamos comunidades donde la fe no sea solo discurso, sino relación. Donde el amor no sea teoría, sino vida concreta y experiencia. Comunidades que se acerquen a los sepulcros humanos de nuestro tiempo porque ahí es donde la Pascua deja de ser una idea y se convierte en vida.
Cuando Jesús se aparece a los discípulos, no les reprocha nada. Solo dice: “La paz con vosotros.” Esa es la primera palabra de la Pascua. Y esa palabra sigue resonando hoy en un mundo atravesado por la violencia.
Las guerras, los odios, las divisiones, no nacen solo de intereses o conflictos. Brotan, en el fondo, de algo más profundo: de haber perdido la esperanza en el otro.
Cuando dejamos de creer en el otro —especialmente en el que es distinto—, empezamos a cerrarnos. Dejamos de esperar. Y entonces el otro se convierte en amenaza y después en enemigo. Como advirtió Hannah Arendt, “la deshumanización precede siempre a la violencia”. Antes de que haya armas, ya hemos dejado de ver a alguien como “otro yo”.
Y cuando no caben las palabras, crece la violencia. La guerra es, en el fondo, el fruto de la desesperanza. Donde ya no espero nada del otro, ya no hay encuentro posible.
Pero la Pascua nos revela algo completamente distinto: Cristo, en la Cruz, lo esperaba todo de nosotros. Incluso cuando nosotros ya no esperábamos nada.
Esperaba más de sus verdugos de lo que ellos creían de sí mismos. Esperaba más de los discípulos que habían huido. Espera más de cada uno de nosotros de lo que nosotros mismos somos capaces de imaginar.
Esa es la paz cristiana. No es una paz débil, no una simple ausencia de conflicto. Sino una paz desarmada y desarmante como dice el Papa. Una paz que nace de esperar el bien del otro, incluso cuando no lo vemos. Que mira al otro de tal modo que descubre en él su posibilidad de amor.
Cristo, incluso en silencio ante Pilato, no dejó de esperar. No dejó de llamar a lo mejor del corazón humano. Y eso es lo que cambia el mundo. Porque frente a la lógica de la violencia, la Pascua propone la lógica de la esperanza. Frente al nihilismo que dice “nada merece la pena”, la Pascua dice: todo puede renacer.
Por eso la paz no es pasividad; es una fuerza transformadora. Empieza en nuestras comunidades, cuando dialogamos. Empieza en nosotros, cuando perdonamos, cuando cuidamos la unidad, cuando dejamos de etiquetar y empezamos a mirar con esperanza.
Si el mundo quiere ver al Resucitado, tendrá que verlo en nosotros siendo hombres y mujeres de paz.
Hermanos, La Pascua no es un recuerdo. Es una presencia. Hoy, aquí, el Resucitado está en medio de nosotros. Nos dice: “La paz con vosotros.” Y nos envía inmediatamente a vivir como bautizados, a construir comunidades vivas, a sembrar la paz.
Porque allí donde esto se hace vida. Allí el sepulcro está vacío. Allí Cristo vive. Allí comienza ya el mundo nuevo.
Resucitó de veras mi amor y mi esperanza.
Feliz camino pascual. Que sigamos descubriendo brotes de esta Pascua.
“Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”.
Queridos hermanos, si esta noche estamos aquí no es por casualidad. En el fondo, todos somos buscadores: desde los más pequeños hasta los mayores. Hay en nosotros un fuego interior, una inquietud silenciosa que nos ha traído hasta este lugar. Quizá no sepamos explicarlo, pero, en lo profundo, hay una llamada.
1.- Está atento, Dios actúa en lo escondido, se adelanta siempre buscando las grietas de nuestro corazón. Aprovecha cada rendija de nuestros blindajes, de nuestras rutinas, de nuestras resistencias. Como la primavera que brota en el árbol seco, así Dios verdea en nosotros, abre caminos donde parecía no haberlos; entra suavemente, sin violencia, para despertarnos.
