Queridos hermanos obispos, don Santos, don Juan Antonio, don José y don Jesús. Queridos hermanos sacerdotes. Excelentísimo señor deán. Cabildo catedral. Queridos sacerdotes. Queridos seminaristas. Hermanos y hermanas todos.

Yo creo que es importante para nuestra vida acoger todo lo que acabamos de escuchar. Y quizás en la contemplación del crucifijo, que tenéis delante de vosotros también, podemos entender mejor estas palabras que nos ha regalado Cristo.

A mí me impresiona una poesía de Teresa de Jesús, que la dedica precisamente a la cruz, y dice así:

Cruz, descanso sabroso de mi vida
vos seáis la bienvenida.
Oh bandera, en cuyo amparo
el más flaco será fuerte,
oh vida de nuestra muerte,
qué bien la has resucitado;
al león has amansado,
Pues por ti perdió la vida:
vos seáis la bienvenida.

Quien no os ama está cautivo
y ajeno de libertad;
quien a vos quiere allegar
no tendrá en nada desvío.
Oh dichoso poderío,
donde el mal no halla cabida,
vos seáis la bienvenida.

Vos fuisteis la libertad
de nuestro gran cautiverio;
por vos se reparó mi mal
con tan costoso remedio;
para con Dios fuiste medio
de alegría conseguida:
vos seáis la bienvenida.

Teresa de Jesús tiene una experiencia profunda del amor de Dios, manifestada en Jesucristo nuestro Señor.

Vamos a contemplar hoy, en silencio, a Jesús muerto en la cruz, porque ocupa el centro del Viernes Santo. Aquí, en la cruz, descubrimos el gran amor de Dios al mundo. A nosotros.

El Señor muere por nosotros para que de una vez entendamos quién es Dios y comprendamos quiénes somos nosotros, y a quién debemos nosotros la vida.

Jesús, lo habéis escuchado, se encuentra absolutamente solo. Agonizando en la cruz. Previamente, habéis visto que han pasado muchos personajes por la vida de nuestro Señor. Muchos personajes, que podríamos ser también cada uno de nosotros, queridos hermanos. Nos podríamos identificar con tantos de los que han aparecido en el relato de la Pasión. ¿A quién buscáis? Es una pregunta que hoy el Señor nos hace a nosotros también. ¿A quién buscáis? ¿Qué queréis para ser felices? ¿Qué deseáis para que nuestra vida, nuestras relaciones, nuestro mundo, se pueda arreglar? ¿Matar la vida? ¿O acoger la vida de Él en nosotros?.

Ya lo habéis visto: Jesús no deja de reconocer quién es. ¿A quién buscáis? A Jesús. Yo soy. Ellos venían porque sospechaban que hacía mal, y hacía daño su presencia. Pedro en aquel momento intervino, pero quizá por conveniencia; no porque él buscase de verdad lo que el Señor quería regalarle, y regalarnos a todos: su amor, su vida, su entrega. Pedro buscaba otras cosas. Y por eso intervino. Y por eso nos dice el texto que sacó la espada. Sacó la espada. Pero entre estos personajes también estaba el que le entregó. Y entre estos personajes estaba, como os decía, Pedro. Que negó al poco tiempo de haber hecho esta participación para que no detuviesen al Señor. Pero cuando ya está detenido, lo niega, no lo conoce. ¿Qué buscaba Pedro? ¿Qué buscamos nosotros, queridos hermanos? Pero también el Sumo Sacerdote que interrogó a Jesús acerca de la doctrina del Señor y de los discípulos, una doctrina que se resumía fundamentalmente  en lo que nos ha dicho el Señor: amaos los unos a los otros como yo os he amado. ¿Qué buscáis? ¿Qué buscamos? Y Pedro sigue negando al Señor.

Exactamente no solo el pueblo judío, sino aquel que había venido representando al César, Pilatos, lo llevan ante él y le pregunta a Jesús: ¿Tú eres rey? ¿Tú dices que eres rey? Soy rey. Para esto he venido. ¿Qué buscáis, queridos amigos? ¿Qué buscamos? ¿A alguien que gobierne nuestra vida, y no cualquiera? ¿A alguien que ha sido capaz de amarnos tanto que ha muerto por nosotros? ¿O buscamos a alguien que nos organice a su manera y a sus conveniencias?.

