«El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz»

Así comienza el año. No con un balance ni con un reproche, sino con una bendición. Dios inaugura el tiempo nuevo ofreciéndonos su rostro y regalándonos la paz. Y solo quien acoge esa bendición puede convertirse, a su vez, en bendición para los demás y en regalo para vivir el tiempo con sentido.

Aún resuenan las uvas de anoche: celebraciones compartidas, abrazos, encuentros… y también silencios, soledades, ausencias. Nuestra ciudad entra en el nuevo año entre fiesta, cansancios y heridas. Nosotros, los cristianos, queremos hacerlo además con un tono nuevo: de la mano de María, Madre de Dios. Ella es quien nos toma de la mano para ayudarnos a cruzar los umbrales de un año a otro, de un día a otro, de una etapa a otra. Siempre María, mujer, discípula y madre de un Dios que se hace carne y que se queda entre nosotros.

Y, además, hoy no nos reunimos solo para desearnos cosas buenas. Nos reunimos para acoger la bendición de Dios sobre el tiempo y para asumir una responsabilidad: ser instrumentos de su paz en el año que se nos regala. Esta paz no es la simple ausencia de guerra; no es una paz frágil sostenida por el miedo o por el equilibrio de fuerzas. Es la paz de Dios, la paz profunda de la que hablaba san Juan XXIII en Pacem in terris: una paz que se edifica sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

1.- María madre y pacificadora

El primer día del año celebramos a María como Madre de Dios y Madre de la paz. Y, al hacerlo, confesamos algo decisivo: que Dios ha querido entrar en nuestra historia naciendo de una mujer. Ya no es un Dios lejano o inaccesible. Podemos llevarlo a casa, abrazarlo, llamarlo Abbá, Padre, con la confianza de los hijos.

Y contemplamos a María, que observa lo que hacen con su hijo y guarda todo en su corazón. Mientras los pastores hablan, María calla. Mientras ellos cuentan, ella custodia. María enseña a tejer la paz contemplando en silencio a Cristo que se hace carne. La paz comienza siempre así: cuando alguien decide no responder al ruido con más ruido, sino abrir un espacio interior donde Dios pueda hablar. Por eso la paz necesita silencio, escucha, respeto. Sobre todo cuando recordamos que, en cristiano, pase lo que pase, no tenemos enemigos, sino hermanos.

2.- Sedientos de paz

Vivimos sedientos de paz. Y quizá hoy esa sed se hace más evidente.

Pero, ¿qué paz buscamos? No la paz de los cementerios ni solo la simple ausencia de conflictos, sino una paz más honda, que brota de una relación viva con Dios y con los demás.

Y, sin embargo, el mundo —por mucha luz y celebración que se lance por las cadenas de televisión— vive lleno de violencia, de quejas y de polarización. Vivimos en un clima bélico, con un aumento alarmante del gasto militar. El papa Francisco hablaba de una “tercera guerra mundial a pedazos”, y hoy el papa León así lo confirma. Aparecen nuevas formas de violencia: guerras híbridas, ciberataques, discursos de odio, crispación constante, violencias simbólicas y estructurales que no siempre se ven, pero que destruyen la vida de muchas personas.

La violencia no empieza con las armas. Empieza con la palabra concreta que humilla, con el gesto que desprecia, con la mirada que ignora al otro. Vivimos rodeados de quejas, como si el lamento fuera el único idioma que supiéramos hablar. Nos quejamos de todo: de los demás, de la Iglesia, de la vida, incluso de Dios. Y tanto nos quejamos que ya no nos queda energía para construir. Hemos convertido el diálogo en un combate y la diferencia en una amenaza.

Por eso necesitamos acoger de nuevo la bendición de Dios. Él es quien nos saca de este ciclo sin salida. Porque la paz es, ante todo, un don que viene de lo alto. Pero, precisamente porque es don, se convierte también en tarea. Si no se vive, si no se cuida, si no se custodia, la violencia acaba infiltrándose en la vida familiar, en la vida pública y también en la Iglesia.

