Hoy, fiesta de santa Teresa del Niño Jesús, comenzamos un nuevo curso y la Palabra nos invita a «alzar juntos la mirada» desde tres imágenes: Job que busca en medio de la oscuridad; el salmista que encuentra una luz para caminar; y Jesús que contempla la mies y envía a sus discípulos.

Y, atravesándolo todo, una certeza que suena con fuerza especial hoy: «Yo sé que mi Redentor vive».

Buscar la verdad también en la noche

Sorprende que sea Job quien pronuncie estas palabras. Habla desde la herida, cuando todo lo aprendido no le da respuestas ante las dificultades de la vida.

Sus amigos tienen explicación para todo el mal que le desborda. Repiten la doctrina recibida: si alguien sufre, alguna culpa tendrá. Job se rebela contra una respuesta que no explica lo que está viviendo. Pregunta, protesta, busca, lucha. Y, precisamente, en medio de esa noche proclama: «Yo sé que mi Redentor vive».

Bien podemos comenzar por ahí este curso porque nuestra fe no tiene miedo de las noches del mundo ni de las preguntas. Tampoco la teología. Una Universidad verdaderamente católica no teme la complejidad, el diálogo con quienes piensan de otra manera ni las preguntas que nacen de nuestro tiempo.

Vivimos en un mundo de incertidumbre. Conocemos mucho y, al mismo tiempo, reaparecen preguntas profundamente humanas: qué significa ser persona, qué podemos esperar, qué hace digna una vida, cómo afrontar el sufrimiento, dónde encontrar razones para vivir.

La teología tiene mucho que estudiar y mucho que aportar ahí. Tendrá que hacerlo dialogando con otros saberes y, como Job, permaneciendo cerca de las heridas y de las preguntas reales de la gente. Porque algunas preguntas no se comprenden bien desde lejos ni solo desde los libros.

Necesitamos una luz para caminar

El salmo responde a esas noches: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?»   No dice: «Tengo todas las respuestas». Dice algo más profundo: sé en quién puedo confiar. He encontrado la luz que me guía.

Dios no pone en nuestras manos una cartografía completa de la existencia. Nos da luz para caminar, para discernir el siguiente paso.

Y esa luz es hoy especialmente necesaria cuando disponemos de más información que nunca. La inteligencia artificial puede ayudarnos a buscar, ordenar y relacionar conocimientos, pero no puede sustituir nuestra conciencia. No puede creer por nosotros ni decidir a quién merece la pena entregar la vida.

Por eso, hoy más que nunca, una de las tareas fundamentales de nuestra Universidad es formar inteligencias capaces de pensar, personas capaces de discernir y corazones creyentes en los que la fe y la razón aprendan a caminar juntas. Comenzar así un curso es renovar también esta paciente tarea: hacer una teología rigurosa y humilde, capaz de conversar con la ciencia, con la cultura y con una historia que cambia rápidamente. La verdad cristiana no necesita levantar muros para protegerse. Necesita ser buscada, pensada y testimoniada por personas capaces de permanecer en mar abierto y ofrecer orientación a nuestros hermanos en medio de la incertidumbre.

«La mies es abundante»

El Evangelio nos hace avanzar un paso más. Jesús no deja a sus discípulos contemplando la realidad: los envía al corazón de esa realidad. «La mies es abundante y los obreros pocos».  También nosotros estudiamos, enseñamos y reflexionamos para ser enviados. Hoy renovamos de forma especial este particular envío.

El estudio forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Una clase, una investigación, una tutoría, tantas horas silenciosas de lectura y estudio pueden convertirse en una manera concreta de responder al «Id» de Jesús.

Porque la teología no quiere hablar solamente consigo misma. Tiene que entrar en conversación con las oscuridades de nuestro tiempo, acercarse a las heridas humanas y ayudar a pensar desde el Evangelio los grandes desafíos que afectan a la vida, la dignidad, la libertad, la justicia o la paz. Eso hace que estudiemos y enseñemos para comprender mejor y para servir mejor a la Iglesia y a las personas concretas a las que somos enviados.

Este envío no es solitario.  Jesús manda a sus discípulos de dos en dos. Tampoco buscamos la verdad solos. Profesores y alumnos, biblistas, filósofos, teólogos, canonistas, historiadores, pastoralistas… necesitamos unos de otros, porque el misterio de Dios y la complejidad del ser humano son demasiado grandes para contemplarlos desde una sola ventana.

Ahí se juega también la sinodalidad. No como una palabra que añadimos a lo que ya hacemos, sino como una forma de vivir y también de trabajar juntos. León XIV nos ilumina diciendo que «ninguno posee la verdad toda entera, todos la debemos buscar con humildad, y juntos»

La ciencia del amor

Al comenzar el curso no es menor que la Iglesia nos pone delante a una Doctora muy particular que se siembra en el curso que se nos regala.

Santa Teresita murió con veinticuatro años. No fue profesora, no escribió una tesis, no ocupó una cátedra. Vivió escondida en un pequeño Carmelo y, sin embargo, la Iglesia la proclamó Doctora. ¿Qué puede enseñar santa Teresita a una Universidad?

Ella habla de «la ciencia del amor» y llega a decir: «No deseo otra ciencia». No es que desprecie el estudio; con su sabiduría nos recuerda su finalidad. No rebaja el conocimiento, pregunta para qué conocemos.

Podemos conocer muchas cosas acerca de Dios y no haber aprendido todavía a amar. Podemos manejar conceptos teológicos y no saber acercarnos a una persona herida. Podemos hablar mucho de Dios y escuchar poco a las personas o no responder a sus preguntas.

Por eso estudiar mucho y amar mucho para el discípulo siempre van juntos. El conocimiento cristiano alcanza su verdad cuando nos hace más humildes, ensancha nuestra mirada y nos capacita para servir.

Y Santa Teresita recorrió este camino de sabiduría por un camino especial y muy provocativo: el camino de la pequeñez. En medio de sus noches, quería subir hacia Dios, pero se veía demasiado pequeña para recorrer la gran escalera de la perfección. Y encontró su «ascensor»: los brazos de Jesús.

Es una imagen ideal para comenzar un curso universitario como una nueva oportunidad para ascender, crecer en conocimientos, adquirir capacidades, investigar, alcanzar grados académicos y asumir nuevas responsabilidades.

Pero Santa Teresita introduce una pregunta final: ¿y si para crecer de verdad tuviéramos también que aprender a hacernos pequeños? No pequeños intelectualmente, ni menos exigentes. Pequeños en sentido evangélico: capaces de reconocer que no lo sabemos todo, de dejarnos enseñar, de necesitar a otros y de no convertir el conocimiento en una forma de poder.

Esa humildad no rebaja el trabajo intelectual. Le da su verdadera grandeza y lo pone a la luz viva del Evangelio.

Desde la luz que da Jesucristo hoy en este comienzo de curso, os invito a que pongamos hoy con humildad nuestras preguntas, la búsqueda que comenzamos juntos y el deseo de que cuanto estudiemos nos prepare para responder a Jesucristo servir mejor.

Y pidamos a santa Teresita que en nuestros trabajos, cuanto más sepamos, más capaces seamos de amar; y que cuanto más profundicemos en el misterio de Dios, más cerca vivamos de las preguntas y las heridas de nuestros hermanos.

Que ella nos enseñe, también en la Universidad, la ciencia humilde y fecunda del amor. Que nos enseñe a amar humildemente la verdad.

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