Así hemos atravesado la noche para reunirnos, y en ello hay una parábola de la vida. Hemos dejado otras ofertas, hemos salido de lo cotidiano y hemos acudido a la cita preparada durante toda una Cuaresma. No hemos venido solos: hemos venido a reunirnos como hermanos. Quizá no nos conocemos todos, pero estamos vinculados por algo más profundo. No somos como los rostros anónimos que encontramos cada mañana; somos un pueblo convocado por el mismo Señor después de la oscuridad del sábado santo.
Hemos entrado en una Iglesia a oscuras y, poco a poco, la hemos iluminado. Y así sucede siempre: la luz de Cristo no irrumpe con estrépito, sino que disipa las tinieblas silenciosamente, con una fuerza humilde y constante. “La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no pueden vencerla” (S. Gregorio Nacianceno).
Quizá venimos como aquellas mujeres del Evangelio, que se dirigían al sepulcro con perfumes y vendas. Gestos pequeños, aparentemente insuficientes ante el misterio de la muerte. ¿Cómo enfrentar la muerte con perfumes y vendas? Y, sin embargo, venían movidas por el amor. También nosotros llegamos con nuestras pobrezas, con nuestras contradicciones, incluso con la sensación de buscar a Jesús a veces en lugares equivocados.
Pero hay algo que lo cambia todo: el amor de Dios. Como a las mujeres, el amor del que somos capaces es esa pequeña grieta que Dios aprovecha. “Donde hay amor, allí está Dios actuando con poder” (san Juan Crisóstomo). Ningún gesto de amor se pierde. Ninguna entrega es inútil. Cada intento, cada cuidado, cada detalle… todo se convierte en puerta por donde Dios entra.
“Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Ahora comprendemos que esta palabra no pertenece solo al pasado. No es simplemente que Cristo resucitó, sino que resucita hoy, aquí, en esta noche, en esa grieta de amor que has abierto al decir “sí” a la Pascua, al acudir esta noche cargando con tus viernes santos y tus sábados santos.
Si hemos muerto con Él, resucitamos con Él. No solo en un futuro lejano, sino hoy.
2.- La Semana Santa ha tocado lo más hondo de nuestras vidas. Tal vez lo hemos percibido claramente, o quizá no. Pero no importa: Dios actúa incluso cuando no lo comprendemos todo.
Dios aprovecha cualquier rendija para verdear. Todo lo que has entregado, todo lo que has puesto en la cruz, cuando te atreviste a mirarla de forma renovada. Cuanto has entregado, aunque te salga mal. Todo, en definitiva, cuando pasa por la cruz tiene futuro; sí, tiene futuro, lo repito.
El amor que ha atravesado la cruz es más fuerte que la muerte. Y esa es la Vida que se nos regala hoy en la Resurrección hasta la Vida eterna.
Por eso, hermanos, todo tiene sentido: nuestra vida, nuestra historia, cada pensamiento, cada entrega. Y lo descubrimos de un modo especial cuando estamos juntos. Porque la fe –como la luz de hoy– se enciende en comunidad de modo que nos despertamos unos a otros para acoger esta noticia: Cristo ha resucitado.
3.- La noticia de hoy es nueva
Dios lo ha apostado todo por cada uno de nosotros. No por una multitud anónima, sino por ti, por cada uno.
El Padre entrega a su Hijo, y esta noche nos presenta a nosotros, su Iglesia, como fruto de su Pascua. Hoy Jesús nos mira, a todos juntos y a uno por uno. Y el Padre nos presenta a Jesús como un gran regalo. Somos su regalo que el Padre ofrece a Jesús. Por eso hoy podemos escuchar cómo el Padre le dice a Jesús: “Hijo, aquí están, los que han venido son los frutos de tu Pascua, estos son tus frutos; míralos que ya los conoces. Hijo, ¿ves cómo ha merecido la pena?”.
Y Jesús mirará al Padre y nos mirará a todos nosotros juntos y le dirá: “Sí, Padre mío, ha merecido la pena porque están todos juntos en medio de la oscuridad. Todo ha merecido la pena.”
