Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.

Una viña a la que el propietario le tenía mucho cariño, una viña que pone en manos de unos labradores. Unos labradores que, pasado el tiempo, están hoy aquí, porque ninguno de vosotros ha venido si no ha sido porque el propietario de esta viña os ha llamado a cada uno. Y vosotros, generosamente, habéis dicho que sí.

Dios pone en nuestras manos una viña. Nos confía la fe, la Iglesia, nos confía esta diócesis –cada una de vuestras diócesis– y, de una manera muy especial, a nuestros compañeros, a tantos jóvenes que viven a nuestro alrededor con sus búsquedas y con sus preguntas, con sus ganas de vivir y también con las dificultades que encuentran para pensar en un futuro.

Por eso, queridos, quiero empezar dándoos las gracias.

Gracias porque habéis salido de vuestros espacios particulares, de vuestros grupos, de vuestros lugares y porque habéis apostado por ir al encuentro de otros, sabiendo que cada uno necesitamos comunidades donde vivir la fe, pero que nuestras comunidades tienen que ser abiertas, porque cuando Cristo está en el centro siempre ensancha la casa y siempre nuestras comunidades van creando puentes con otros.

Encuentro con el Santo Padre

Gracias no solo porque habéis salido hoy, sino porque también fuisteis capaces de salir con vuestros grupos, parroquias y movimientos para acoger hace poco al Santo Padre. Cada uno fuisteis con vuestra historia, con vuestra forma concreta de vivir la fe, pero aquellos días hicimos posible algo que necesitamos recordar: que pertenecemos a una Iglesia mucho más grande que cada uno de nuestros grupos y nuestras formas de vivir la fe.

Han pasado ya unos meses y, al igual que esta tarde, necesitamos preguntarnos qué hacemos con lo que vivimos aquellos días, qué hacemos con lo que vivimos en cada uno de nuestros encuentros.

Podemos recordarlo con cariño, podemos ver las fotos que hicimos, las canciones, las conversaciones y tantos momentos que nos emocionaron, pero sería una pena que aquello quedara simplemente en un recuerdo.

El mismo Papa León ha insistido muchas veces en que los grandes encuentros con jóvenes no pueden convertirse en momentos aislados, sino que tienen que ayudarnos a avanzar en la vida cristiana, a crear vínculos entre nosotros y a crecer en el testimonio y en el compromiso.

Por eso es bueno que esta tarde retomemos unas buenas preguntas que hay que desenvolver:

  • ¿Qué pensáis que nos dijo Dios esos días en el encuentro del Papa?
  • ¿Qué palabra se te quedó dentro o necesitas recuperar porque con el verano se te ha olvidado?
  • ¿Qué palabra se quedó dentro de ti de una forma especial? ¿Qué llamada escuchamos aquellos días que todavía no hemos terminado de responder?

Son preguntas interesantes porque el Papa no vino solo a reunir a muchos jóvenes, vino a confirmarnos en la fe y a recordarnos que Jesús nos confía, como dice el Evangelio, su viña, y nos envía al mundo. Por eso pudo deciros algo tan fuerte como: el mundo necesita mensajes de esperanza. Vosotros sois este mensaje.

Trabajar para el dueño de la viña

No se trata solo de hablar de esperanza. Nuestra vida como viñadores necesita convertirse en signo de esperanza para otros. Y eso nos lleva hoy a preguntarnos cómo vivimos, cómo nos relacionamos, qué lugar ocupan las personas que tenemos cerca y cómo nos presentamos juntos ante nuestro mundo como cristianos.

En el fondo, la parábola de hoy nos pregunta: ¿qué estamos haciendo juntos con lo que Dios nos ha confiado? Porque Él se fía de nosotros. Pero el Evangelio da un paso más.

Cuando el propietario reclama los frutos de la viña, a los labradores no les gusta mucho y van rechazando a los enviados. Finalmente manda al hijo, pensando que al hijo lo respetarán, pero se apropian de la viña y al hijo lo expulsan y lo matan.