No es casual que la Iglesia celebre hoy la Jornada Mundial de la Paz al comienzo de un nuevo año. No es casual porque es ahora principalmente necesario y urgente.  Esta jornada fue instituida por san Pablo VI. Fue una intuición profética: recordar a creyentes y no creyentes que la paz es el primer bien de la humanidad. Hoy siguen resonando con fuerza las palabras de Pío XII: «Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra».

3.- La de Madrid quiere ser una Iglesia de paz

Nuestra ciudad, con sus barrios y pueblos, es plural y diversa. Madrid es ciudad de paso y de abrazo: nadie pregunta demasiado de dónde vienes; basta con acercarse para acabar siendo cercano. Al comienzo de un nuevo año soñamos un Madrid que sea hogar de paz, como Belén. Un lugar donde se desarmen las palabras y los pensamientos. Apostamos por una paz desarmada y desarmante, hecha de fraternidad, justicia, perdón y reconciliación.

Para ello necesitamos memoria, sí, pero también una memoria sanada y sanante, una memoria pacífica y pacificada, capaz de soltar agravios. Cuando acumulamos cuentas pendientes, la vida se vuelve un campo minado. Sin perdón, el pasado oscurece el futuro. Sin perdón no hay paz.

Madrid es un cruce de procedencias, heridas y esperanzas, al que somos enviados como misioneros de una paz novedosa. No resolveremos los grandes conflictos del mundo, pero sí podemos cuidar lo cercano: la familia, la convivencia vecinal, la vida comunitaria, la política local. Y, de manera prioritaria, estamos llamados a hacer más fraterna, cercana y habitable nuestra Iglesia. Sin paz, sin cultura del encuentro, sin vínculos reales, sin proyectos compartidos y sin misericordia, no se construye nada duradero.

Ser misioneros de paz implica gestos concretos: escuchar antes de juzgar, cuidar las palabras, acoger al diferente, no demonizar a nadie, no permanecer indiferentes ante el dolor evitable, apostar por la no violencia, evitar el sufrimiento de las personas. También recordar a los pueblos olvidados y a las guerras que no aparecen en las pantallas.

La paz necesita de todos y se sostiene sobre pilares firmes: verdad, justicia, amor y libertad. Sin verdad se rompe la confianza. Sin justicia no hay paz duradera. Sin amor la convivencia se enfría. Sin libertad, la paz se asfixia.

La paz no es ausencia de conflictos, sino fruto del diálogo y del perdón. Pero no olvidamos que esto es una tarea que viene de Dios y no es fácil. La paz no es ingenuidad: es una tarea sagrada que brota del Evangelio y de la no violencia de Cristo.

Por eso hay que pedirla con insistencia a Dios y trabajarla cada día. Es frágil y necesita cuidado. Para que sea creíble, nuestra Iglesia ha de ser un verdadero Convivium: lugar de encuentro, de oración, de diálogo fraterno y de vida vivida desde la fe, la esperanza y la caridad.

Eso es lo que venimos haciendo en tantos lugares y en las vigilias mensuales de oración por la paz. Eso es lo que haremos en la asamblea de sacerdotes Convivium, eso es lo que se reza en cada Eucaristía.

4.- Es hora de acoger la bendición y ser misioneros de la paz de Dios de la mano de María

Esto se hace hoy con un sencillo gesto: poner nombre al Niño. Hoy se nos llama a nombrar a quien se nos entrega, a quien hemos de cuidar como Hijo de Dios. No es una idea ni un propósito más de año nuevo. Es concreto, tiene nombre. ¿Cómo acoges a Jesús este año en concreto? ¿Cómo lo cuidas y cómo lo encuentras? Tiene nombre. Está y se llama Jesús. Esto es:  El Señor salva.

Un niño nacido bajo la ley que abre las puertas de la gracia a todos. La Encarnación es el compromiso más hermoso de Dios con la paz. No se impone: se ofrece. No obliga: dialoga. Solo el bien desarma ante el conflicto. Solo la verdad convence. Solo la belleza atrae. Esa es la elocuencia del Niño indefenso entre María y José.