Exactamente igual pasó de nuevo otra vez, cuando llevaron al Señor a los Sumos Sacerdotes. Y, fijaos, el pueblo, cuando pregunta Pilatos a quién quieren matar, si a Barrabás, que ha hecho daño, que ha cometido un crimen, o a Jesús el Nazareno, que ha pasado haciendo el bien. ¿A quién buscáis? A Jesús no le quedó nada. Terminó quitándole hasta la ropa que tenía. Quedó en la desnudez absoluta por amor a todos nosotros. Fiándose absolutamente en Dios su Padre. Confiando la vida a Dios para enseñarnos a nosotros también lo que tenemos que buscar.

Y aparecen personajes ya muerto Jesús, como José de Arimatea, o Nicodemo… que habían tenido una experiencia gozosa del Señor en sus vidas, y no eran precisamente de los que más le seguían: uno había tenido un encuentro fortuito e interesado, y de noche, porque no se atrevía a hacerlo de día, para que no pudiesen criticarlo. Y José de Arimatea, nos dice el Evangelio que era discípulo clandestino de Jesús. Iba cuando no le viese nadie.

Queridos hermanos: ¿a quién buscamos? ¿Lo habéis escuchado? Jesús, agonizando en la cruz, lanzó ese grito: tengo sed. Ese grito que se dirige a cada uno de nosotros: tiene la sed del amor. Del amor que no tenemos. Estamos ebrios de tantas aguas que nos matan y nos suicidan, y el Señor sufre la sed de nuestro amor y de nuestra vida. La sed de su gran deseo de dar vida al mundo. Jesús tiene sed de agua. Sí. Pero tiene sed de justicia, de paz, de reconciliación, de amor, de que los hombres tengamos vida verdadera, de que no estemos interponiéndonos los unos a los otros o deshaciéndonos los unos a los otros. Tiene sed.

Todo ha terminado. Jesús ha llevado la misión en el mundo, hasta el final. Está cumplido. Está cumplida su parte. De nuestra parte nos falta aún ese día a día, de cada historia humana, de cada historia de la humanidad.

Ante la muerte de Jesús, guardamos silencio, contemplamos y oramos. Y hoy recordamos, ante la muerte de Jesús y ante su Pasión, continua siempre, que hoy continúa también en los millones de seres humanos que padecen hambre, pobreza extrema en nuestro mundo, tragedias de divisiones, de rupturas, de enfrentamientos, muchas víctimas de sangrientos conflictos armados, poblaciones enteras que sufren… Hoy, Viernes Santo, nos acercamos a los crucificados de la humanidad. Pasamos por nuestros ojos las víctimas. Todas. Por todos murió nuestro Señor, también por nosotros. Pero para que los que vivamos seamos capaces de comprender el amor. El crucificado.

Nos ha dado el arma capaz de eliminar de este mundo todo esto. Oímos la voz de tanta gente: hombres, mujeres, niños, ancianos, enfermos.

En el Viernes Santo, se nos invita a mirar la cruz. Luego os voy a decir yo: mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. Y la respuesta: venid a adorarlo. ¿Qué significa besar la cruz, o tener un gesto de mirada sincera a la cruz? Pues que estamos besando, o señalando, o acogiendo en nuestro corazón las heridas del mundo. Las heridas de la humanidad. Besando a Cristo en la cruz entregamos al Señor nuestras propias heridas también. Que las tenemos. Porque no siempre buscamos la voluntad del Señor. Nuestras penas íntimas. Besar la cruz es besar a Cristo crucificado. Y acoger su beso. El que nos da a nosotros. Es un beso de amor, que nos reconcilia entre nosotros. Cristo nos dice a cada uno de nosotros: entrégame todo lo que te pesa, todo lo que te esclaviza, todo lo que te agobia, todo lo que entristece. Ponlo al pie de la cruz. Entrégame todo lo que te pesa demasiado. Yo te entrego mi vida.