4.- Somos consagrados por el bautismo. Somos un regalo para Cristo. El Espíritu Santo nos habita y nos recuerda esta noche quiénes somos: hijos, pueblo, ofrenda viva. Quizá no lo comprendimos del todo en su momento, pero esta noche se nos concede ahondar en este misterio. Estamos injertados en Cristo, participamos de su vida, de su esperanza.
Consagrados. Esta noche tiene el don de hacernos sentir con mayor profundidad que somos consagrados desde el bautismo. Ser consagrado es aprender a vivir como “un regalo de Dios”, un regalo que el Padre hace al Hijo. Es acoger el misterio que nos hace sagrados, gracias a que el Espíritu pasa por nosotros y nos susurra: “eres un regalo de Dios”. Y, al mismo tiempo, nos dice a todos: “juntos sois un regalo de Dios”.
Ha sido necesario atravesar muchas noches para llegar hasta aquí y tomar conciencia de que la vida de Cristo corre por nuestras venas, su esperanza habita en nosotros y su Espíritu vive en nuestro interior, si nos atrevemos a revivir la Pascua.
Respiremos esta verdad: llevamos en nosotros la huella de Cristo. Por eso, ninguna gota de amor se perderá. Nuestra vida tiene valor y sentido porque Él la ha abrazado. Nos ama, cuenta con nosotros y vive en nosotros abriéndonos a la vida eterna.
Por eso necesitamos renovarnos, purificarnos.
Por eso la Pascua no es solo algo que celebramos: es algo que somos. Dios pasa por nosotros. En esta noche, estamos en Cristo y somos más de Cristo.
Sólo nos queda reconocerlo y dejar que Dios florezca en nosotros. El anunciarlo y trasparentado será la consecuencia de su acción.
5.- No busquéis entre las cosas muertas a este Dios, no busquéis en los sepulcros, allí no está. El amor nos pone en marcha hacia los lugares de muerte, pero allí nos topamos con la experiencia de que Jesucristo no está en el sepulcro.
Está en la vida de los sacramentos, en el aliento de la oración. En los suyos.
Está en la vida, en el amor concreto, en el esfuerzo diario, en el cuidado de los demás.
Está en el cansancio ofrecido y en la entrega silenciosa. Cristo vive en todo aquel que ama.
Y también Cristo se queda en todos aquellos que han pasado por la cruz: en los despojados, en los más pobres, en las víctimas. Esta Semana Santa nos ha recordado el dolor de tantos hermanos víctimas de las guerras. Su sangre es semilla de vida, pero Cristo se queda en cada herida, y cada llaga, sosteniendo, redimiendo, permaneciendo.
5.- El ángel dijo a las mujeres: “No está aquí”.
Quizá nuestro mundo necesita hoy ángeles que anuncien lo mismo. Nos necesita para seguir iluminando como hemos hecho hace un momento. Y tú has sido convocado esta noche para ser uno de ellos: para ser un nuevo ángel, para decir con tu vida que Cristo vive, que está aquí.
Sí, tal vez parezca locura. Locura es salir en la noche, locura es creer en lo invisible. Pero es la locura del amor, la locura de la fe. Es la locura de sabernos parte de Cristo.
Vivamos, pues, como lo que somos: Pascua viva. Dejemos que Dios florezca en nosotros y, junto a los bautizados, anunciemos con alegría: Cristo ha resucitado. Amén.
Acabamos de escuchar la Pasión del Señor. Y cada año ocurre algo extraño: es un relato que conocemos, pero nunca deja de herirnos un poco el corazón. Porque en esta historia no estamos ante una narración antigua. Estamos ante el misterio central de nuestra fe: Dios que ama hasta el extremo en cada momento y en cada vida.
La cruz no es simplemente el final trágico de la vida de Jesús. La cruz explica hasta dónde llega el amor de Dios por cada uno de nosotros.
El Evangelio lo dice con una frase sencilla y desarmante: «Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Hasta el extremo. Hasta donde ya no se puede amar más.
La cruz es eso: la pasión de amor de Dios por la humanidad. No es sólo la historia del sufrimiento de un hombre justo y bueno. Es la historia de un Dios que no se retira cuando el ser humano falla.