Comenzamos el año bajo el signo de la paz. No como un deseo ingenuo, sino como una llamada exigente a ser misioneros de esta Paz. María nos enseña que la paz nace dentro y se derrama fuera, y que acoger a Dios es siempre el primer gesto pacificador.

Que este nuevo año haga de nuestra Iglesia en Madrid un espacio bendecido, y de sus comunidades auténticos talleres de paz. Que María, Madre de Dios y Madre nuestra, nos guarde en su corazón y nos enseñe a ser artesanos y custodios de la paz.

Feliz año nuevo.

Que el Señor nos muestre su rostro y nos conceda la paz.

Que sepamos acoger, al estilo de María, su bendición.

Media

En medio de la Navidad, de nuevo, la Palabra de Dios hoy nos lleva a la noche. No a una noche romántica o poética, sino a la noche real: cuando hay peligro, cuando no se entiende todo, cuando hay que salir deprisa.

En esa noche, a José se le dice una sola palabra; no un discurso, no una explicación larga. Una palabra sencilla y exigente: «Levántate». Es la palabra más repetida en el Evangelio de hoy. Y José se levanta. No pregunta, no negocia, no pide garantías. Se pone en camino con María y el Niño. La salvación comienza así: con alguien que, en medio de la noche, decide fiarse.

Hoy este “levántate” suena al venir juntos a clausurar y dar gracias por este año jubilar que hemos vivido en esta catedral, y al dejar que resuene en la fiesta de la Sagrada familia, profecía y esperanza de nuestro mundo.

Una sociedad encerrada en sí misma

Ese “levántate” ilumina de forma muy directa nuestra realidad. Vivimos en una sociedad cuyo rasgo decisivo es el ensimismamiento. Una ciudad que se mira a sí misma y, poco a poco, pierde el rostro del otro. El encierro que nace de aquí es profundo y despersonaliza.

A este encierro se suma otro: una cultura que analiza todo sin decidir nada. Sabemos hablar, argumentar, matizar. Abundan los discursos, los diagnósticos, los debates interminables. Pero hay escasez de pasos, de decisiones concretas, de compromisos reales. Hasta cuesta comprometerse en el matrimonio.

Hay todavía un tercer encierro, quizá el más doloroso: la normalización del descarte. Migrantes, pobres, personas frágiles, vidas rotas… todo convertido en cifras, en estadísticas, en problemas que hay que gestionar.

Escuchamos el Evangelio donde la familia de Nazaret es exiliada, donde recordamos cómo son obligados a ir a otro país, sin papeles, sin garantías, y aún seguimos cuestionando a los nuevos migrantes que llegan protegiendo la vida de sus familias. Nos olvidamos de las iniciativas de regularización o besamos al Niño que tuvo que migrar, y cuesta verlo en la realidad y tomar postura creyente ante los miles de familias que están migrando.

Como Herodes en el Evangelio, se termina protegiendo el sistema antes que la vida. Se cuida el equilibrio, la comodidad, la seguridad, el orden establecido, aunque eso cueste vidas concretas y exilio de familias.

La verdad es que el cansancio y la desesperanza ante esta realidad se instalan poco a poco en la vida. Un cansancio interior que adopta formas distintas —prudencia, miedo, comodidad, palabrería o indiferencia— y que, al final, nos deja sentados.

«Levántate»: el verbo decisivo

Por eso resuena con fuerza el verbo decisivo del Evangelio y del Jubileo: «Levántate». El Jubileo comenzó cuando alguien se pone en pie y deja de vivir a ras de la desesperanza. Ha sido un tiempo para levantarnos de lo que nos paraliza: miedos, rutinas, divisiones y cansancios.

José se levanta de noche. Dios también hoy nos llama a levantarnos cuando no todo está claro. La fe no elimina la noche, pero abre camino dentro de ella. Levantarse no es huir de la realidad, sino custodiar la vida allí donde Dios nos la confía. José escucha, discierne y actúa: pasa del corazón atento a las manos obedientes.

No basta escuchar: llega un momento en que la Palabra pide cuerpo, pasos, decisiones.