Queridos hermanos: en el vía crucis que hice esta semana por 14 parroquias, comunidades, una en cada estación, el tema más constante en cada parroquia que yo iba diciendo también era este: mirad a Jesús en la cruz, y dejaos mirad por Él. ¿Sabéis cuál es el juicio de Jesús sobre cada uno de nosotros?. ¿Sabéis cual es el juicio sobre mí? Es su amor. Me dice que me quiere. Ante una persona, y en este caso ante Dios mismo, que me dice que me quiere, ¿yo voy a estar igual? Yo, ¿no voy a conmover mi vida?, ¿no voy a estimar y a contagiar mi vida de algo y de alguien que rehabilita? Entrégame todo lo que te pese. Lo que te esclaviza. Entrégamelo. Yo te entrego mi vida. Esto es lo que nos dice el Señor en el Viernes Santo. Y yo, queridos hermanos y hermanas, os invito, y me invito a mí mismo también, a acoger la vida de nuestro Señor.

Pensemos esto unos segundos en silencio.

Media

Queridos hermanos obispos auxiliares, don Santos, don Juan Antonio, don José y don Jesús. Ilustrísimo señor deán. Cabildo catedral. Queridos vicarios episcopales. Rector del Seminario. Seminaristas. Hermanos y hermanas.

Hoy es un día y una bendición singular y especial para nosotros. Nada más y nada menos que celebramos la institución de la Eucaristía, la institución del ministerio sacerdotal, el día del amor fraterno, el día en que descubrimos precisamente en la Eucaristía que no podemos vivir de cara a nosotros mismos sino de cara a los demás. La belleza y la hermosura de este día del Jueves Santo es manifiesta. Por eso, hemos repetido juntos: cómo pagaré al Señor todo el bien que nos ha hecho. Cómo lo haremos…

Pues, queridos hermanos, a través de las lecturas que habéis escuchado, el Señor nos hace, en primer lugar, una oferta. En segundo lugar, nos pide que hagamos una celebración, la más grande. Y, en tercer lugar, el Señor nos invita a todos nosotros a que estemos dispuestos a vivir con una singularidad, que es específicamente cristiana.

En primer lugar, el Señor nos ha invitado a preparar, a hacer una preparación, de nuestra vida también. Y ha utilizado para ello la imagen de la Pascua que se celebraba en el Antiguo Testamento, para hacernos entender lo que es la Pascua también de nuestro Señor Jesucristo. La nueva Pascua. La que Él nos regala. El paso que desea que nosotros demos.

Os habéis dado cuenta cómo el Señor nos invita y hace posible que nosotros veamos, en primer lugar, la grandeza que tiene esta oferta, y la acojamos también en nuestra vida. Nos ha dicho el Señor, en primer lugar: mirad, tened la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano, y deteneos en lo que se os ofrece. En el fondo, el Señor nos está diciendo: estad de pie. Poneos de pie. Poneos en camino. Hacedlo con libertad. Está representada esa libertad por las sandalias. Y hacedlo también apoyándoos en el bastón. Sí. En Dios mismo. Eso representa el bastón. No os apoyéis en otras cosas. Y participad de ese nuevo cordero, el cordero de Dios que san Juan anunciaba: «este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Revestíos de lo que el Señor os da.

En la lectura que hemos escuchado, habéis visto cómo en el Antiguo Testamento se refería a la casa en la que iban a celebrar la Pascua para que, cuando pasase el Señor, supiera que allí había una familia de bien, que obedecía al Señor. Les dijo que con la sangre del cordero, las jambas y el dintel de la puerta estuviesen rociadas de su sangre. A nosotros el Señor nos dice otra cosa también. Pero es parecida, queridos hermanos. ¿Cómo está nuestro corazón en estos momentos? ˛Cómo tenemos nuestro corazón? ¿Dónde tenemos nuestro corazón?. ¿Hemos puesto de verdad, o el Señor nos invita y nos hace esta oferta, hemos puesto el amor del Señor en nuestro corazón? Porque ese es el signo de que, cuando pasa el Señor, esté a gusto. Esté feliz. Porque en este mundo hay personas, hay discípulos suyos, que han hecho verdad esa nueva Pascua, queridos hermanos. El Señor nos hace esta oferta, como veis. Una oferta preciosa.