Jesús mismo lo había dicho: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10,18).
La cruz no es un accidente. La cruz explica el sentido y la dirección de este amor que el Padre nos ofrece. Se trata –y así lo contemplamos en la liturgia de hoy– de mostrarnos la entrega de la vida como rostro del amor.
San Pablo lo dirá con palabras que todavía hoy nos sobrecogen: «Me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20). Por mí. Por cada uno de nosotros.
San Ignacio de Loyola decía que no basta con entender la cruz; hay que «sentir y gustar» el amor de Dios en Jesús. Hay que pedir —decía— dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado.
No para recrearnos en el sufrimiento, sino para descubrir cuánto somos amados. En cada momento de la vida necesitamos pararnos para renovar esta experiencia del corazón.
Porque cuando uno mira la cruz de verdad, algo cambia dentro. Uno empieza a sospechar que Dios nos ha amado mucho más de lo que imaginábamos. Cada año podemos ser capaces de entrar en este misterio un poco más.
Y entonces la cruz deja de ser un símbolo de derrota.
A veces pensamos que la cruz es resignación, como si el cristianismo alabara el dolor o lo exhibiera por las calles. Pero no es así.
Jesús no ha sacralizado el dolor. Jesús ha santificado el sufrimiento atravesándolo Él mismo. No es una diferencia pequeña; es una diferencia de amor.
El dolor por sí mismo no salva a nadie; lo que salva es el amor que se entrega en medio del dolor. Por eso san Pablo dirá algo desconcertante: «La cruz es escándalo… es necedad…, pero para los que creen es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18).
En la cruz hoy descubrimos algo decisivo: el amor de Dios es más fuerte que la violencia que se desata en tantos lugares; la entrega es más fuerte que el odio tan presente en nuestro mundo; la misericordia es más fuerte que el pecado. La entrega, tantas veces invisible de la vida, es acogida por Dios y transformada en amor.
Y esa es la verdadera sabiduría de Dios que hoy se nos ofrece y ante la que podemos presentar nuestras cruces, nuestras heridas personales, para que sean acogidas por el amor de quien las llevó sobre sus hombros.
En la cruz Dios parece esconderse. Jesús aparece abandonado, golpeado, humillado, callado. Un Dios crucificado y en silencio.
Y ante ese misterio que no entendemos, solo queda una actitud posible: reverencia, silencio y adoración. Porque ese hombre herido que vemos colgado del madero, es Dios que ha querido entrar hasta el fondo de nuestra fragilidad. Dios que no ha querido salvarnos desde lejos. Dios que ha querido cargar con nuestra historia para darle salida.
Si miramos bien al Crucificado, empezamos a reconocer otros rostros.
Hoy, cuando contemplamos a Jesús colgado del madero, aprendemos a mirar desde el crucificado nuestro mundo. Es la opción que se nos planta este Viernes Santo: contemplar y pensar el mundo desde Pilato, o desde Herodes, o incluso desde el sanedrín o la masa que indiferente contempla lo que allí sucede. O podemos –marcados por la cruz– elegir afrontar y mirar la vida desde la mirada que se tiene al pie de la cruz: entre las lágrimas de María y la soledad del discípulo amado.
Solo al pie de la cruz se recibe esta mirada que nos hace inmediatamente desvelar y sacar del anonimato los rostros de tantos crucificados de nuestro mundo: los muertos de las guerras recientes, las ciudades arrasadas como efectos colaterales, los niños que no entienden por qué la violencia les ha robado el futuro, las familias que lloran a sus muertos, los refugiados que caminan entre países sin tierra ni hogar. Los sufrientes de nuestra ciudad por tantas heridas.
En todos ellos Cristo sigue siendo crucificado. Sufre y atraviesa cada cruz.
La cruz nos obliga a mirar de frente ese dolor. Nos impide acostumbrarnos a la violencia. Nos impide justificar la guerra como si fuera inevitable.
Porque cada vida rota es una herida abierta en el corazón de Dios.
Una llamada a colocarnos del lado de las víctimas y los sufrientes.