Sabemos que Jesús está hablando de sí mismo, pero nos advierte hoy de una tentación, una que tenemos todos los que hemos sido convocados a esta viña. La tentación es apropiarnos de la viña y olvidar quién nos ha llamado y quién nos la ha confiado. Es la tentación de usar la Iglesia o nuestros grupos para nosotros y olvidar qué es lo que Dios quiere de nuestra Iglesia y de nuestros grupos.

También nosotros podemos colocar nuestras actividades, nuestros grupos, nuestros proyectos antes que a Jesucristo. Podemos hacer muchas cosas –cosas cristianas–, pero podemos perder la relación con Aquel que da sentido a lo que hacemos. Todos necesitamos recordar de quién es la viña y para quién trabajamos.

Por eso Jesús termina con esa frase del salmo: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra...».

Lo decisivo no son las actividades que organizamos ni los encuentros a los que vamos, que son necesarios, pero lo importante es si queremos juntos apoyarnos en la misma piedra angular, que es Jesús, y si aceptamos juntos apoyarnos en Él.

León, el Papa León, os dijo que la amistad con Cristo es nuestra estrella polar. Una estrella no nos evita hacer el camino ni tomar decisiones, pero una estrella nos permite orientarnos, que es lo que necesitamos. Quizás eso sea lo que hoy podemos reconocer: recuperar una dirección en medio de tantas voces, posibilidades y mensajes que compiten por nuestra atención.

Entrar en la realidad

Por eso yo os invito a que hoy también, como trabajadores de esta viña, nos preguntemos juntos y le preguntemos a Jesús: «Jesús, ¿hacia dónde quieres llevarnos? ¿Dónde nos necesitas hoy?»

Para responder a esto, solo hace falta salir, abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor.

Vivimos –los que estamos en Madrid– en una ciudad llena de posibilidades, pero también de heridas. Muchos jóvenes estudian, trabajan y se esfuerzan; y, aun así, ven cómo acceder a una vivienda resulta cada vez más difícil. Formar una familia o construir un proyecto propio termina aplazándose muchos años y esa incertidumbre afecta la manera de mirar y construir el futuro.

No podemos cerrar los ojos ante esta realidad que nos interroga. Conocemos también a jóvenes solos en una generación continuamente conectada, pero jóvenes sin alguien ante quien poder decir quiénes son de verdad. A esto se suma la precariedad laboral, la presión por triunfar, el miedo a equivocarse, la ansiedad y ese cansancio psicológico que muchos llevan por dentro sin que apenas se note.

Vemos también crecer entre el mundo joven la polarización y nos acostumbramos demasiado deprisa a etiquetar y clasificar a las personas. Junto a nosotros viven jóvenes migrantes también, que intentan comenzar de nuevo. Otros atraviesan situaciones familiares muy complicadas, sufren pobreza o exclusión o sencillamente han dejado de esperar demasiado de la vida. Algunos se han alejado de la Iglesia, pero eso no significa que hayan dejado de buscar.

Todo esto es nuestra viña y esto es la parte que el Señor nos confía, no otra. Aquí es donde el Señor nos envía. Nuestra misión no consiste en protegernos del mundo ni en contemplarlo desde fuera diciendo que todo está mal. El Evangelio nos envía a entrar en esta realidad, llevando la luz que nosotros mismos hemos recibido.

El Papa ha pedido a los jóvenes que se comprometan, fijaos bien, para eliminar las desigualdades y reconciliar —subrayo la frase— reconciliar a las comunidades polarizadas. Es una manera muy concreta de recordarnos que ser trabajadores de esta viña, que la fe, tiene sus consecuencias. Quizá ninguno pueda por sí solo resolver el problema de la vivienda, la precariedad o la exclusión, pero sí podemos dejar de pensar que no tiene nada que ver con nuestra fe.