Si os habéis dado cuenta, en las lecturas que nosotros hemos escuchado, han sido claras, muy claras, las expresiones que el Señor nos decía, y en las que nosotros nos hemos mantenido precisamente. «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo».  Estas palabras, queridos hermanos, condensan todo el Evangelio de hoy. Toda la Palabra de Dios que hemos proclamado. En esta tarde del Jueves Santo, el amor de Jesús traspasa el espacio y el tiempo, y llega hasta nosotros. Era, es verdad, la cena de despedida. Pero es la cena pascual. Es la fiesta de la gran liberación. Y el Señor nos invita a que nos preparemos. Nos hace esta oferta. ¿Estamos dispuestos, queridos hermanos, a acoger esta oferta que nuestro Señor nos hace? ¿A ponernos en pie, en actitud de misión? ¿A apoyarnos en Cristo, en ese bastón del que hablaba el Antiguo Testamento? ¿Y a ponernos las sandalias de la libertad, las que nos da nuestro Señor? La libertad para no estar sometidos más que a su voluntad. A su deseo. A ese deseo que tiene el Señor de que en nuestro corazón estén los rastros reales de su amor. «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo».

Quizá ahora es cuando entendemos que el Señor nos hace una oferta si nos pide que hagamos una celebración. Y lo habéis escuchado en la lectura de la carta a los Corintios que acabamos de hacer, cuando el apóstol Pablo relata lo que él ha recibido del Señor y lo que hacemos continuamente cuando celebramos la Eucaristía: «Tomó pan, pronunció la acción de gracias, lo partió: esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros, esta es mi sangre, derramada también por vosotros. Haced esto en memoria mía».

Queridos hermanos: celebrar la presencia real de Jesucristo entre nosotros. El Señor no ha querido despedirse y desentenderse. El Señor ha querido permanecer junto a nosotros, hasta que Él vuelva en el ministerio de la Eucaristía. Y acompañarnos en nuestra vida. Y hacer posible que el amor del que Él nos hacía una oferta, lo muestra realmente, precisamente, permaneciendo entre nosotros y diciéndonos a todos nosotros que nos alimentemos de Él, y que en ese alimento que recibimos nosotros , crezcamos precisamente cada día más en ese amor al Señor. Que es un amor que se verifica en el amor a los demás, queridos hermanos. Sí.

Santo Tomas de Aquino lo expresa muy bien en todo lo que él refiere sobre la Eucaristía. lo expresa muy bien. Él dice que tenemos que alimentarnos del Señor. Pero ese alimento tiene que repercutir en el modo de vivir y de considerar a los que nos encontramos por el camino. A nuestros hermanos.

Como veis, queridos hermanos, esta es la celebración a la que estamos asistiendo. Hacemos memoria de aquel momento sublime en que Jesucristo iba a entregar su vida por nosotros: por amor a nosotros, por amor a todos los hombres. Y, en ese momento, quiere seguir acordándose de nosotros. Y quiere entregarse Él mismo a nosotros, para que crezcamos cada día más en el amor, para que nos alimentemos de Él y sepamos también contemplarlo a Él, porque en la contemplación de Él estamos contemplando también a los demás, queridos hermanos.

Hay algo especial en nuestra vida. Santa Teresa de Jesús tiene un poema precioso: «quien no os ama, está cautivo y ajeno de libertad». Quien no os ama está cautivo. Estaremos cautivos si no amamos al Señor. No tendremos ni alcanzaremos la libertad. «Quien a vos quiere allegado no tendrá en nada desvío, no habrá mal, no habrá cabida para el mal, porque vos fuiste la libertad de nuestro gran cautiverio». Queridos hermanos: en Cristo alcanzamos nosotros la libertad, la libertad verdadera.

Y, en tercer lugar, el Señor no solamente nos hace la oferta y nos invita a celebrarla, sino que el Señor nos dice: vivid también de esta manera. Y habéis escuchado el Evangelio que hemos proclamado. Hemos de vivir nosotros sirviendo a los demás.

Recordad: es claro el Señor. Cuando el Señor va lavar los pies a los discípulos, hay uno, Pedro, que le dice: de ningún modo Señor, ¿tú lavarme los pies a mí? Si no te lavo los pies, no tienes nada que ver conmigo. Porque, queridos hermanos, ¿quién no tiene algo sucio en su corazón y en su vida? Pero, aún así, el Señor se acerca a nosotros.

Esta mañana hacía yo esta misma celebración en la cárcel de Soto del Real. Y les hablaba a todos los que estaban allí conmigo, presos, funcionarios, de la misma manera que os hablo a vosotros: por algún motivo estáis aquí, pero al Señor no le importa más que regalaros su amor. Y el signo que vamos a hacer de lavaros los pies, les decía, es el signo evidente de lo que el Señor con su presencia real entre nosotros quiere hacer con nosotros. Limpiarnos. Cambiar nuestro corazón. Hacer posible que nuestro corazón lata y palpite al unísono de nuestro Señor Jesucristo. Del corazón del Señor.