Para levantarnos, José nos enseña a discernir y actuar. Él enseña a pasar del corazón atento a las manos obedientes, pues la fe auténtica se mueve, protege a los vulnerables, incluso cuando eso implica exilio y precariedad.

Por eso hoy resuena para nosotros:

  • Levántate del miedo que paraliza.
  • Levántate para proteger la vida amenazada.
  • Levántate para defender a los pobres y a los que Herodes aún persigue.
  • Levántate para obedecer a Dios, aunque no lo entiendas todo.
  • Levántate con tus hermanos, escúchalos y poneros en camino: Dios ya va delante.

1.- Qué es realmente la esperanza

Para levantarnos juntos el papa Francisco, hace un año, nos regaló una brisa fresca para afrontar este año jubilar. Su gran regalo ha sido el colocarnos juntos, en pie, como peregrinos de esperanza. Ese ha sido el lema y ha sido el eje de este año y la respuesta sinodal.

Así, damos gracias por haber vivido un Jubileo intenso. Más de dos millones de personas han pasado por esta catedral. Más de quinientas mil personas han participado en celebraciones jubilares, peregrinaciones, encuentros.

El Jubileo nos ha devuelto a lo esencial de la esperanza. Nos ha puesto en pie como peregrinos de esperanza proclamando juntos que Cristo es concreto, que sigue encarnado y presente en nuestra historia. Hemos caminado como pueblo, agradecidos no por los números, sino por los rostros, las historias y los desafíos compartidos. No hay Jubileo sin nombres ni caminos recorridos juntos.

2.- «Levántate» en la fiesta de la Sagrada Familia

No es casual que este Evangelio se proclame hoy en el contexto de la fiesta de la Sagrada Familia. Jesús entra en la historia a través de la familia desde la fragilidad: primero la precariedad de Belén, luego el éxodo y la migración. Jesús entra en nuestra historia huyendo, como tantos niños hoy. Así se nos revela el estilo de Dios: no salva desde el poder, sino desde la fragilidad custodiada.

La familia de Nazaret no se encierra: sale, confía y moviliza lo poco que tiene para proteger la vida. Ahí está la llamada y la luz para nuestra Iglesia, que es familia de familias.

En un mundo que encierra a las familias en la prisa, la soledad o la precariedad, la Sagrada Familia nos recuerda que la familia es lugar de esperanza cuando camina unida y se apoya en la confianza y no en el miedo.

La familia es santa no por ser perfecta, sino por permanecer fiel al camino abierto en Nazaret. Por eso el Jubileo nos invita también a acompañar, a aligerar cargas y a no dejar solas a las familias.

Sois una preciosa semilla de esperanza de lo que significa el amor, el cuidado, la vida real caminada unos con otros. Seguid iluminando. La familia es santa no porque sea perfecta, sino porque permanece fiel en este camino que abrió la de Nazaret.

Damos las gracias por la tarea de la delegación de familia de nuestra diócesis y por tantos trabajos trasversales con las otras delegaciones, con Cáritas y con tantos proyectos de apoyo a nuestras familias.

3.- La Iglesia, familia en éxodo

Este Evangelio nos invita también a reconocernos como Iglesia en éxodo, como familia de familias que camina. Somos la familia de familias que hoy agradecemos un año de gracia y la vida de nuestras familias.

El Evangelio termina con un regreso, pero no se vuelve igual. Nazaret ya no es el mismo después del camino y del exilio. Así es el Jubileo: salimos, cruzamos desiertos, aprendemos a confiar… y volvemos más humanos, más fraternos, más disponibles. No volvemos para instalarnos, sino para reconstruir.

El Jubileo no termina cuando se cierra una puerta: comienza cuando se abren caminos para todos. Esos son los caminos que hoy abrimos: Como José, en silencio. Como María, guardando esperanza. Como Jesús, creciendo en lo oculto.

Gracias, de corazón, por levantar. Gracias por ayudar a levantarnos. Gracias por compartir este precioso camino que tenemos por delante donde, como Iglesia, cada uno de nosotros y de nuestras familias tiene un lugar tan especial, que ya está en el corazón de Dios.

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