Llamada a trabajar juntos

Al terminar el jubileo de jóvenes, el Papa os dijo: «Vosotros sois el signo de que un mundo distinto es posible, un mundo de fraternidad y amistad, donde los conflictos se afrontan no con las armas, sino con el diálogo».

Este mundo distinto empieza también aquí, empieza muy cerca: cuando alguien que estaba solo encuentra una comunidad; cuando personas que piensan de forma diferente consiguen escucharse; cuando un joven que había perdido la esperanza descubre que la vida tiene futuro; cuando alguien que buscaba a Dios termina encontrándose con Jesucristo, porque antes encontró un cristiano que supo quererle y caminar a su lado.

Esta es la llamada que tenemos: trabajar juntos. La visita del Papa nos dejó experimentarlo. Desde parroquias, movimientos, asociaciones, colegios, descubrimos que cuando miramos juntos hacia Cristo, las distancias se estrechan y aparecen, como esta tarde, vínculos nuevos. Ahora necesitamos convertir aquella experiencia y la de hoy en una misión común.

Por eso, hoy volved a vuestros grupos y comunidades porque ahí está parte de vuestra vida cristiana, pero volved llevando algo de los demás. Que este encuentro nos haya ayudado a conocernos, a abrir nuestras comunidades, a compartir iniciativas y a descubrir que todavía nos quedan muchas cosas para trabajar juntos.

Con esta disposición, hoy también en Madrid comenzamos este curso y caminamos hacia un acontecimiento especial: la próxima Asamblea de Jóvenes que tendremos en nuestra diócesis. Tendremos una asamblea porque necesitamos escuchar lo que el Espíritu os dice a cada uno de los que estáis trabajando en esta viña. Y necesitamos saber lo que dice el Espíritu a todos juntos. Conocer mejor lo que vivís y esperáis, lo que os ayuda a crecer también y lo que echáis de menos.

Preparad la asamblea, preparadla en vuestros grupos y parroquias y comunidades con vuestra vida. Pero no dejéis de escuchar a otros y no dejéis de escucharos unos a otros y escuchar a los que viven la fe de una manera distinta. Pensad también para esta asamblea en los que no están, en quienes se alejaron o quienes siguen buscando sin encontrar todavía un lugar en la Iglesia. Quizá una invitación vuestra pueda abrirles una puerta.

Necesitamos que ayudéis a otros jóvenes a descubrir que también ellos forman parte de la viña de Cristo. La Asamblea quiere ayudarnos precisamente a poner a Jesús en el centro. Él nos reúne para que allí nos preguntemos con audacia: «Señor, ¿qué quieres de mí? Señor, ¿qué quieres de nosotros como Iglesia?»

Y esta pregunta necesita primero que cada uno de vosotros la responda, pero que la respondamos luego juntos.

Quizá el Señor os llame a un servicio concreto, a volver a una comunidad o a una parroquia, a reconciliaros con alguien, a tomar en serio vuestra formación cristiana o a discernir vuestra vocación con otros. Quizás os esté pidiendo una entrega que ahora, en estos momentos, os da miedo. Quizá necesitáis hablarlo con Él. Buscad a alguien que os acompañe. Dad tiempo a esa llamada, pero no os privéis de responder.

Queridos jóvenes, el Señor sigue cuidando esta viña que es nuestra Iglesia y, en concreto, esta Iglesia en Madrid. Y el Señor se fía de cada uno de vosotros para trabajar en ella. Pidamos hoy a María, la Virgen de la Almudena, que nos enseñe a confiar como ella y que nos ayude juntos a decir: Jesús, aquí está nuestra vida, con nuestras preguntas y con nuestros deseos. Aquí está la vida de tantos hermanos y hermanas que has puesto a nuestro lado. Enséñanos a responder y a amar. Muéstranos dónde nos necesitas y haz que todo lo que hemos recibido de ti dé fruto para otros.

Seguro que responderemos, seguro que seguimos caminando y seguro que juntos podemos volver a alzar la mirada.

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