Queridos hermanos: ¿veis? Cuando el Señor ha lavado los pies a los discípulos, ¿veis lo que dice el Señor? Vosotros me llamáis el maestro y el Señor, y lo decís bien, porque lo soy. Soy maestro y soy Señor. De todo lo que existe. Si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Porque, queridos hermanos, ¿quién está más limpio que otro? A veces tenemos la costumbre: ese, o esta persona. Los cristianos tenemos que hacer posible que se verifique este amor de Dios. Y que se verifique en concreto en esta tierra en la que estamos, en las circunstancias concretas en las que vivimos. No estamos señalando a ver quién tiene porquería. Arrodillémonos ante Él. Porque eso es lo que nos ha enseñado Jesús en esta tarde. Y solo arrodillándose y sirviendo al otro cambiaremos el corazón. Porque el ser humano, queridos hermanos, tiene necesidad de sentir que alguien le quiera. Y Dios es lo que quiere hacernos ver. El Señor es lo que quiere hacernos ver: que nos ama, que nos quiere. Pero, naturalmente, Él nos da un abrazo. Y al sentir ese abrazo, uno naturalmente que se revuelve por dentro y necesita cambiar su vida. Pero uno mismo. Y sabe también aprender a dar el abrazo a otro que es absolutamente distinto a él, pero le entrega el amor de Dios.

Queridos hermanos y hermanas: este es el significado profundo que tiene que tener para nosotros este Jueves Santo. «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo». Con este gesto de lavar los pies, Jesús rompe todos los esquemas. Todos. Todos los esquemas religiosos, los esquemas sociales, los esquemas culturales, invierte los valores, derrumba las estructuras de este mundo, que a veces es injusto.

Es verdad que Pedro protesta, como os decía antes: «¿tú lavarme los pies a mí? Tú no me lavarás los pies jamás». Pedro no admite. Encarna un modo de pensar de la cultura dominante. No acepta que Jesús se abaje hasta ese extremo, porque es el maestro.

Yo os invito, hermanos, a que os quedéis en vuestro corazón en la contemplación de este momento. De este momento. Porque todo lo demás va a ser. El Señor se va hacer realmente presente aquí porque nos quiere. Incondicionalmente. Y porque viene a lavarnos. Viene a limpiarnos. Viene a romper esquemas hechos, o pre hechos por nosotros. Y quiere meternos en nuestro corazón su corazón, su amor.

Dejemos que lo haga, hermanos. Vamos a ser humildes, y dejemos que lo haga el Señor. Reconociendo las veces que no lo hemos hecho. En que vivimos con otros esquemas, en que nos da gusto a veces decir lo de Pedro: tú, ni hablar. Porque así es una manera… pues eso… de seguir igual, que no cambien las cosas. Y Jesucristo ha venido a cambiar los esquemas de este mundo. Pero hacerlo en este mundo ya. Hacer, lo hace Él a través de nosotros. Y al recibir a Jesucristo, que se hace presente en este altar, nosotros sintamos el gozo de sabernos amigos del Maestro y del Señor. Y el gozo de ser amigo que le acogemos en nuestra vida, y que lo ponemos en práctica, queridos hermanos. Que al finalizar este día todos los que estamos aquí no tengamos en nuestro corazón nada contra otro. No deseemos nosotros que el Señor no nos deje lavar. Al contrario: lávame a mí, Señor, para que sepa acercarme a los demás como tú te acercaste.

Que así sea.

Media

Arzobispado de Madrid

Sede central
Bailén, 8
Tel.: 91 454 64 00

Catedral

Bailén, 10
Tel.: 91 542 22 00
informacion@catedraldelaalmudena.es
catedraldelaalmudena.es

 

Medios

Medios de Comunicación Social

 La Pasa, 5, bajo dcha.

Tel.: 91 364 40 50

infomadrid@archimadrid.es

 

Informática

Departamento de Internet

La Pasa, 5, bajo dcha.
Tel.: 91 364 40 50
webmaster@archimadrid.org

Servicio Informático
Recursos parroquiales
Petición de email

SEPA
Utilidad para norma SEPA

 

© 2018 Archidiócesis de Madrid. Todos los derechos reservados - Login

Search