Jesús muere víctima de la violencia, y solidario hasta el extremo con todas las víctimas: muere porque los seres humanos morimos, y muere en el suplicio porque también nosotros matamos.
En Él aparece una verdad incómoda: somos frágiles hasta morir y capaces de herir hasta matar. Y, sin embargo, Jesús elige otro camino: antes morir que matar; antes entregar la vida que guardarla sin amor.
Como cordero llevado al matadero, no responde con violencia.
Su valentía no es destruir al enemigo, sino algo mucho más difícil:
eliminar la categoría de enemigo y sustituirla por la de hermano.
Por eso, desde la cruz, pronuncia palabras que desarman la historia:
«Padre, perdónalos…». Ahí está la verdadera fuerza. Ahí está la revolución de Dios. La cruz nos enseña que la paz no se construye con discursos, sino con vidas entregadas y con mucho perdón. Con personas capaces de perdonar, de reconciliar, de sanar heridas, de negarse a devolver mal por mal. “Padre perdónalos”.
Murió entre los descartados y las víctimas. Y desde la cruz nos pregunta silenciosamente: ¿De qué lado estás?
¿Del lado de los que condenan al inocente o del lado de los que tienden puentes? ¿Del lado de los que alimentan la violencia o del lado de los que construyen paz? ¿Del lado de los que miran hacia otro lado o del lado de los que se atreven a quedarse al pie de la cruz?
La Pasión forma parte de la Pascua.
Dios no tolera que la violencia y la muerte tengan la última palabra. Por eso resucita a Jesús haciendo que la resurrección sea la última palabra de Dios.
Es la más firme reivindicación de la vida; la confirmación de que la historia de los vencidos, de los fracasados, de los golpeados y humillados no termina en la cruz.
Jesús mismo lo dijo muchas veces: «El Hijo del hombre tiene que padecer… y resucitar». Ese eco nos llega ahora para saber que la cruz no es el final del camino. La cruz es el paso.
San Pablo lo resume así: «Si morimos con Cristo, viviremos con Él» (Rom 6,8).
Por eso seguir a Jesús entendemos que es acompañarle en este camino. No solo en los momentos luminosos, también en las noches. No sólo en la gloria, también en la cruz.
Entonces, el Viernes Santo deja de ser sólo el recuerdo de algo que pasó hace dos mil años, y se convierte en una llamada permanente para su Iglesia y para cada uno de nosotros.
San Pablo dirá algo muy audaz: «Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24).
No significa que a la cruz le falte algo. Significa que Dios quiere seguir amando al mundo a través de nosotros. Que quiere contar con nosotros para seguir dando sentido a cada cruz y a cada entrega.
Cada gesto de perdón, cada acto de misericordia, cada vez que alguien carga con el dolor de otro, ahí la cruz sigue viva.
Por eso hoy no estamos ante un espectáculo que nos conmueve desde fuera. No somos espectadores del Calvario. Sino parte del Calvario. Somos personas amadas por ese amor y testigos. Como María y Juan.
Necesitamos testigos al pie de la cruz para que esta hora sea tocada por Cristo.
Jesús hoy nos dice algo muy personal: todo esto es por ti. Por tu vida. Por tu historia. Por tus heridas. Por tus pecados. Por tus esperanzas. Y también por nuestro mundo herido y por nuestra Iglesia.
Mirad el árbol de la cruz. Abrid los ojos. Dentro de un momento nos acercaremos a venerarla. Ese gesto sencillo dice mucho. No besamos el sufrimiento.
No besamos el dolor. Besamos el amor de Dios que está más cerca de lo que pensamos.
Y al acercarnos a la cruz, al venerarla hoy, quizá podamos decir en silencio: Señor, que al mirar tu cruz pongamos ante ti nuestras cruces. Que sepamos reconocer a los crucificados de nuestro mundo. Que no nos acostumbremos al dolor de los inocentes. Que aprendamos a ponernos siempre del lado de las víctimas. Y que, con tu gracia, seamos en medio de nuestro mundo artesanos de paz.
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